Alguien ha de hacerse cargo del cuerpo

Nunca he hablado sobre belleza. Si acaso lo más cerca que he estado de ello es evitando, en mis textos, el verbo «sentir». Yo sólo he hablado de unos tipos que tenían tan poco crédito de cara a la sociedad que, habiendo pasado por muchas, la palabra «castigo» les imponía respeto. Y sólo he tocado instituciones de carácter coercitivo, que son las que, en ausencia de otro «error humano», intereses (de tipo económico en relación con un viable chantaje a una familia a la que ya no le queda nada) o pisotón ejemplar, conozco. En mi vida he dañado la corteza de un árbol, pero sé que merezco ser un señalado. Y no estoy hablando del más allá. Por mí le pueden dar por el ojete quinientas almas espirituosas al más allá. Cuento con la fortuna de residir en esa osamenta descomponiéndose y atusada por larvas de gusano en cuanto sea capaz. Perdón por eliminar mi imitación de un famoso empresario perteneciente al mundo del porno. No estoy de humor, salvo para que, si quieres, vengas aquí, tú o quien sea, a darme una peonza. No hará falta que me pidas que juegue. Yo quise, como tú, jugar con «aquel niño oscuro que quiso cortarse el corazón en alta mar». Internet es muy útil. Hoy he averiguado a través de él dónde quedaba el comedero de ayuda social más cercano. Mi compañía ha quedado reducida a los inquietos cadáveres de Barthelme y Gaddis (en la actualidad hago por abordar la vitalidad de Barth). He pedido un crédito para visitar Charleville. Pensé que, tras ver lo que los bombardeos alemanes hicieron sobre la estatua del joven Rimbaud, sería capaz de abandonarme, ya por completo, a la casa en la que vivo desde hace algo más de un par de meses. Condenar mi cuerpo a ser el encargado de inaugurarla estercolero. Las llamadas son las menos posibles. La mariposa que he sido llevado a ser bate las alas en las redes pero, parece ser, no se explica lo suficiente. Es dada caza a menudo por personas que han pasado por este mundo sin ser ella. Se trata de una mariposa negra escapada de un test de Rorschasch. A menudo alguien me pregunta por su significado. Si es un ángel pulse «uno». Si se trata de otro de tus trucos pulse «dos». La carcoma avanza sobre un ataúd aún por fabricar mientras yo le cuento a mi hijo, él no nació, el cuento del niño que yo era. Tales eran los cuentos que me eran contados por mi familia. Ninguno de ellos me conoce ni me conocerá nunca mejor que ese niño no nacido a quien llamo a veces entre sueños, cuando logro dejar de roncar. De mi boca sale la mariposa, da unas vueltas por mi habitación y, a través de mi boca abierta, regresa a instalarse, en un viaje a través de la meninge, en mis sesos, que es donde visualiza el incendio del planeta. Allí queda ese niño sin poder salir de la habitación. El fuego se extiende a través de las sábanas. Llama a su padre, que se encuentra instalado en un sueño profundo. En ocasiones revivo a esas personas de 10 kilos cavando zanjas en centros de concentración cuando cedo al sueño tras ver imágenes, en Google, de la matanza. Me vino bien estar al margen. Mantenerme en mi guetto con alguna cosa viva de la que echar mano, entiéndase una rata o una polilla. Cuando venía el frío de la noche me instalaba bajo un piano destartalado. Los antiguos salones de esa Europa maloliente rebuznaban a sus anchas. El papel de pared había sido lijado concienzudamente por una especie de Dios sordo. Sólo me sé vivo cuando el milagro de la lágrima se extiende por mi cara. Por amigo entiendo una persona más o menos achuchable con el cual destrozarme. Me hago el desentendido con extrema facilidad. De vez en cuando, con el afán de respirar mejor, realizo cortes a cuchillo sobre mis brazos y muslos. Es un ejercicio que aconsejo vivamente a cualquier político. Si uno pone el suficiente empeño consigue salir (la mariposa de nuevo) de ese cuerpo en el que se encuentra prisionero. Mis órganos son sólo utensilios de decoración. Cuando estaba encerrado cantaba en alto, a la manera de un crooner norteamericano, en un inglés inventado. Eran ellos o yo. Hoy es poco, más o menos que lo mismo. He intentado salvar amistades conectándome a las redes sociales e informando acerca de mis dudas. He tendido mi mano ensangrentada por las gotas de sangre que bajan del brazo a un amigo o una amiga. He dicho las palabras «no estás solo/a». ¿He intentado salvarte, salvarme en ti? He intentado ahogarme en las ruinas de un pasado donde la codicia ha resuelto este esqueleto, junto con sus necesidades e hijo, en la puerta donde me eran ofrecidas drogas recreativas durante mi pubertad. Muchos de los chicos continúan allí jugando a la maquinita. Y es que a mí todo se me escapa, pero ¡qué no verá la mariposa! No, nunca he hablado de belleza. Y, en la gran mayoría de los casos, he evitado la palabra «sentir» en mis textos. Veo que el hombre tiene tanta sed de vida que se muere por ser protagonista, en cualquiera de ambos bandos, de un nuevo Holocausto. Me explico: Sólo soy una mariposa (cuya belleza me vuelve a ser discutible) que mancha una pared de tinta. Intento explicarme la cosa de que generar belleza sea la única o una de esas escasas maneras en las que optar por la rebelión sin generar violencia. Me da lo mismo. Si tuviese fuerzas para realizar un selfie de mi cadáver le daría al botón.

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