Laura

A menudo los veía cuando bajaba al bar de la esquina. Se sacaban las legañas unos a otros y las echaban en los ceniceros. Charlaban sobre temas actuales como fútbol, televisión o política. Debatían, en ocasiones, sobre el fenómeno de la migraña u otros bienes no menos singulares. Estaban demasiado cansados, pero esto era desde que fueron niños, como yo. Hoy me llamo Laura. Acaso mi nombre de ayer fue Juan Carlos, y el de anteayer Almudena. Mi trabajo es observar y tomar nota. De vez en vez aprendo incluso modales. Por un lado están ellos y por el otro mi habitación. La heredé de mi hermana Julia, que murió el año pasado.

Hace un rato, Jesús, ayer se llamó Alicia, ha reparado en mi presencia. Me ha preguntado qué hago. Tomar notas, he dicho, como siempre desde el primer día que vine. Odio este lugar. Todos han vivido tantas vidas. Todos, sin excepción, han sido incluso yo que, independientemente de que hoy sea llamada Laura y los demás días de otra manera, no he dejado de calcular sus cambiantes rasgos en mi cuaderno de notas. A veces no estoy contenta con lo que me sale. Lo leo al llegar a mi pieza y tacho con la intención de que ese tachón suprima todo rastro de los adjetivos que se me escapan. Anteayer conté ocho tachones encima de un primer tachón. En otras ocasiones he pasado a máquina mi informe. Siempre digo lo mismo: Ellos no son yo, usen el nombre que usen, tengan mi cara de ayer o anteayer, incluso las ropas que he paseado por el bar, que no atienden más que a mis impulsos, en las mañanas, de abrir el armario. Mi hermana, cuyo último nombre fue Julia, también dejó mucha ropa para mí, incluso un par de libros que habré leído, al menos, cuarenta veces.

En el bar de la esquina cada habitante tiene su taburete favorito. El mío es el único donde puedo contemplar a todos y cada uno de los clientes.

Alicia me ha pedido fuego hace dos minutos. El más joven de los que allí nos sentamos es el que atiende la barra. Nadie sabe su nombre. Es la única persona de ese lugar cuya identidad sólo me es asimilada en que sabe que, independientemente de cómo sea llamada, siempre tomo café en taza, con una nube de leche y cucharada y media de azúcar. A veces no me cobra, y así hace con todos. En este lugar se valora exclusivamente a quien no pregunta demasiado. Todas las tardes el mejor valorado en mis notas es el que menos palabras acumula en el oído de quien tiene al lado.

Eso es muy malo para la tensión. Se hace llamar Lorenzo, aunque tiene cara de mujer. Es atractiva incluso, unos cuarenta y cinco años de cuerpo. Nunca se ha acercado a compartir su tubo de cerveza conmigo, a decirme algo. Cuando no habla con nadie, le pregunta a Nacho (ayer Leticia) si está disponible el periódico. Aquí nadie le dice a nadie a qué dedica su tiempo cuando no está aquí. Se les supone un trabajo, un paro, una herencia… Es mayo de 1997 y he decidido encender mi primer cigarro en seis años. Sé que no tendrá remedio y que no será uno solamente. La vida son dos días, aunque luego, de vez en cuando, viene un tercero. Y, de nuevo, otros dos más.

¿Puedo leerte la mano? Se llama Edna y usa turbante. Una vez me dijo que yo era una gran artista debido a mis dedos largos, así como curvos y en aparente tensión. ¿Tocas algún instrumento? Digo que estudié solfeo, pero que nunca llegué a nada. Qué lástima, con lo bien que se te daría el piano. Todavía estás a tiempo. No, querida Edna, ninguno de nosotros está a tiempo.

Hoy todos los taburetes están ocupados menos uno. La última vez que la vi se llamaba Julia, como mi hermana antes de pasar a ser el objeto de mis estudios, de estas tristes notas. Me he transformado en su vida, pero ni siquiera sé si su vida fue esta. Ni siquiera sé si esto que hago aquí podría llamarlo mi vida. En la pared de la barra hay un reloj que siempre marca las ocho menos cuarto. He visto amanecer, en alguna ocasión, al salir. También he visto hacerse de noche. Hoy hacía un sol de justicia cuando salí del bloque. Aun así he sido precavida y traído paraguas.

¿Quién es mi hermana? ¿Quién fue? ¿Soy yo, Laura, la prolongación de sus observaciones? Sólo aquí, en este bar que hace esquina, hay gente. Siempre somos los mismos: Raúl, Clara, Andrea, Alicia, Lorenzo, Jaime, Eva, Miguel, Edna, Juan Carlos, Julia, Laura… Ayer nos permitimos ser otros. Mañana, al despertar, y sé que para ello la vida requiere de dormir antes, mi nombre será Pedro. Míralo, se permite sacarse las legañas él solito. El exceso de alegría está muy mal visto acá y, al tiempo, las ocho menos cuarto es una buena hora para beber un café caliente. Todos los días, al llegar a casa, reviso mis notas, y cada día me digo que no volveré. Que mi vida un día fue otra. Era una vida en la que una tenía un salario, jornada intensiva en una pastelería de barrio. Echo de menos llegar a casa satisfecha del deber cumplido, apenas sin pensamientos, dispuesta a acostarme al lado del que fue mi marido, Héctor. Antes de que llegara a mi vida yo era Francisco, el repartidor de periódicos. Solía salir a correr de doce a dos de la madrugada. Éramos aproximadamente cinco hermanos. Eso que llaman la gente no existe y, por otro lado, siempre he tendido a sobrevalorar mi infancia.

No me diga que ha vuelto a fumar. ¿Sabe lo que le está haciendo a su salud? La verdad es que nunca lo he sabido. Por un instante me permito dejar el bolígrafo y el cuaderno y abrir el bolso en busca de mi monedero. Lo abro y hago como que cuento lo que hay. Mis padres eran personas diligentes, me es raro haber nacido bajo el nombre de Úrsula. Mi partida de nacimiento desapareció hace mucho tiempo. Ni siquiera supe si fue algo que existió incluso, si figura en algún sitio. Es sólo una cosa de la que oí hablar, hace ya mucho tiempo. ¿De veras el Depor ha empatado? Sé que cuando llegaré a casa arrancaré esta hoja para tirarla a la basura. Pido otro café, en taza, con una nubecita de leche. Cucharada y medio de azúcar. En qué nos convertimos cuando ni siquiera ejercemos nuestro derecho al voto. Es un anciano con mucho mal vino, don Ernesto. Me pregunto si dormirá resguardado del frío. Si alguna vez tuvo descendencia. Si encontrase respuesta a esas cosas esto que asimilo como mi vida no cambiaría en absoluto. Seguiría viniendo a beber café con leche, observar, tomar notas sobre esas cosas que veo y pienso.

Afuera hace un día de perros. Hice bien en traer el paraguas.

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