Merry Christmas (01/08/09)

Bajando Argüelles me encontré con un extraño conocido. Como no recordaba su nombre me pareció adecuado romper el hielo preguntándoselo.

Dijo: A mí también me suenas. Me llamo Pedro ¿Y tú?

Dije: Yo Pedrito.
A ninguno de los dos se nos ocurría nada más allá del “hace un frío de pelotas”, así que, tras comprobar que ambos estábamos haciendo tiempo, le dije que le invitaba a una caña y, en el bar, podríamos charlar sin apretarnos una mano con la otra y, a lo mejor, averiguar de qué nos conocíamos.

Encontramos una tasca enseguida. Y nos sentamos, servidos, en una de las mesas.

– El caso es que estoy seguro de que te conozco ¿Tu novia no estudiaba artes o algo así?
– No. No he tenido nunca novias estudiantes. -Dijo Pedro- a mí me suenas de ir con una chica rubita, dijo.
– ¿Bajita?
– No, era alta.
– No me suena.
– Puede ser que no fueras tú. ¿Qué estudios tienes?
– No. No tengo, dije.
– ¿En serio?
– En serio… Si quieres hablarme de los tuyos, yo sin problema.
– Por qué no. Soy fontanero. Te voy a dar mi tarjeta por si algún día necesitas arreglar algo.
– Ah, pues necesito un fontanero, dije, cuanto antes.
– La verdad, contando con herramientas, no me importaría trabajar ahora. Tendrás que esperar a final de estas fechas que, ya sabes…
– No no, tiene que ser en estas fechas y ahora mismo, aunque no tengas herramientas.
– Pues te diré que, pensándolo mejor, no me apetece mucho.
– Pero si está aquí al lado, hombre, y mis socios te pagarán inmediatamente. ¿Te cuento?
– En cuanto me acabe la caña voy a tener que irme, seguramente, ha sido un placer pero… en fin, en lo que la termino, empieza.
– Trabajo para una sociedad secreta, aquí mismo, en el alcantarillado. Mi sede tiene la entrada escondida en uno de los andenes del metro de Ventura Rodríguez. Tenemos la cámara de seguridad manipulada y ponemos muchísimo cuidado al entrar. Hemos de tener precaución para que no nos pille esa gente que odia la Navidad. Nosotros nos ocupamos de que estas fechas sean buenas para todos.
– ¡No me jodas!
– No, sin joder, necesariamente. Nada más en España somos veinte mil trescientos ocho afiliados. Contando el resto del mundo ascendemos a los dos millones ochocientos veintitrés. Todos dispuestos a ser felices en Navidad, es decir, no quejarnos, ser amables con nuestros cuñados y, de tenerlas, con nuestras suegras y suegros. Disfrazarnos de snorkels, por ejemplo, regalar cosas a mamá como ese disco que le hace tanta ilusión y añadir tarjetas en las que ponga Eres especial para mí…
– Oiga, es usted un friki de cojones. No me entero de nada de lo que me está contando.
– Pedro ¿A ti te gusta la navidad?
– Sí, hombre, cómo no me va a gustar.
– ¿A que no te atreves a decírselo a mi máquina de la verdad? La tengo aquí, en la maleta.
– Mire, déjeme en paz. Yo creía conocerle, pero ahora caigo que casi mejor me olvida y cada uno para su casa o donde tenga que irse usted.
– Venga Pedro, hombre, que pago yo la jarra y pido otra. Pero si es un artefacto muy mono y navideño. Mire, sólo le falta la barba para parecerse a Papá Noel. Máquina de la verdad dile hola a Pedro. ¿Ves? Te está saludando.
– Oye, acabo de caer ¿Tú no serás de un pueblo de Segovia?
– Coño. Soy de Valseca.
– ¡Ostia! Era eso. Yo soy de Los Huertos.
– ¡Mecagoenlaleche! Ya decía yo. Si es que…
– Y te conozco de las fiestas, claro, de los pueblos.
– Claro, y yo.
– Te lo he notado en el acento, cuando has dicho lo de Papá Noel. Era una coña todo eso que me has contado ¿no? Lo de la sociedad secreta ¿Estabas vacilando desde el principio?
– No, te juro en que no caía que eras de Segovia. Oye, ahora vamos para el refugio, si te hace. Tenemos hasta renos para impresionar a los novatos.
– Pues antes te he dicho que tal, pero te confieso que no soy mucho de la navidad.
– Bueno, pues nada. No he dicho nada. Tú te lo pierdes.
– ¿Y qué, os ha pasado algo con el agua?
– El grifo, que no rula.
– Ah.
– Sí, solemos ir allí limpitos ya de casa y echados colonia y eso, pero… en fin, es una tontería.
– ¿La cisterna tira?
– Sí sí. Cuando se cuelga, la desatascamos de arriba y ya. No sé, voy a tener que irme, Pedro.
– Espera hombre, tocayo, perdona lo de antes y, oye, déjame a mí pagar otra.
– Bueno, venga. A la que vuelva el camarero… No te he dicho gracias.
– Nada, a ti, joder.

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