Una coliflor con cuerpo (2006)

Miré por la ventana como cada día y paraban entonces ambos trenes de direcciones opuestas. Se cruzaban el testigo en la estación y desfilaban maletas en derredor del escampado a la salida, como esperando ser abiertas por los pasajeros que quedaban en el otro cercanías o los que cogían aquel que habían abandonado. Aprendía, comprendí, a escoger la coliflor al azar en el supermercado, y miraba hacia la calle en una de esas horas anodinas como eran las 6:03 llegada, y la ventana daba a aquella en que se juntaban dos trenes yendo el uno para allá y el otro para esta parte, y se oía el ruido de los paseantes de esas horas, descuidados al salir y entrando, para volver en otro vagón más tarde del trabajo y besar quizá a su esposa o a sus hijos.

 En el supermercado la cosa era de distinta manera y los silbatos aquellos venían a anunciar que había un producto rebajado, un champú nuevo, mientras yo procuraba coger la primera coliflor que fuera dada y en el peso no pasara de quinientas.

 Llovía, como en las estaciones, sin descanso y cerraba la ventana al tiempo que el megáfono de recepción anuncia preséntese al propietario de un coche rojo con matrícula de Salamanca.

 Imaginé que el hombre que bajó primero haría una visita al hospital que hay cerca de casa, llevaba una bolsa de compras y en la otra mano el periódico.

 Yo compré el periódico a otra hora, al salir del mercadillo. Ponía que habían dado un premio muy importante, entre otras cosas, como cien muertos, quizá ciento cincuenta, en una explosión en un país tan lejano y pobre como el humo que despacha el tren que viene. Con una de las páginas del diario envolví el pan, olía a esa novedad que sólo dan lugares como la imprenta o la tahona que coincidirán en el rincón de una casa, al lado de una ventana por donde cruzan trenes y dos de ellos, cada día, se juntan paralelos en la hora 6:03.

 Cogía el periódico y volvía a sentarme. Miraba lo que echarían en la tele, y miraba si de nuevo volvía un tren que trajera hombres, como aquellos que hacen visitas al hospital que hay al lado de mi casa, o los que sólo van al descampado a sentarse salvo en los días, como hoy, en que llueve como sólo en las estaciones puede hacerlo ¡Qué idiotez! Pensé, al rato de la ocurrencia, y luego que en verdad así era, que poca lluvia había que tuviera menos importancia que la que se daba en una estación de trenes, debajo de casa, junto a un descampado que viene hacia unos pisos y un hospital y una fábrica de andamios, y la ciudad al otro lado de la calle, con quioscos y sitios así sobre una acera, como el mercado y el lugar donde venden lotería.

 Ha llegado otro tren, la gente baja y adivino una mujer que vi en la mañana y también durante otros días. Son las 14:30 y procedo a cortar la coliflor. Es como el cráneo de un gorila. Le estoy haciendo la autopsia para meter en agua el resultado. Comprendo que, en un momento dado, un tren cambia de rail para hacerle un favor a la madre naturaleza. Habré de comer bien y mantenerme sano. Dentro de apenas cuatro años deberé estar en uno de los dos andenes de la estación a las 6:03 a ser posible bien despierto, duchadito y con el pelo algo arreglado.

 

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