Meg en invierno

Mi casa no es sino la de mis padres, un pueblo o barrio un poquito más grande que el anterior, a su vez anteriores a la fecha en que nací. Mi nombre es Meg, aunque de pequeña me llamaban Peggy. Mi padre es polaco y mi madre irlandesa. Es 1964 en Fairfield (Connecticut) y mamá me dice en nuestro idioma que salude a los pasajeros de un avión. Yo digo adiós con la mano mirando hacia ese avión. Sonríe. Sonrío. Hoy he comprendido qué o quién soy. Soy algo o alguien vivo/a. En la parte de abajo de la pantalla de mi PC señalan las 10:27 h. En las redes sociales millones de amigos míos de todas partes del mundo señalan en diferentes idiomas que se acerca la Navidad, ese oro de cuando yo tenía nombre, de cuando yo era Meg o de cuando yo era Peggy, y saludaba a los pasajeros de un avión. Ese cielo de 1964 en Fairfield (Connecticut), ese avión (seguramente de color blanco) moviéndose, mamá, esa mujer irlandesa, sonriendo, y yo, mimetizando esa sonrisa. Hoy es mediodía en alguna parte de Cádiz (Andalucía, España). Se han escrito libros sobre mí en cuyas portadas aparece una imagen mía posando mis ojos en el objetivo de una cámara fotográfica. En la actualidad hay muchísimas imágenes mías. Muchas están publicadas. Otras las guardé, aunque no sé muy bien dónde las tengo. Otras las tiré. Personas que odié en algún momento y quise olvidar. Hombres y mujeres, niños y niñas, ancianos y menos ancianos, con quienes compartí momentos de mi vida. Hoy que, de repente, he comprendido quién soy es cuando menos me conozco a mí misma, aunque sé que soy algo vivo. Si no, nada sabría. Tampoco es que sepa mucho, en este momento, para ser sincera. Pero algo sé, sé que me apetece mucho comer fresas con zumo de naranja. Puedo permitirme encargarlas por teléfono, pero voy a optar por bajar a la calle, pasear como si fuera una desconocida, que lo soy, en este 18 de diciembre de 2015. Voy a permitirme, por hoy, disfrutar, tranquilizarme, ser otra persona, una de esa personas que me reconocen por la calle y me piden, casi siempre por favor, un selfie. En Internet hay mucha imagen mía. A veces pienso que demasiada. Otras veces duermo, sola o acompañada por Daisy. Ella, muchas veces, es yo. Me veo crecer en esa pequeña, aunque ya no es tan pequeña. A veces imagino su probable destino si no la hubiera adoptado. Cuando pongo mi nombre en Google descubro información sobre Meg que no conoce ni Meg, hoy, que creo haberme asimilado y llegado a la conclusión de que no tengo nombre. ¿Él? Dicen que fue un romance. Dicen muchas cosas. En 1995 visité a un psicoanalista. Estuve casi año y medio yendo. Era un psicoanalista muy conocido en los círculos que me movía. Enmarcó una fotografía que me sacó tumbada en el diván de su despacho, me lo pidió por favor, y la colocó al lado de otras celebridades de aquello que era mi mundo en esos años. Entonces me eran reconocibles, pero hoy no. Ni siquiera sé quién soy o seré en esa fotografía de aproximadamente mayo de 1995 en ese despacho, recuerdo mis ojos entreabiertos, me sentía relajada, como hoy, 18 de diciembre de 2015. No recuerdo el nombre de pila del psicoanalista, Rodgers era su apellido. Dr. Rodgers. Sé que necesito abrigarme bastante antes de bajar a la calle como si fuera una desconocida, que lo soy, para el mundo, para el planeta, para las redes sociales. Sólo unas cuantas fresas que traeré de nuevo a casa, que no es sino la de los que fueron mis padres, Harry y Susan. Hace dos años quise volver. Traer a Daisy. Supe que estaría mejor aquí que en cualquier otro lado de mi América natal, el imperio más amable de la historia, aunque hay veces en que me muestro disconforme con esto. Hoy lo veo así. Es una identidad como cualquier otra con la que, en ocasiones, me he identificado. Acabo de llamar a Daisy. Dice que está bien en casa de mi amiga Fayna, junto con Emily y otra chica, a la que todavía no me ha presentado. Todos hemos sido niños. Todos hemos tenido nueve años. A veces, a través de ella, los vuelvo a tener. Son principios de los setenta y mi madre me lleva al colegio junto con mis hermanas. Entonces yo estaba a punto de llamarme Anne. Recuerdo la lluvia de uno de esos días. Recuerdo que Danna y yo, muchas de esas tardes, al salir del colegio jugábamos al escondite con los chicos de este pequeño y cada vez más grande barrio o pueblo. A las dos nos gustaba el mismo chico porque tenía los ojos azules y siempre llevaba los mismos pantalones. Llamo a Andrew, pero no lo coge. La última vez que hablamos discutimos. Hay naranjas en casa desde hace dos semanas. Tienen buen aspecto. Preparo café y añado leche en una taza. Espero mientras las tostadas se hacen y el tiempo es largo mientras observo la tostadora a punto (siempre a punto) de dar el aviso. No sé dónde coloqué la mermelada. Es diciembre de 2015 y desde ayer no me he mirado en el espejo. Me pregunto si descubriría algo nuevo. Imagino que Daisy debe estar disfrutando con sus amigas. Si me mirase en el espejo en este mismo momento ¿La vería a ella? Es bastante probable. Ayer llamé a Jack, me dijo que quería llevar al teatro la última novela de Nick Hornby. Me dijo que le parecía muy difícil hacerlo y que por eso estaba trabajando en ello. Había contactado con el autor a ver si le podía ayudar pero, de momento, le había dicho, a través de un mail, que estaba a demasiadas cosas, aunque le interesaba. Son trabajos suyos que yo, más o menos, comprendo, aunque no he leído a Nick Hornby. A Jack le gustaría interpretar a la protagonista del libro. Me hizo recordar a cuando fui Anne. He sido demasiados nombres, también en las películas. Todas ellas he sido. Beberly, Patricia, Sally, Pamela, Bonnie, Alice, Debby, Kate… También he sido llamada Novia de América y traidora a la patria. Hoy, mientras me pongo definitivamente el abrigo, sé que yo soy yo o, si no, algo parecido a lo que no he dejado de ser nunca, que no sé, en este momento, qué es o será. El paisaje. Fairfield. Daisy en casa de Fay, con sus amigas, o aquí, durmiendo a mi lado o en su habitación. Why my lord, de Kris Kristofferson. Actualidad en Vanity Fair. ¿Un largo etcétera? Fresas con zumo de naranja. California. Fotogramas. Dinero. Ayuda al tercer mundo. Apoyo al señor Kerry. 1964, mirando el cielo junto con mamá. Saludando un avión que, quizás, iba a alguna parte. Recuerdos de hombres que pasaron por mi vida y por mi cama, hoteles, Dennis. Envío un whatsapp a Fay diciéndole que voy a arreglarme y que, luego, si le parece bien, me paso por su casa a recoger a mi pequeña. Iré a por fresas. Este café se enfría, parece que no se acaba nunca. Un recuerdo me viene a la cabeza. Sonrío. Va a ser Navidad.

Foto: Npi.

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