Los domingos

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Es porque es marzo. Llamaron a la puerta y mamá se abrió a sí misma. Estuvieron dialogando, ambas, un rato en la cocina. Papá, mientras, veía el televisor en la sala de estar. La que echaban debía ser del Oeste. Los indios norteamericanos, quizá fueran Sioux, caían de los caballos uno tras otro. Mamá, entre tanto, le invitaba a la extraña a encender el microondas. El niño juega en su cuarto a releer su propia autobiografía. Es porque es marzo. Es porque son las tantas. Es porque mamá se ha ido y la extraña se ha quedado. Es porque el único tema posible es la madre. La madre y, en un secundario plano, quizá, el loco. Papá está viendo una película de unos Sioux cayendo de sus caballos. El polvo de la arena sale de la pantalla. Algunos de los que caen están muertos. Otros no. El niño dice Corten y los indios muertos y los indios vivos se levantan del suelo. Es porque es marzo. Es porque nada. Mamá se pregunta a sí misma quién es aquí la extraña. No, no se ha ido. Nadie se ha ido. Ni siquiera el niño se ha ido, sino que sigue jugando. Juega a releer una autobiografía propia. Se pone a leerse y a veces no sabe de qué va, ni él, ni su autobiografía, ni la propia vida. Papá ha cambiado de canal. Mamá avanza hacia la sala de estar y le pregunta a papá qué día es. El niño subraya, de su propia autobiografía (son diez folios, times new roman, tamaño 10, espacio sencillo), la frase “Quiero vivir y muchas veces me pasa que no sé para qué”. Llaman a la puerta de nuevo. Es el loco, seguro que es él; dice la extraña a papá. Abre tú, dice papá. Mamá abre. Efectivamente, es él. Pregunta si puede bajar el niño a jugar. Mamá dice que el niño no está. El loco pregunta que dónde está. Mamá dice que se cayó de un caballo y se murió. El loco se va. Mamá cierra la puerta. Papá le pregunta a mamá quién era. Mamá le dice que no se acuerda. Es porque es marzo. Es porque son las tantas. Cualquier día de estos echarán una buena. El niño subraya de su propia autobiografía la frase: “Por la mañana Ferrete me dijo que los muertos no respiran”. Papá le dice a la extraña que a veces no la reconoce. Joder, un día existía la familia, eso que llaman casa, hogar, lo que fuera. Papá le dice a mamá que un día va a escribir toda la verdad para que la sepa todo el mundo o, al menos, aquel que la lea. El niño va a la cocina y abre la nevera. Ve una lechuga. El niño va a la sala de estar y pregunta a mamá, a la extraña y a papá si puede comer algo. No, contestan al unísono los tres. El niño piensa: Joder, esto lo tengo que escribir en mi próxima autobiografía. En la televisión ahora están echando un debate sobre la higiene mental de la nación. Mamá piensa que está muy sola, que cualquier día de estos se va a morir y que todo habrá sido efímero como un sueño y exacto como un logaritmo. Papá piensa que avanzamos, todos juntos, hacia la distopía. La extraña no piensa nada. En su lugar, pregunta si hay aguardiente. En verdad te digo que sólo hay un gran tema y es la madre y, en un secundario plano, quizá, el proceso creativo. Es porque es marzo. No lo dudes ni un momento. Es así. El loco llama a la puerta de nuevo y la madre vuelve a saber que es el loco antes de abrir la puerta y descubrir que, efectivamente, es el loco. La extraña le dice al niño que abra él. El niño abre la puerta y, sí, efectivamente, es el loco. El loco le dice que qué tal está de lo del caballo. El niño pregunta que a qué se refiere. El loco le dice que se refiere a lo de cuando se cayó y se mató. A lo de la muerte. El niño dice que bien. El loco se va. La extraña se sirve un café en la cocina. Mamá va tras ella dispuesta a servirse otro. Papá vuelve a cambiar de canal. Esta tiene que ser buena, por la madre que me parió, que en paz descanse. Dos actores se besan. ¿Lo hacen de verdad o lo hacen de mentira? Yo creo que la gente ya no tiene vergüenza, dice en alto el autor de la novela por entregas La verdad. Papá, te quiero. En verdad te digo que el único tema que hay es la madre, la madre y, quizá, el domingo. No pienses, se dice a sí misma la extraña. No pienses, se dice a sí misma mamá. Es porque es marzo, piensa el niño. Los actores siguen besándose. Son las tantas. Cuando el niño dice Corten siguen besándose como si nada. El niño se enfada. Pues ya no juego, dice en alto. Mamá le dice que se calle. La extraña se va. El niño sube a su cuarto y busca su autobiografía (son diez folios, times new roman, tamaño 10, espacio sencillo) y anota en el revés de uno de los folios que le gustaría comer lechuga. Mucha, añade. Sólo comeré lechuga hasta el día que me muera, dice. A doscientos metros de esa escena el loco se pregunta por qué él. Por qué él y no otro. Y llora. Llora la muerte de su amigo que, sin embargo, le ha dicho hace aproximadamente un cuarto de hora que está bien. Sólo existe un gran tema, se dice, sólo uno: los caballos. Los caballos y, puede ser también, quizá, en un secundario plano, los domingos, el domingo.

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El óleo que ilustra este relato hiperrealista y apenas decadente es de William Kurelek (1927-1977)

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