Solipsismo

Poco antes de llegar a la consulta le pregunté a mamá por qué lo hacíamos. Yo consideraba que no era tan necesario para mí visitar al psicoanalista. Hubo un par de segundos de silencio en los que adiviné la mirada del taxista por el espejo retrovisor. «Sí, Eva, es necesario que acudas. No pienso discutirlo». Fue cuando espeté a mi señora madre que hubiera preferido otro regalo navideño en lugar de ese. Ella me contestó que estaba avanzando. Era necesario encontrarse y ese era el motivo de contar con los servicios del Dr. Lunch, una institución en Múnich con una trayectoria de casi cuatro años en Madrid. Era ésta mi tercera sesión. Hasta ahora, según mi versión, yo seguía siendo la misma chica rotundamente anodina y poco popular en la universidad, una aspirante a ingeniera que contaba para sí días de estudio en un cuarto decorado con motivos dadaístas en recuerdo de mi padre, fallecido hace diez años de un mal cardíaco. Visualizo en esa habitación la poca cabida que una versión mía, del todo opinativa, tiene o podría llegar a tener en el trayecto del taxi, así como en todos los lugares que me han sido dados a conocer. Mamá entraría finalizada la sesión y el Sr. Lunch y ella hablarían un rato de actualidad política. «¿Qué le ha contado hoy?» «Es muy intuitiva, llegará lejos si es capaz de controlar ciertas pulsiones…». ¿Con la contratación del psicoanalista dejas de lado hablar conmigo de qué creo que soy, no mamá? Me dijo que no dijera tonterías y señaló al taxista el número 15 de la calle. Pagó. ¿Qué impresión habríamos de causarle a ese taxista? La historia con él había acabado, encontraría otra carrera y su vida empezaría de nuevo y, para suerte suya, ni siquiera sería su vida.

  • ¿Eres Eva Azate Robles?
  • Sí, yo soy su madre.
  • Recuerdo haberles visto por aquí. Esperen en la salita, por favor. Aproximadamente cinco minutos.

La sala de espera estaba compuesta de tres sofás y una mesa baja surtida de tebeos y revistas de actualidad. En el lado derecho había un butacón con una canastilla rellena de caramelos. Mamá dijo que esos caramelos eran sus preferidos y, acto seguido, procedió a coger un puñado y meterlos en el bolso. Permanecimos un rato sentadas la una enfrente de la otra. Le dije que no me parecía bien que hiciese lo que acababa de hacer. Dijo que no los encontraba en ningún otro lado. Le pregunté si era el auténtico motivo por el que veníamos y conseguí con ello dibujar una sonrisa en su cara. Acto seguido dijo que si algo le llamaba la atención del Dr. Lunch era su puntualidad. Hubimos de esperar un poco más. Llegó a decirme que un día tendría una habitación como esa, cuando fuera alguien. Tocó la pared y me dijo que se trataba de un rojo teatral, como sacado de unas telas venecianas. Mira -dijo- tu padre me hizo un cuadro similar a ése cuando nos conocimos. ¿Ves? En uno de los lados el verde de la hierba lo cubre todo, pero a la derecha del cuadro se percibe cómo ese exceso de color ha arrasado con el marco. En ese cuadro se respira gracias al reflejo del sol, añadió. Le seguí la corriente. No suele entretenerse tanto, dije. Es la primera vez que venimos en viernes, dijo mi madre, quizá hoy… ¿Has prestado atención a lo que te he dicho? Sé por qué este cuadro se encuentra en esta habitación. La luminosidad del lado del cuadro que te digo es una vía de escape a la ausencia de respiración del color. El verde, suponemos es hierba, se lo traga todo. Es un poco contradictorio ¿Verdad? Me gusta este tipo de cuadros. Cuando salgas de la consulta le preguntaré al doctor dónde lo consiguió. ¿Papá te hizo un cuadro parecido? Tú no lo entenderías, Evita, eres demasiado joven. Era -continuó- una especie de broma entre nosotros. Evitaste seguir nuestra carrera. De verdad me hubiera gustado que finalizases como una retratista, pero vi demasiado pronto que tus manos no poseían la necesaria destreza. Uno imagina, compone una cara en su cerebro y, acto seguido, se recrea en ella, la hace cara más allá de la cara, así de sencillo, se trata de crear el mundo a partir del mundo. Se trata de representar. A continuación dijo «En los carnavales de Venecia hasta los mendigos usan antifaz». Le dije a mamá que para qué representar el qué. Me dijo que para todo, que no era cosa venir a la vida y pasar por ella como un trozo de madera flotando a través de la corriente de un río. Nos quedamos calladas y, al poco, la señorita nos llamó.

  • ¿De verdad están siendo útiles los avances de mi hija, Dr. Lunch?
  • Si le soy sincero, señora, poco. Hoy les diré a ambas si convenimos en seguir o si es preferible que abandonen la terapia. Hablaremos tras la sesión, Dña Aurora.
  • Hoy se ha acordado de mi nombre a la primera.
  • Sí, me cuesta a veces. No solamente con usted. Procedo entonces a atender a Eva. Hoy seguiremos otro protocolo. La sesión durará menos. Calcule unos 40 minutos.
  • Bien, doctor.

Ya dentro de la consulta le pregunté al Dr. Lunch si quería que me descalzase, a lo que me respondió que hoy no tocaba diván. Me propuso que me sentara enfrente suyo. Me dijo que necesitaba hablar conmigo, que hoy no tocaba hipnosis de ningún tipo. Quería hablar conmigo de médico a paciente. Relájese, Eva, no voy a juzgarte. En Alemania los poetas escasean. Tuvimos un Schiller, un Novalis, ¡un Goethe! Mi tormento es hondo, querida paciente ¿Eva? Es un nombre bonito, una vez tuve una hermana… se llamaba como tú. Llevo quince años sin saber de ella salvo que vive en alguna parte del sur de EEUU. Hoy quiero inyectarte algo, querida ¿Eva? ¿Confías en mí? Tendí mi puño derecho, tal y como me dijo, acto seguido me dijo que sólo sería el pinchazo. Iba a ser completamente consciente, más de lo que había sido probablemente jamás. Me dijo que tendría la capacidad de recordar el día en que murió mi padre estando yo en casa sola, tema que obsesionaba a mi madre y motivo por el que hacía que le visitase. Me dijo que, acabada la sesión, me reencontraría, levemente mareada, con una realidad que no me gustaba y por la que él no podía hacer gran cosa. ¿Se refiere a la mía? No sólo a una, dijo, a todas las realidades que has expuesto en el diván. ¿Qué me ha inyectado? Pregunté. Dijo que se trataba de algo bueno para mí. A continuación, sacó unos folios y se dispuso a leer: Alemania es mierda / me gusta el jamón de pata negra y el sol. ¿Ves? Dijo, en realidad soy poeta. Lacan es nada, se llama esta poesía. A veces voy a un bar y recito. Me llaman el poeta alemán. Figúrate, yo, doctor, Cum laude con respecto a mi doctorado basado en Lacan y los dos espejos, añadí un tercero ¿Sabes?. Original, dijeron querida ¿Eva? ¿Cómo te encuentras? ¿Quieres un poco de queso de Burgos? Me gusta España, Eva. También escribo poesías de índole erótica, escucha: En la oscuridad de la noche / lamí sus pezones / acaricié su melena / y toqué mi miembro viril ampliamente / hasta correrme. Acaba de manera existencialista como comprobarás. Ella quiso más. Y eso es todo, querida ¿Eva? Una vez tuve una hermana llamada Eva, vive en el sur de los EEUU. Quiere que vaya, pero a mí EEUU no atrae especialmente. Yo, poeta español, como Lorca. ¿Notas los efectos del líquido? Le contesté que no era capaz de comprender exactamente nada de lo que estaba ocurriendo. Entonces noté cómo su cara se desdibujó resultando la de un viejo enfadado. Extrajo un látigo del mismo armario de donde había extraído la jeringuilla y el medicamento y me hizo saber que tenía pinchos. Dijo que le haría bien a la terapia que le atizase un poco. Se deshizo de su bata y me dijo que golpeara hasta cansarme. Lo hice. Por cada golpe él pidió perdón al pueblo judío. Aquello no hacía que me sintiese ni bien ni mal. Era raro, eso era todo. Jamás había hecho algo parecido. ¿Sabes lo que es un cilicio, querida Eva? Abrió su cajón y me dijo: Esto es un cilicio, lo uso con algunos pacientes, pero contigo no voy a usar. Volvió a ponerse la bata. Preguntó si había sangrado mucho. Mira, este es el rojo de mi pintura más querida. Se deshace en él la venenosa mosca. Espera, dijo, esto tengo que apuntarlo. Lo recitaré esta noche en el bar. ¿Estás bien, Eva? Te veo curada. Yo soy ¿Has tenido novio alguna vez, cariñito? Le dije que en el instituto salí con Sergio, pero que un día me dijo que no era para mí. ¿Sabes? Dijo, se está acabando el tiempo. He de cobrarle a tu madre esta consulta, pero no es mi intención que regreses más. Lo mejor que podía darte era esta sesión, querida ¿Eva? Ahora voy a… Celia, mi secretaria, se encargará de todo. Hablaré con tu madre otro día a través del teléfono. Tengo ganas de llorar ¿Eva? ¿Sales del trance? Tus pupilas aún son grandes. Eres dueña de tu compostura ¿Sabes? Eso es lo más importante y lo único que yo sé decir, yo, el alemán de Múnich, el descubridor del más allá en la mitad de un siglo que no le pertenece a nadie. Yo, el viejo alemán. Me permití preguntarle si a eso se reducía todo. Él dijo que no. A continuación me pidió que me fuera junto con la egocéntrica de mi mamá.

Salí de la consulta. El techo y el suelo parecían mantenerse cada vez más unidos. Esto era debido a mi mareo. Mamá me preguntó si estaba bien. Dije que sí. Le dijo a la secretaria que necesitaba hablar con el Dr. Lunch. Le dije que él había dicho que no… ella dijo que sí. El Dr. Lunch había echado la llave. La secretaria, Celia, intervino: Lo hace siempre que está a punto de convertirse en hombre lobo.

¿Qué? Preguntó mi madre.

Le dije que debíamos irnos.

La secretaria dijo que cuando el Dr. Lunch se convertía en lobo se encerraba con el fin de no dañar a nadie. Añadió que no iba a mostrarnos moratones y arañazos. Mi madre dijo que había visto un cuadro muy interesante en la sala de espera y que quería comprarlo, pero que para eso debía hablar con el doctor. ¿Lo ha visto? Dijo Celia. Lo hizo mi hijo cuando era pequeño. Me alegro mucho que le guste, doña ¿? Aurora Robles, dijo mamá. A continuación, la secretaria preguntó si esta vez le convenía pagar con cheque o con tarjeta. Mi madre optó por la tarjeta. Era la tarde de un viernes fabuloso. Con total seguridad, a continuación cogeríamos un taxi de vuelta a nuestra casa. Cenaríamos algo, juntas o separadas. Mamá pondría el televisor y yo me encerraría en el cuarto repleto de recuerdos de papá. Te veo como perdida, Eva ¿Seguro que estás bien? Estoy mejor que nunca, mamá, gracias por preocuparte por mí, añadí.

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