Roma (13/09/08)

El cementerio estaba cerca. Gracias a nuestras provisiones evitábamos salir del cuarto. Los muertos eran, en general, gente sana y nos molestaban mínimamente. Una o dos veces al mes accedíamos a retribuir su respeto y amabilidades con algo de leche y bollos, unos huevos y tomates. La estancia, salvando muy pocos días, permanece en silencio el resto del año. Acaso el siseo de algún mosquito puede considerarse en nuestro rededor. Nuestra vida es muy tranquila acá y no como calculaba hace tiempo, en vida de mamarrachos a los que ya ha ajusticiado el sol como debía y que nos hicieron, cariño, la vida imposible; le digo cada día a mi hermana Clara. Ella ocupa junto a mí este saloncito. Un día, le he convencido y lo quiero aunque tenga que llevarla en brazos como de costumbre, en cuanto los muertos nos permitan, iremos ambos al pueblo y compraremos cristal de espejo para que vea lo bien que le hace a la cara el pelo cuando se lo limpio y se lo corto y ella, buena, se deja también que le pase el cepillito.

Me pidieron que escribiera bien sobre una muerta. A Tangerina uno la ve como algo que respira pidiendo permiso todo el rato. Me dice “amor” y, le digo, pregunto cuál es su verdadero nombre. Porque los nombres sí significan algo. Me dice que Tangerina es su verdadero nombre. Le digo que el cementerio está cerca y me dice que ella, como yo, teme a los vivos. Pero ellos –los muertitos- son parte de esta casa. De hecho, le digo, son esta casa. Están entrometidos entre las paredes. He probado dando bien con las alfombras y también con el aspirador. Nada les saca del deterioro que allí dejan, todo con óxido y asco. Y uno no está muerto porque finalmente uno respira. Le digo que tengo helado, que si quiere. Me dice que no. Le digo que he hecho la guerra de las carreras de crines, de una espada limpia un trono neutro, asentado en una caza que no se hizo más que de los muertos que acá vienen como en el trenecito de la famosa ranchera, sin saber si la muerte es, siquiera, sólo una cosa que les pone cachondos y ya está. Algo así como el egoísmo descifrado del sexo, cuya fórmula sólo exigía derribar la incógnita, la equis de una escuela que no servía, de una ecuación indiferente a la tiza que la hizo. Le digo que por eso la he llamado, y que he perdido. Se ríe. Le digo que es mejor que ría, que menuda mierda. Es una niña que no tiene pelo. Su pelo es falso y su peluca también. Le lleno de agüita las cuencas de los ojos y, luego de pasar el índice, me persigno como un devoto del nombre de oficio de la que venga. Insisto en las carreras de crines, le digo, pues llegué aquí en caballo con mi hermana pequeña, chiquitita ¿Sabes? Y ríe Tangerina moviendo el cuello hasta que se le salga, hasta que le eche y me deje contando que he perdido la batalla a cambio de ceder ante la noche, que he cabalgado sin rumbo, calculado el destino mirando no pisar sobre excrementos ni charcas y, no habiendo elegido patria, tampoco he visto a paisaje alguno dar la ayuda que un caballo necesita para seguir corriendo.
Cuando se le ha salido el cuello ya he terminado mi historia; procedo a recolocarlo, a sabiendas de que entonces me dirá su verdadero nombre.

He salido al paso del cementerio. Uno de ellos me ha preguntado si quiero. Le he dicho que no, pero que, de salir el sol tarde o temprano, me lo pienso. Me ha arreglado el televisor y le he encendido. No me sé las respuestas de los concursos, si las supiese llamaría y me haría millonario. La señorita espera una llamada y nadie atina. Es una palabra de cuatro letras que empieza por R y termina por A. He pensado en rama, en rana, en rosa; y luego he apagado la televisión, pues he caído que acá en muchos kilómetros no existe ningún teléfono. Ser conserje de unas ruinas da mucho trabajo. Hay que venir, hacer la ronda y los rezos. Inventarse una vida y decir a los muertos que no puedo quedar con ellos para la partida pues mi hermana o Tangerina o quien sea me espera para que le cuide. Ríen. No les coloco ya miembros porque no sé dónde era su sitio. Me pidieron que escribiera sobre ellos, que dijera que mascaron la venidera tragedia que les hará, como yo, -¿cómo yo?- libres y que dejan que la oscuridad les haga sin volver mirada alguna sobre el suburbio que atrás se eleva.
Luego he caminado hasta la parada de trenes. Por allí no pasa nadie. Hace tiempo que no hay rastro de las vías. Sólo los muertos saben que empiezan en la muñeca izquierda de mi hermanita, que corren y se expanden por su cuerpo sin saber que su camino pertenece a un mundo que quedó parado, y los pobres e ignorantes habitantes, como yo, insistimos no sólo en que se le fue la pila sino en que ese motor lo debemos de reinventar cada día, para venir a la antigua parada de trenes, para limpiar el viejo cementerio, atender los traumas de los muertos y recetarles que no hay problema que el tiempo no solucione en otro, y hay que llamar a Tangerina en las noches y contarle cuentos, que no se quede dormida, hacer como que uno cree, es más, es, sí, su nombre, hacer que uno es un conserje que cocina para los habitantes que desde la ventana creen observar una recreación del vacío. Me río, que me perdonen, pero estoy bobo, de esos, mis niños de los trenes. Porque aunque yo esté aquí, ellos viven en un parque temático que no les ha cobrado ningún servicio, y lo hacen con el estómago reventándoles de felicidad.

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