Blues de madrugada (2)

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Tres ángeles sexuados fabrican en su mente la posibilidad del sexo de un cuarto. Éste está sentado en una nube practicando arpegios con un arpa cuyas cuerdas que aún no se han roto están desafinadas. El ángel sin sexo mira hacia abajo y ve una especie de televisor que representa el planeta Tierra, aparte toda constelación imaginable. Parece fijarse en un pequeño vistazo en un trozo de carne que teclea como, pongamos, un Ahmad Jamal, en su pieza más arriesgada, al piano, notas imposibles. Se dice, durante un par de segundos, qué cantidad de cierto los asemeja y vuelve al arpa. De su arpa salen notas que encienden lámparas en las cabezas de todo ser terrenal que, a altas horas, sueña quién sabe qué. En un solo vistazo ha comprendido lo que le separa del trozo de carne al que ha dedicado un vistazo -pongamos, puro- de dos segundos. Sus notas desafinadas comprenden con mayor amplitud el mundo que lo que el trozo de carne aspira a teclear habiendo sido estudiante de musicología, especializado en bases rítmicas. Los alejandrinos brotan de la claridad de un sol que, debido a dudar, yace apagado sobre su labor maniática. Ese trozo de carne inventa subordinadas que se ramifican y teme clamorosamente convertirse en el Thomas Pynchon de El arco iris de la gravedad o La subasta del lote 49. Aún así el que descansa en una nube lo asimila voraz, con hambre de un aliento que le diga que obtendrá respuesta sobre las cosas (quién sabe si sobre la belleza contenida, a buen seguro, en ellas). Los ángeles sexuados necesitan aliviar la inexistente gravedad del joven que maneja el arpa sobre el cual compone melodías imposibles que producen, a pesar suyo, un canto de sirena sobre esos hambrientos que lo observan. Ve que no es un trozo de carne al que ha dignado dedicar un breve espacio en el que ha reposado su mirada. El trozo de carne teclea oraciones imposibles de cuyas letras impresas atina a figurar que son leídas por un dios cuyas cataratas en los ojos, cuyo lagrimal descansa desbaratado, se afanan en dar fe a una ceguera que va a más a cada milésima. El trozo de carne escupe palabras con la desvergüenza y vanidad de quien quiere ser visto y no ha sabido haber sido contemplado. Las nubes se figuran de un rosa violáceo. Los héroes acaban de llegar de la guerra y reclaman un protagonismo que el resto del mundo ignora. Un indígena cuece unas plantas curativas en una lumbre y habla, a través del posterior delirio, con los tres ángeles que pretenden algo que les es inevitable no saber pretendido. Su nube choca con la siguiente y en algunos lugares de la ciudad llueve. El trozo de carne que teclea lo inaprensible de una existencia vacía abrasada en un hornillo cierra la ventana y enciende un calentador, prepara un café y agrega al vaso dos cucharadas de azúcar. Es alguien que ve la nada y, sin embargo, la velocidad de su mente decide no acallarse. Lo convierte en un loco cuya única virtud es la palabra arrancada de sentido alguno que se intuya coherente. Un tal Ulises se amarra a un árbol cada vez más flaco. El concierto de la musa ha venido a visitar su afán por aventurarse en una incomprensible nada. Sus manos agarran con su fuerza el tallo de una flor inexistente. De haber nacido lo hubiera hecho sorda. De haber prevalecido hubiera sido en la ilusión de un oasis en medio de un desierto que no acaba, que no se ve vencido por límite alguno. El ángel del arpa recorre una y otra vez esas vastas arenas en busca de un trozo de carne que ha cerrado la ventana. El trozo de carne, en su luminaria bipolar, se pone la chaqueta y sale al supermercado tras terminar su café. Allí adquiere pan de molde, un plástico que contiene jamón york y unos tranchetes. Cada mañana escupe sobre su incipiente calva, herencia de su familia paterna. A veces las sirenas lloran y, cuando lo hacen, un hombre agarrado a un árbol chico se asemeja a un héroe. Él sólo evita una tentación que no conoce. Ha taponado de ceras oídos que, de por sí, ya no oían, mientras ve cómo el resto de transeúntes hacen cola para ser los primeros en reconocer las grandes ofertas del centro comercial más céntrico de la ciudad. La ciudad se desploma. Tras llegar, del supermercado a casa, un trozo de carne teclea la oración: “Nunca os abandonaré. Necesito ser salvado por vosotros.”

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