Los alimentos (2006)

(1)

Dejó sus prendas y se volvió loco como sólo él sabe hacerlo, por otra parte, de la manera más ejemplar que he visto, extrovertida, después de haber dejado su ropa sobre la cama, tirando un jarrón que, por otra parte, era normal y corriente, al suelo de la habitación reacia en la que convivía conmigo sin hablar, porque él no hablaba apenas y siempre respondía a mis impertinentes preguntas que nunca venían a cuento, con monosílabos, y el resto no sé, no sé o cállate que se me enfría el melondro, y terminaba puntualizando ¡Coño!. Walter tenía esa forma de ser, así como yo intentaba comunicarme con los demás pacientes del internado en el comedor o en la salita con sillones y con la televisión y con un órgano que no funcionaba en una mesa que sostenía el órgano y que tampoco funcionaba de mucho sosteniéndolo, al estar roto. Antes de estar Walter, yo compartía habitación con un señor mayor que tosía mucho, y que roncaba, y que se le llevaron a otro lado y ya no le volví a ver, a ver si se moría mejor, o por lo menos, no delante mía ni del resto de enfermos que poblábamos el internado, que tenía, creo, más de cincuenta habitaciones, y en cada una dos personas enfermas, y una zona que llamaban la de abajo que era solamente para trastornados, y yo creo que a Walter fue donde se le llevaron después de romper el plato. No preguntaron nada, entraron y nos miraron a los dos y yo estaba tranquilo sentado en mi cama un poco sorprendido por los acontecimientos, y cogieron a Walter igual que podían haberme cogido a mí y se le llevaron, pero antes le dieron un manotazo bien dado para que se calmase, y a mí no me preguntaron nada y me dejaron en mi cama porque creo que decidieron que yo no tenía que ver en el conflicto del plato o que no existía, por eso o por cualquier otra cosa. No lo puedo saber. Después de que se llevasen a Walter anoté sobre mi cuadernillo la peripecia, unos minutos antes de que la enfermera simpática y de mejillas sonrosadas, Claudia, o la otra, Norma, viniese con esos medicamentos que me vuelven inútil, hacen que me tiemblen las manos y me obligan a dormir hasta la hora del desayuno. Me relaja mucho cuando me convenzo de que voy a soñar con mamá.

(2)

Mi hermano Immervoll es un caso. Siempre he de estar cuidando de él. Hace un poco me he despistado. Mi madre, Norma, y mi tía Claudia son iguales. Se creen que tengo que estar todo el rato pendiente del pequeño Immervoll. No comprenden que tengo que hacer mis cosas. Tengo que obligarme a escribir al menos un cuarto de hora diario. Me lo propuse hace tiempo. Ellas deben de saberlo. A veces me despisto. Immervoll y yo compartimos habitación. Ahora él ha roto el platito. Siempre está jugando con las cosas. Algo así tenía que pasar, tarde o temprano. Immervoll apenas sabe hablar. Se le da mejor romper cosas. Hace un poco ha roto el platito que hay en la mesilla que separa su cama de la mía. Si me hubiera dado cuenta de la gravedad de la situación, hubiera dejado lo de escribir para cuando mi tía Claudia se llevase a Immervoll a su casa. Allí hay un piano y a Immervoll le encanta pulsar las teclas. Se entretiene mucho, y mi tía le anima y le hace fiestas, y él se lo pasa bomba haciendo soniditos con mi tía al lado haciéndole fiestas. Ahora, después de romper el platito, mi padre ha entrado en la habitación y se le ha llevado del brazo, y el nene lloraba, y yo no podía hacer nada ni por papá, ni por el nene y tampoco podía hacer nada por el platito. Seguro que poner ahí el platito fue idea de mi madre. Una idea poco afortunada teniendo en cuenta cómo es Immervoll, y el hecho de que yo no puedo estar todo el rato encima de él. Papá no me ha dicho nada. Se ha llevado a Immervoll sin preguntar, y le ha dado un azote, lo que a mí me parece muy mal. Y aquí estoy yo oyendo unos pasos que se acercan. Me percato de que es mamá cuando abre la puerta. Me apresuro a relatarle la historia, a decirle que no puede ser, que no puedo estar al cuidado de Immervoll todo el tiempo. No parece enfadada, trata de tranquilizarme y me enseña esas malditas pastillas que no me dejan escribir, que me vuelven idiota y estúpido. Le digo que no, que no tengo la culpa. Insiste de nuevo. No pasa nada, hijo, ahora tienes que tomarte esto para poder descansar y mañana se lo contamos al médico. Lo he anotado todo, más o menos.

(3)

 Ya no dejo huellas en la nieve. Nada sé del peso del cadáver y aun así lo arrastro, sin más, con la rotundidad que inicia una ola su proceso. Porque yo hice para el mundo los goznes de las puertas que se me han cerrado. Hoy estoy en la habitación del castillo de mis ancestros, de los que nada sé, si quiera si ciertamente existieron, desordenando la gragea de una mandarina que me comeré yo solo. Afuera hace ya el frío que va a venir. El porvenir se adelanta acá, se zanja con su noticia. He perdido las luchas porque las he creado e intuido las propias en la nada, a cambio del apego hacia mi nombre. He probado sus razones –las del nombre-, sin embargo, y llegado a saber que no se estiran hasta abarcar ni una mesa ni los retratos de los familiares desaparecidos que acá pueblan todas las paredes menos una.

 No he hecho tiempo de volver a lo negado ni batido a unicornio que no sepa de lo sutil de su filo. No he hecho demencia o, lo que es igual, no supe dotarla de semilla.

 Arrastré al muerto hacia acá y lamí la mano del cadáver que hasta hace poco era mi dueño. Luego me moví hacia el plato y no esperé ninguna orden.

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