Actualidad de Schreber en el figurante cabo primero Alberto Masa

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La pasada noche pasó algo mágico. Es la primera vez que alguien se me adelanta en cuanto a la afirmación de que toda la medicina clínica que inaugura la era bipolar refiere a su consecuencia. Se me ha adelantado: Tras el haloperidol sólo hay excusas. Me ha sido inolvidable. Sienta bases sobre el lisérgico Jung como anticipador del final del psicoanálisis y toda esa caspa en universidades e instituciones de ese tipo, dedicadas a la creación de sociópatas. La primera vez. Además se trata de un hombre más o menos guapo. Un maestro. Ha dejado en agua de borrajas toda la belleza que me ha sido dada durante el resto de la noche que, dicen las voces, a pesar de que quedan solamente dos cigarrillos en el paquete, aún no ha acabado.

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Resto del día:

Durante el tiempo que tengo los ojos abiertos no veo nada y, cuando los cierro, a duras penas, logro percibir un agujero negro. Mi vena aorta es un amanecer inseguro. Desde que llegué a la ciudad los días pasan desapercibidos. Son diminutos insectos que a veces piso sin querer. La ropa tendida es un lugar donde figuro haber inventado el hambre. Durante la noche imagino al hombre y a la mujer y converso con ellos antes de que me venza el sueño. No dicen nada. Acaricio sus bocas. Les pido una palabra. Ellos callan. Yo también. Luego sueño con una flor en un tarro. Siempre la misma imagen. Es lo mismo que el agujero negro del principio. Es allí donde he dotado de un color a los pétalos. El lenguaje de donde vine es una mano que figura en el interior de mi dolido cráneo. Percibo cosas bellas. Cuando abro los ojos todo ha sido devorado por el agujero. Al abrirlos, no obstante, vuelvo a abandonarme. Nada es cierto. Todo lo es. En cuanto a la ruptura de las palabras poco me es dicho. Establezco significados al azar y me es devuelto un lenguaje que, lejos de ser propio, amenaza con establecerme. Concede voz a mis órganos. Ellos hablan en el lugar de la mujer y el hombre. Ellos tienen los colores negros del agujero en su memoria. Ellos pierden. Yo también. El mar se oye y, de la misma manera, uno oye cómo va cayendo lluvia en él. A veces beber agua es una solución. Parece fácil. Me cuesta tragar. Recuerdo un documental que vi hará seis años. Un niño peruano limpia zapatos en la calle y roba. Con eso consigue banga. El entrevistador le pregunta por qué. El niño apenas mide 1´46 cms. Dice que así, al cerrar los ojos, ve cosas. Induzco mi vida a la de ese cadáver temprano. Pegamento y banga. Zapatos y extracción de carteras en el transporte público. Le preguntan por la existencia de su familia. Sonríe. Se pone serio. No dice nada. Dice «no» con la cabeza. Procuro dormir. Con frecuencia me despierto a orinar. Recuerdo nítidamente haber soñado una placa en una calle: «Aquí vivió bla bla bla, una joven cuyo sexo fue lamido en un par de ocasiones por Alberto Masa.» Hace relativamente poco jugué a las parejas. Apareció en mi cama una chiquita. Me esperó el tiempo suficiente mientras giraba sus manos sobre su sexo. Miré esa pelambrera y me vi arder. Era una pelambrera que le llegaba hasta la parte de atrás. Fui a la cocina. Visualicé el mar y la lluvia y llené un vaso de agua. Estaba fresca. Mientras la bebía percibí una división de mi cuerpo. Noté los azulejos cerca y oí el portazo. La chica se había ido. Fui al salón y vi que mi dinero seguía ahí. Me es generosa una vida donde el agua es fresca. Cierro los ojos y, más allá del agujero negro, alguien ha anotado en algún lugar: «El cerdo de Alberto Masa se creía algo, pero eso es todo». Abro mi cuerpo. Mi ano es un elemento catalizador de luz. Por entre las persianas amanece una calle muerta. Y yo abro los ojos. Y yo vuelvo a cerrar los ojos. Los nervios de la calle me atan y yo le pido a la desaparición que realice uno de sus no tan frecuentes actos de fe. El sol ha caído y es tiempo de lluvias. Una barca y una red es todo lo que san Pedro dejó atrás para concluir que estaba listo. Percibí las maneras de su muerte bocabajo en la brevísima amplitud de la tarde y volví a beber agua. Mis órganos no ceden. En seguida se encargan de orinar mi vida mental. Dios ha quedado, junto con sus sustancia, amarrado en el salón. Mi dinero ha desaparecido. Percibo algún delirio donde viajo de la mano de un niño que apenas mide 1´46 cms. Lustro zapatos cuando mi agujero negro cede. Vuelvo a abrir los ojos. Regreso a cerrarlos. Nada es una máquina que choca constantemente en un universo de luces cuyo apagado es consecuencia de mis sentidos. Quedan abiertos. El mundo es una pelota dentro de una caja. Quiero cortarme el corazón en el mar. Y ver llover. Y quiero que el niño de la banga y el pegamento venga cuanto antes. En mis imaginaciones una plaza tiene el nombre de «El cabo primero Alberto Masa folla muy regu». Bebo agua. Llueve. La ciudad es un taxi con el motor caliente. Quema el aire. Cierro los ojos. Los abro. Ya no distingo ambos relatos. Uno es una nada que me vence y el otro una nada que vence lo que simuló vencerme. Alegué que lo mío no era locura, sino una broma de esas que suceden en la gente más o menos especial, que ha venido al mundo para sucederse en un caso, en un cuento, en un relato. Veo que mi sencillez rehuye y yo sigo aquí. Evitar la acción es algo sensato. En 1995 un médico me tendió un cuaderno negro y me dijo que anotara todos los sucesos que se daban en una habitación en cuyo interior solamente mi cadáver concedía una interpretación al espacio. El ambiente era irrespirable. A veces cierro los ojos y sonrío. Y luego niego con la cabeza.

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