Las ocurrencias (A AFP)

En algún momento de la mañana debía haber amanecido. Noté una especie de dolor en el cogote. Nada importante. Decidí reclinarme. Me puse las zapatillas y me dije que una aspirina podía ser una buena idea en un momento así. Acudí a ella tras entrar en el servicio a orinar. Apenas quedaba una aspirina. En la nevera no había leche, así que calenté un poco de café y lo mezclé con la aspirina. La alarma del móvil comenzó a sonar. Procuré no agitarme. Poco después de haber engullido la aspirina me llevé la mano a la espalda. No deja de ser curioso que no me sorprendiese demasiado no encontrarla en su lugar. Me levanté como si no fuera cosa de urgencia y examiné mi teléfono móvil. 17 mensajes de un mismo número desconocido. “Hola Masa. He conseguido tu teléfono. Te sigo por el facebook. Me gustaría que me contases una de esas ocurrencias tuyas. No quiero que la compartas en tu muro. Quiero que sea solamente para mí. La persona que me ha facilitado tu número también me ha dado tu dirección. Como sé dónde vives, si decides no hacerlo, me presentaré en tu casa, tiraré la puerta, te buscaré y te madrearé muy fuerte con un látigo de espinas muy fuerte antes de asesinarte. No me gustan las bromas. Hablo muy en serio.” Dejé el teléfono cargando y fui hacia el espejo del cuarto de baño a calcular la situación de mi espalda. No, qué raro, no estaba. Nunca me había pasado. Se me ocurrió que era inútil buscar otro medicamento para solucionarlo ¿A quién o a qué recurrir? Pensé. Acto seguido sonó el teléfono. El número de la llamada era el mismo que el de los mensajes. Lo cogí y le dije al tipo que tenía un problema muy serio, que no estaba para tonterías o lo que fuera aquello a lo que él me asociaba.

– Masa ¿Me has tomado por gilipollas? He visto que has leído mis mensajes. Esperaba una respuesta. Solamente te pedí una de esas ocurrencias de las tuyas y has pasado, así que me he echado el abrigo y, dentro de poco, tiraré la puerta de tu casa, hijo de puta.

– Mira, enfermo, no sé quién eres… No estoy para bromas ¿Quién eres?

– Toda la puta vida esperando este momento y me encuentro con esto. Ahora vas a ver quién soy, cabrón. En dos minutos estaré en el ascensor de tu bloque llamando al tercero. Yo no me ando con chiquitas, payaso. No soy uno más de esos chicos tan majos que te dicen que eres muy ocurrente. Yo quería mi ocurrencia. Como no la he tenido… Espera… Ábreme, estoy pulsando el botón del telefonillo. Si no lo haces tu sufrimiento será doble. Qué digo doble. Vas a sufrir como un perro antes de que tus últimas palabras sean la ocurrencia que te he pedido, so cerdo. ¡Abre!

– Bien, pero, verás, no tengo espalda.

– Muy tarde para las ocurrencias. Esto no abre. Pulsa otra vez. Vale. Subo. Llamaré al timbre y, si no, tiraré la puerta del 3º C.

Colgué. No tardó un minuto en aparecer un hombre bajito y con bigote en el rellano de la escalera. Iba armado con un látigo y, en la otra mano, cargaba un maletín.

– Coño, no tienes espalda, Masa.

– Te lo dije.

– Bien. Ya estoy aquí. Dime ocurrencias o empiezo a malear el resto de tu cuerpo.

– Vale. ¿Quieres un café? No tengo leche.

– No me gusta esa ocurrencia. Es muy normal. Si llamaste mi atención era debido a tu exagerada imaginación. Vamos, empieza o te mato.

– ¿Puedo terminar mi café mientras pienso en algo, querido desconocido?

Acto seguido, el hombrecillo extrajo de su chaquetilla un arma de fuego. Me dijo que conocía cómo funcionaba cada neurona de mi puto cerebro. Repitió en tres ocasiones que le diera lo que quería o que iba a pagar el hecho de que, desde que nació, su vida hubiese tendido hacia la desgracia. Me pidió que le contara un cuento.

– No quiero ocurrencias ya. Tu mejor cuento, aquí, en directo. Para mí. Y no te permitiré que te plagies a ti mismo, he leído toda tu obra.

– Perdón ¿Y si bajase el arma? Quizá eso ayudaría a que pudiera concentrarme.

– Una mierda. A mí me gusta pedir las cosas tal y como me encuentro en el momento. Toma, latigazo en la pierna ¿Duele? ¿A que no te gusta, hijo de puta? Empieza o disparo.

– Una vez, una persona llamó al teléfono de una persona sin espalda y…

– ¿Te estás quedando conmigo, hijo de puta? No quiero que hagas una exposición de los hechos. Quiero una puta ocurrencia tras otra que conformen un cuento, bastardo.

– ¿Podría usted bajar las armas? Estoy intentando hacer lo que puedo.

– ¿Han llamado al timbre?

– ¿Abro?

– ¡Abre, hijoputa! ¡Abre! Pero deshazte pronto de quien quiera que sea o después de asesinaros a ambos, me cargo a tu familia.

Fue entonces cuando abrí la puerta. Se trataba de Dora, la vecina del 5º A. Me sorprendió verla. Siempre había profesado admiración hacia su belleza y, de repente, estaba ahí, en la alfombra de la puerta de mi casa.

– Hola, Masa. Te sigo ¿Sabes? En Facebook me llamo Sonrisa_cielo 12. Me sorprendió que aceptases mi amistad y… ¿Y tu espalda?

– Lo siento… has de irte. He amanecido sin espalda. El médico me ha dicho que debo descansar y…

– Hay un hombre en tu casa.

– Es mi padre. Es que…

– Te admiro.

– Debo dejarte, querida Dora. Si pudiéramos, en otro momento…

– ¿Me estás echando?

– No, es sólo que…

Entonces Dora sacó una navaja y me la puso en el cuello.

– Lamento que esté tu padre aquí y que tenga que ver esto. Quiero que me cuentes una de tus ocurrencias. Me pones y admito que me vuelvo loca cuando te leo. Ahora quiero una ocurrencia sólo para mí. ¿Por qué tu padre sujeta una pistola?

El hombrecillo nos apuntaba con su arma de fuego. Noté que se le escapaba una lagrimilla del ojo izquierdo.

– No soy su padre, Dora ¿Es tu verdadero nombre? Verás… Yo en Facebook me llamo Asesino_321. No te tengo y… Yo vine a que este cerdo me contara un chiste o algo y… no esperaba una interpretación tan… mi vida es una mierda y… ¿Sabéis? Hacéis muy buena pareja.

De repente, Dora bajó su arma. Dijo que estaba ante una historia curiosa. Luego ambos me miraron y gritaron al unísono: ¡Cuéntanosla, hijo de puta!

– Yo… me duele mucho la espalda ¿Saben?… Sí, la que no tengo.

Una carcajada salió de ambas bocas. Ambos me felicitaron y desearon nuevos éxitos. No podía dar crédito ¿A qué tipo de éxitos se referían? Se fueron. Cerré la puerta. Terminé el café. Seguía sin notar mi espalda. Tras fregar mi vaso puse un estado en Facebook en el que se leía: “Por favor, no tengo espalda. He amanecido sin ella ¿Alguien a quien le haya pasado algo parecido y pueda sugerirme ayuda? Muy buenos días. Es hoy un lunes rarísimo”. Las carcajadas, bajo mi estado, no tardaron en aparecer. Acto seguido, bloqueé de mi lista de conocidos a Sonrisa_cielo 12 y a Asesino_321. Sí, en efecto, se trataba de un día de lo más extraño.

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Ilustración: Enrique Porta

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