Visita a un psiquiatra de la 87 con la calle Phillip Morris (17/02/08)

– Hola tronco ¿Cómo estás?

– Buen día ¿Qué te pasa hoy?

– Pues estoy escribiendo una novela.

– ¿Y de qué va?

– Va de una tipa que tiene que acudir a una cita con el psiquiatra del autor de la obra en la que sale, que no soy yo, sino un niñato malcriado que tiene experiencias psiquedélicas.

– Háblame de ese personaje, el del niñato.

– Es eso, un niñato. Poco más.

– Es el autor del libro ¿No?

– Es el personaje que será el autor y tiene un problema con la protagonista.

– Pero no de drogas.

– No. Está enamorado de ella.

– Y ella es un personaje suyo que tiene que acudir, como tú hoy, a una cita con un psiquiatra.

– Sí. Él se lo ha recomendado. Aunque es muy probable que el que deba acudir sea él, según mi criterio al menos que, como sabes, estoy en contra de acudir a un psiquiatra a historias de esas.

– ¿Por qué debe acudir uno de ambos?

– Porque tienen muchos problemas en el sentido de que ella está enamorada del lector. El niñato quiere que esté enamorada de él, no necesariamente todo el rato, pero el lector la ocupa todo su tiempo y él le advierte que no vaya a más la cosa. Porque ella no tiene manera de conocer al lector. No sé si me explico.

– Albertito, voy a ir por partes. Te explicas, pero a tu manera. Te cuento lo que voy pillando. Él, el niñato que está escribiendo una novela, la tiene a ella, un personaje, dentro de la novela que escribe él en la novela que estás escribiendo tú ¿No? Porque tú estás escribiendo una novela que va de eso. Y ella se enamora del lector que no eres necesariamente tú sino yo o cualquiera que se ponga a leer el libro. Alguien cualquiera, mejormente.

– O no. Pero en ese plan sí. Eso cree él. Exacto, macho, en ese sentido, aunque de momento soy yo sólo el lector porque, con todo esto, no se la he pasado a nadie.

– ¿Y para eso querías verme hoy?

– Sí, y para que me des recetas. Verás, es importante para mí. No a la manera en que un tipo como Genet defendiera la importancia creativa basándola en la… ya sabes, responsabilidad hacia sus personajes.

– Sentida responsabilidad.

– Claro, a mí eso me parece una chorrada.

– Sí lo entiendo a la manera en que lo manejan algunos escritores llamados posmodernos. Por supuesto, me recuerda a Paisaje pintado con té o, cinematográficamente, por ampliar un poco el marco, Desmontando a Harry y cosas así. Es una buena terapia.

– Ya, y ahí entro yo.

– Pero si tú no existes. Te llamo Albertito por llamarte de alguna manera. Al principio me gustaba más Sergio, te confieso. ¿Por qué no te llamas Sergio?

– No lo sé. El caso es que el protagonista de mi novela se llama Claudio.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Perdona doctor, que me he salido del tema.

– No sé. Si quieres que te haga un diván no te andes con rodeos (risas -suyas-). Bien ¿Y cómo es la chica que describe?

– La chica no es descrita, salvo por ella misma, quiere tomar la rienda. Sólo dice chorradas. Está cansada de salir en la novela porque ella sólo quiere hacer el amor todo el rato con el lector.

– A ver si lo adivino, Albertito. ¿Tu personaje, el niñato, es celoso?

– No. Lo lleva bien, salvo el hecho de poner en su boca, la de su personaje femenino, cosas que no debe y que, opina, no le benefician ni a él ni a ella.

– ¿Como por ejemplo?

– Pues “Estoy que se me sale el potorro por el lector de esta novela, sea chico o chica y, sin embargo, sólo guardo relación con un ente en chándal y sin afeitar que se sienta cada día a hacerme en este cacharro, tecleando mientras da sorbos a un colacao”. Cosas de esas. Necesita, según dice, un buen polvo, pero no del tipo en chándal que, dice, parece un niño que no sabe a qué parecerse y termina pareciéndose a un yonqui que sale en la novela y a ella le da mucho asco.

– ¿Y cómo es ese yonqui?

– Pues es uno que ve ella cuando va a comprar el periódico. Dice que siempre la está pidiendo cosas y que, al principio, era amable, pero que ya no, aunque es probable que pudiera ser debido a que ande muy enfermo de cosas suyas.

– Y el que lo escribe se llamaba Claudio ¿No?

– Sí, Claudio, sin apellidos, aunque está muy malcriado. No sabe para qué escribe. Sólo sospecha cierta idea de distinción. Sueños adolescentes y esas cosas.

– ¿Y por qué ha metido un yonqui enfermo en su novela?

– Pues no lo sé, pero sospecho que es para que ella le vea cuando baja a comprar el pan y así se dé cuenta de que hay cosas peores que un tipo escribiendo en gayumbos o chándal en una casa amueblada.

– Bueno, a lo mejor el yonqui es una bellísima persona ¿No?

– Y Claudio también, a su manera, hace lo que puede. Se ve así. Hace el bien y tal.

– ¿Qué datos tiene la chica del mundo exterior?

– Bueno, es que, al parecer, ella se ha enterado de que hay gente que lee. La ve cuando va en el metro. Porque la novela sucede en una ciudad donde hay metro. No como en Valseca, por ejemplo.

– ¿Te puedo llamar Sergio?

– Sí.

– Sergio, eso que me dices no tiene sentido. Yo te hago las recetas, sin problema, en serio. No es que tu historia no me parezca interesante, al contrario. Me pregunto, por ejemplo, por qué un yonqui.

– No, no, he dicho ahora que es un yonqui, pero no sé qué es. Es un tipo que vive en la calle, con barbas largas y adormilado, a veces nervioso. Lo de yonqui es una cosa que, por ejemplo, ha intuido ella, la protagonista de la obra de Claudio, el del chándal que toma colacao enfrente de la pantalla. Un auténtico papanatas, celoso y posesivo. Ella es libre de enamorarse de quien le dé la gana. A él le mata que sea de cualquiera que abra el libro que, precisamente, ha escrito él o está escribiendo.

– ¿Y cómo se llama ella?

– Se llama Lucía, ya ves qué sencillo.

– ¿Lucía?

– Sí.

– Respóndeme Sergio ¿Te pone la Lucía?

(risas -suyas-)

– Un poco, pero no le haría nada de eso a Claudio. Lo está pasando muy mal y quedándose en el chasis, ya no se cambia ni de calcetines… escribe con miedo a que ella se ponga a follar con cualquiera que lo lea mientras él está escribiendo a solas en su habitación tomando colacao. Además si me pillase con su protagonista sería capaz de hacer cualquier cosa.

– A ver ¿Como qué?

– A lo mejor matarse.

– Es una opción.

– Ya, pero entonces ¿Quién termina la novela?

– El mismo que la empezó, claro.

– Pero ese está todo el rato buscando recetas, doctor… Ya no se le ocurre nada. A todo esto, y perdóneme la confianza ¿Cómo se llama usted?

– Me llamo a secas, aunque mis amigos me llaman de usted o doctor.

– A mí me gusta a secas.

– A mí salir a comer, ir de juerga, al cine, tocar la batería. Escribir novelas también me gusta, no creas. Atender a pacientes menos, pero tampoco está mal. Tú molas bastante, por ejemplo ¿Cómo has dicho que te llamas?

– Me llamo Telsio.

– ¿Así, sin apellidos?

– Sí, tengo un blog a pachas con una multinacional; respondo comentarios y cosas así.

– ¿Y cómo se llama el blog?

– Seguro que ha oído hablar de él.

– A lo mejor ¿Cómo se llama?

– Así. “Seguro que ha oído hablar de él”.

– Pues no me suena, no. Tampoco soy mucho de la blogsfera ¿50 mg de Tranxilium a la noche, 25 y 25 mañana y tarde te parece bien? No me parece propio recetarte neurolépticos, tampoco atípicos ¿Te va el asunto entonces? Di en la farmacia que vas de parte mía. Soy El que no saben cómo se llama ni yo tampoco lo sé.

– Venga.

El doctor Castillo, que ese día no se echaba la siesta, apagó el ordenador. No estaban tan mal, le dijo a Juan el bedel, las cosas que escribía el interno de la doce.

– Ese sólo hace echarse – respondió Juan, el bedel. Y añadió que lo tenía pilotado y que últimamente rara vez acudía al timbre del desayuno.

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