Los fantasmas bailan claqué, por Mónica González Picorel

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Quieren que te vayas. Dicen que no existes, sólo porque no pueden verte, porque has muerto. Dicen que estoy enferma, loca, que vivo en una realidad falsa que he creado únicamente porque no puedo soportar el dolor de haberte perdido. Lo llaman perder.  No les gusta la palabra muerte. No les culpo. Si te hubieran visto morir y después volver a mi lado cuando la oscuridad desplegaba sus alas de ave carroñera en cada lágrima que me fue imposible derramar, podrían conjugar sin pudor la palabra silenciada. Yo muero, tú mueres, todos morimos.  

No quieren que te vea, no me permiten  hablar contigo. Me muestran tus cenizas. Ese polvo en el que te han convertido y del cual no puedo deshacerme por mucho que insistan en recordarme todos los lugares hermosos donde te hubiera gustado descansar. Si, A veces dicen que descansas.  Mira en lo que se ha convertido,  dicen, ese polvo que quisiera en mi piel, esas cenizas que no dicen nada de ti.

Quieren que me deje ayudar. Afirman que puedo superar el dolor que está pudriéndome por dentro, pero yo no siento dolor, no siento nada la mayoría del tiempo, excepto cuando vienes a verme  y charlamos cómo solíamos hacer y  se nos pasan las horas como minutos. Tú ya no comes y yo no me acuerdo de comer. Tampoco siento sed. Ni frío. Ni nada de lo que solía sentir.  Se preocupan por mí. Eso dicen. Me riñen como si fuera una niña, creen que estoy flaca y descuidada. Me obligan a ducharme y a oler bien. Me peinan y hasta me pintan las uñas. Tengo algunos vestidos bonitos, pero voy en pijama todo el tiempo. Es aquel tan feo que tú me regalaste. Fue tu último regalo. Me lo quieren quitar. Dicen que está sucio y viejo, que no estoy presentable. Todo lo que soy ahora les resulta insoportable. Si me quitan el pijama les mato. O me mato.

Me ponen la medicación en la comida. La vomito siempre que puedo, la medicación distancia tus visitas. Ellos dicen que eso está bien, que funciona. No tienen ni  idea. Les suplico que me dejen vivir cómo yo quiera, que me dejen en paz con mi fantasma. Quiero ser yo, ese yo que soy ahora, al borde de dos mil precipicios pero sin miedo porque  estás ahí, porque sé que  tus brazos son fuertes y están esperando por mí. Les digo que  un día ya no tendrás que volver a dónde quiera que vayas cuando no estás conmigo. Te quedarás y  charlaremos de cualquier cosa, como si nunca te hubiera encontrado frío e inmóvil hace ciento ochenta y cuatro mañanas, como si nunca se hubiera parado aquél corazón tuyo, cuyo latido me auspiciaba, cuyo palpitar creí inagotable. Y volverá el calor a mi cuerpo y las ganas y todo aquello que se supone que está bien sentir. Así que suplico  que no me mediquen,  les hago promesas vanas. Les miento y me mienten.

Hoy ha vuelto aquel psiquiatra. Ese gordo y bajito que siempre huele a tabaco de pipa. Detesto ese olor. ¿Recuerdas la primera vez qué me visitó? Tú estabas allí. Te quedaste  muy callado en un rincón de la habitación, mientras escuchabas sus  indicaciones. De pronto te levantaste de tu silla e improvisaste unos pasos de claqué. Me hiciste reír. El psiquiatra me preguntó por el motivo de mi risa y le dije la verdad, que eras tú el artífice, que sólo tú podías provocarme algo. Asintió  en silencio. Tomaba notas.  Me preguntó si estabas allí conmigo. Toda la sesión, le dije, y creo que usted no le cae demasiado bien. Sonreíste. El asintió y volvió a escribir en su libreta.

Hoy me ha preguntado sobre el día de tu muerte,  sobre los detalles que recordaba, sobre cómo me sentí. Lo recuerdo todo, cómo quiere que olvide algo así, le he respondido indignada. Entonces ha acercado su  silla a la mía, y como si  temiera que alguien pudiera oírnos me ha preguntado en voz baja cómo puede ser que te vea  si has muerto. Le he dicho que no lo sé, que eso no importa, lo único importante es que has vuelto. Su cara era un poema. Sabes que eso es imposible me ha contestado. Le  he respondido que no lo sé, que posiblemente haya perdido la razón, pero que nada importa si estás a mi lado. Quiero que me dejen en paz con mi muerto, le digo, y mi locura o lo que sea que me esté pasando. Entonces me sugiere que no puede ser. Tendrán que ingresarme por mi propio bien,  me curaré si pongo un poco de mi parte, si tomo la medicación que te hace desaparecer, ha dicho. Le he sonreído con mi mejor cara de boba.

No pienso tomar ni una sola pastilla, nunca más.  Antes cojo tus cenizas y volamos para siempre. Tú en versión fantasma y yo con el pijama feo que me regalaste.

No van a matarte otra vez.

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Autora: Mónica González Picorel, amiga de esta web

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