Momento atípico en el que una anciana enferma coincide conmigo al ponerse a mirar a través de la ventana del salón

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Nieva. Es algo que a veces pasa. Las navidades dieron paso a una época donde afuera hace frío. Resulta el momento en que una mujer se coloca a mi derecha y me dice que hubo un tiempo en el hospicio donde estaba permitido abrir las ventanas. Debe de tener cerca de 83 años. Ya había reparado en que se sienta sola en la hora del desayuno. En este momento es la primera vez que la he oído hablar. No digo nada. Dejo que siga con el relato. Habla de que cuando ella llegó, hace muchos años, respirar los acontecimientos era un ejercicio más. Lo consideraron un peligro con el tiempo, continúa. A continuación me dice que los mandalas de las cuatro de la tarde no pueden sustituir una sensación así. Le pregunto cómo se llama. Me llamo Auxiliadora, dice, pero es un nombre feo. Cuando tenía una vida afuera, prosigue, me llamaban Auxi. Me presento. Acabo de llegar. ¿Ves? El pino de enfrente, una vez lo vi repleto de nieve. Este año no ha nevado la mitad que hace diez. Apenas se distinguía del resto del paisaje. Fue la primera y última vez en que la vida afuera era la misma que en el comedor principal, aunque aquí hay buena calefacción. Todo era plano, no parecía que estuviésemos en un tercer piso. La culpa, dice, la tiene mi tos. Me quedo callado. Quizá es el momento en que va a irse. Se va un rato, pero vuelve apenas pasados unos segundos y me habla de nuevo. Toso mucho, dice. Me pregunta si yo logro dormir. Yo le digo que a veces no puedo. Llevo semana y media aquí. A veces, le explico, viene un bedel, cada día distinto, a mi dormitorio, y procede a darme un par de píldoras con un vaso de agua. Ella me dice que ha pasado mucho tiempo desde que llegó. Antes ¿Sabes? Me pregunta. Responde que antes a los pacientes no les observaban tanto como ahora. Le digo que la he visto desayunar sola. Ella dice que ahora lo prefiere así, que le dieron permiso hace casi un año. Le digo que afuera también somos observados. Ella me habla de las cámaras que hay tras nosotros, en el comedor principal, y en el pasillo. Dice que, antes de que las instalaran habían sido el trabajo de un par de bedeles como mínimo. No sé si nos oyen, dice. No creo que puedan oírnos, pero es probable que sí, concluye. Tampoco estamos hablando de nada ¿No cree? Le pregunto. ¿Hablar? ¿Ve, joven? Por eso prefiero desayunar sola. Toso menos desde que desayuno sola. Asiento. No he entendido una parte importante de su discurso, pero asiento. Me dice que se va, esta vez sí. Dice necesitar recogimiento, que ya no podía ver bien las letras y por eso dejó de leer. Asiento de nuevo. Se marcha. Esta vez ya no es muy probable que regrese. Miro cómo los copos de nieve caen a cámara lenta y se posan en el pino. Tengo una camiseta de manga corta tras el pijama de tela. Me pregunto si de veras antes las ventanas podían abrirse. Me digo que puede ser cierto. No voy a los mandalas de las cuatro. No iré a no ser que alguien me obligue. Si un día no puedo dormir o fumar quizás vaya, me digo. Echo un vistazo sobre mi reloj de pulsera, que señala veinte minutos más que el reloj del salón comedor. Uno de ambos dice la hora que es en realidad. O puede que ambos anden mal. Suena un timbre. Los ejercicios espirituales no son obligatorios aún para mí. Según los relojes, lleve razón uno u otro, llevo dos horas en el comedor. El desayuno finalizó hace ese tiempo. Mirar la nieve me pareció una idea propicia. Hacía tiempo que no miraba la nieve caer durante tanto rato. Mientras yo estoy aquí se intercambian notas en el despacho. Tampoco estoy seguro de que el monitor al que corresponden las imágenes de la cámara que observa un plano mío estén siendo atendidas por alguien. Habría de regresar a mi habitación. En breve vendrá un animador y se ofrecerá a llevar a la piscina climatizada a aquellos pacientes a quienes nos esté permitido. Preferiría no ir. Visitaría primero el despacho por si alguien me da fuego. Mamá me trae tabaco en sus visitas. Auxiladora ha regresado y se ha sentado en una de las mesas. Considero hablarle, pero algo me dice que mejor en otro momento. Algo me dice que ya debe haber hablado lo suficiente, al menos por hoy. Marcho en busca de algún cuidador para que me dé fuego. Según salgo del salón oigo cómo retumba el suelo cada vez que Auxiliadora tose.

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