Acerca del genio

He conocido demasiados genios. Llenos de ingenuidad (véase Ruskin y su teoría sobre la siempre viva llama de la mirada de un niño) y hasta, como fueron en Séneca, de locura. Mucho más tarde, muchísimos siglos después, llegaría la publicación de Aurélia, del genio romántico Gerard de Nerval, así como el Inferno de Strindberg, o el sufrimiento velado, más tarde, de Antonin Artaud en Rodez. Unica Zürn lo representa en cuanto a la mujer, dotada de mayor claridad en el estilo referido al encuentro con una razón que nunca se tiene pero sí se usa y, en ocasiones, disfraza un número dos en un cisne.
En los hospitales de la mente poco de eso se ve. Yo pasé como bufón tanto en Dr. Esquerdo, como en Dr. León, así como en san Juan de Dios. Al genio se le ve venir, pero nunca llega hasta que se muere. Se muere de todo menos de genio, se dice, por ejemplo, que tenía altos los triglicéridos o que la culpa la tenía el tabaco. Se comenta en el bar del tanatorio que lo era (genio), aunque cuando más llega a serlo es en ese momento, en la quinta caña a precio de tanatorio. Se agradece la invención de Hölderlin acá:

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“Vagáis arriba en la luz,
en blando suelo, ¡genios felices!
brisas de Dios, radiantes,
suaves os rozan
como los dedos de la artista
las cuerdas santas.”

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Del autor de estos versos se dice que murió nomás que de muerte, y que pasó debido a la pasión de Nietzsche en esas líneas, en el último libro de mi amigo, consagrado genio y falso de mirada que traspasa la locuacidad de una ameba. Se ha ido a vivir a París. Le daba para ello. Suerte tiene ese cabrón, maldito genio, a quien no obstante plagio su tartamudeo.

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Lo del tartamudeo lo inventó Goya recién llegado a conquistar el mundo -la corte-, afrancesado luego gracias a la generosidad de Fernando VII, que quedó en sus retratos como el perfecto niño amanerado cuya saciedad de juguetes le bastan para emprender alturas que no entiende. Burdeos lo curó de ese tartamudeo (a Goya), pero no del genio. Del genio sólo lo curó la senilidad, esa fiebre que antecede a la muerte y que el maestro plasmó en sus mal llamadas Pinturas negras.
Más tarde a Van Gogh le pasó lo mismo de distinta manera. Un suicidio retratado varias veces, también en sí mismo, cortándose la oreja (No comprendo por qué Vincent no se cortó también la otra, dice Artaud en su Suicidado por la sociedad). El ideario de Jaspers es algo bastardo para con la suerte de este hombre que vendió un girasol a su hermano Teo y que de vez en cuando sacaba para un bocadillo o en su defecto un trago de absenta; también con Strindberg (ya citado acá), acusado de razón y lastimado por una mujer de la que se creyó esposo (quién sabe si también amante).
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La rama dorada de Frazer nos dice en su mitad algo así como que la magia ha contribuido a emancipar a la humanidad. Lo recuerda Breton (en su casi desaparecida La llave de los campos, que encontré ayer en la librería Arrebato), médico con ínfulas y más francés que Vaché, escapado de la vida aún joven a través de una ventana (como la citada Zürn, que anticipó esa muerte en Primavera sombría dejando a las claras que lo que menos le suponía a la niña del cuento era morirse y sí a una sociedad de la que aún no hemos escapado que su perro buscara, por costumbre, su sexo en el cuerpo sin vida, para lamerlo), para irse a Kafka, otro echado de la vida, debido a trabajos y mujeres que no tenían cara ni sexo (de manera similar queda retratado por un Canetti -que sólo fue fiel a sus cuentos breves y las cartas a Felice Bauer- reencontrado a sí mismo en Auto de fe, y perdonado por la Historia). Necesariamente mesiánico (Kafka) de la primera mitad, convulsa como los ojos abiertos del cadáver de un pez, del XX: “Yo soy un fin o un comienzo”. Así dijo Alberto Masa, procurando para sí los ojos impares de Franz, a su primer psiquiatra, Dr. Urrutia, gloria póstuma del tardofranquismo, allá por 1996. Cinco días sin dormir despiertan a la pesadilla, que siempre inventa monstruos que escapan del uso de una razón que abarca los pensamientos de todas las épocas. Para cerrar su discurso diciéndole al Dr. Urrutia (que no dudaría en firmar su primer ingreso): Soy un niño. Y así sigue. La edad adulta ha de pillarnos a todos ya muertos, como el genio a los genios, como la razón a los locos, falsos locos y niños, miradas claras que proceden del interior de una mascota a la que procuramos agua. Los niños terribles en Cocteau no son terribles, son sanos como niños cuyo mayor delito es que tienen hambre. Pero dejemos a ese pobre hombre, loco, ávido de un genio que no tiene. Pues es Salieri, admirador de la verdad que es crecer sin el talento de un maestro más joven. Es la envidia y el aprendizaje continuo. Alguien que se hace a sí mismo tropezando, admirando la belleza y alegría de aquel espíritu que, por ser libre, puede permitírselo. Observa el horizonte azul desde una tumba que aún no conoce. Escribe en Facebook: “Hoy voy a visitar un piso distinto del que visité ayer. Una maravillosa anciana me dijo que cuidara de esa casa, la había levantado su marido, que en paz descanse, que por ser yo solo y vestir bien me cobraría cien euros menos. Me presentó a su nieta, que estaba leyendo Hollywood, de Bukowski. Le dije a la nieta que ese era el Bukowski que más me gustó en su día. Me preguntó al oído si podía meterle la cosita por el culo cuando su yaya saliera a comprar. Le pregunté que cuántos años tenía. Me dijo que 17 y medio, que los de su clase no sabían. Prometí que volvería, a la nieta y a la abuela. Le dije a la anciana que su piso era encantador. Me dijo que haría de comer unas lentejas. No volveré jamás. No me gusta la zona de Villaverde. Muy mal comunicada.” Produce la conmiseración del que arde. Pero no es ahorcado en la balada de François Villon, como sí el joven Villon, ajusticiado como un delirio en el cuerpo sin órganos de la revolucionaria Juana de Arco, una Eva de la muda dudosa que vive en el paraíso Europeo del XXI.
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La mujer que escapa de ser niña no quiere ser testigo de la falsa conmiseración de un falso genio, de un trabajador del talento como Alberto Masa, podrido de bedelería en las letras de Madrid, de los animales de una Granja-Escuela; un Madrid que le huye y por eso allí se acerca, como sus amigos, gente a la que fue encontrando mientras huía de la vida y que vuelve a buscar porque se dice a sí mismo que aún vive, por mucho que apenas lo crea (ni él ni nadie). Ganas y deseo son sinónimos, y vencen al miedo. Que le den, que se muera de una vez. El miedo junto con su pretendido genio, junto con su pretendida muerte impar.
La belleza la vi ayer en los ojos de una niña medio mora, línea uno a su paso por Puente de Vallecas, enfrente mía. Era aún joven. Me pregunté por qué me miraba. Estuve por preguntárselo a ella, pero ya conocía la respuesta: Porque eres un niño, joven y loco, como yo, y te encuentras ausente en un vagón de metro, vestido de hombre mayor, pero a nadie engañas. Tú huyes de mi vida. Tú huyes de que yo te mire. Y finaliza la niña, al abandonar la mirada, recordando aproximadamente (en recuerdo) a Novalis: Hay que sembrar demasiadas semillas para obtener cosechas modestas, pobres.
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Mientras tanto el animal,
oscuro y penitenciario,
Brunete 2016,
en la eterna cueva que no existe
traza en sus dibujadas notas el calambur:
Si me suicido ¿Pierdo?
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Imagen: Dibujo de Unica Zürn realizado en un internado (Centro de Europa)

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