La úlcera

Desde que tomaba omeprazol para cosa de una úlcera oía, en el interior de mi cerebro, al presidente del gobierno de España dar discursos.
Cuando terminaba uno, la voz de una señorita informaba de los resultados inmejorables que ofrecía el dentífrico tal o la calidad audiovisual de las televisiones de nueva generación tal. Después, el presidente del gobierno de España volvía a tomar la palabra y hablaba de lo necesario para España que era proteger a los pobres chuchos, así como salir a las nueve de la mañana a escuchar el canto de los mirlos.
A mí me preocupaba. Yo no podía dormir. Me notaba, incluso, que estaba envejeciendo de un día para otro.
Para conservar una cara que se pareciese a la del día anterior cada mañana tenía que recoger trozos de piel que se me caían y cosérmelos enfrente del espejo con el cuidado de no hacerme sangre mientras el señor presidente decía que el deporte era algo que todo el mundo debería hacer. Yo no tenía nada que ver con el presidente del gobierno ni con España ni con los anuncios o, al menos, debería, en todo caso, averiguar si sí tenía que ver. Cuando fui a ver a mi médica me dijo que no se atrevía a darme otra cosa para la úlcera de estómago. Noté que me miraba raro y le dije que se me caía la piel. Le enseñé mi mano, que estaba llena de lunares. Cogió entonces un bolígrafo y anotó cosas mientras me decía que debería subir la dosis a tres al día. Metió el papel en un sobre y me lo dio. Dijo que, en la farmacia, preguntase por una crema y me la diese a lo largo del cuello.
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El presidente de España hablaba de lo importante que era el aseo. España era un país privilegiado donde el 73% de la gente podía ser considerada aseada y añadió que estaba leyendo los datos de un informe estadístico hecho por especialistas del sector público de transportes. Luego salió la voz de la señorita. Decía que los jarrones de porcelana Charito se podían conseguir a mitad de precio durante la semana fantástica. Cuando llegué a casa abrí el sobre y leí el papelito. Ponía que no podía decírmelo en la consulta porque estaba vigilada por micrófonos y cámaras, pero que me amaba y que quería verme a solas en un lugar público. Al lado de su nombre, típico de doctora, había dibujado un corazón y subrayado Bar La Castaña a las 18:00.
Me tomé un omeprazol y comí verdura mientras el presidente de España decía que jamás España había sido un lugar tan idílico, que estaba pensando seriamente en la construcción de parques temáticos en Londres y La Haya con el nombre España y en el que se viera lo mejor de nuestra cultura. Su idea era llevar a algunos futbolistas a cada sede para que los visitantes pudieran fotografiarse con ellos al lado de una réplica a escala del acueducto de Segovia.

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Acudí a mi cita a menos cuarto. Pedí zumo de tomate marca El Machote. El camarero dijo: buena elección, señor.
Miré a los lados. El bar estaba lleno de niños sentados mirándose los unos a los otros.
Me tomé el zumo y continué esperando hasta que la doctora vino. Me dijo, cuando consiguió reunir la respiración suficiente, que la disculpara si llegaba tarde. Miré mi reloj y, en el mismo momento en que vi las seis en punto, la voz de la señorita de los anuncios dijo: Son las seis, las cinco en Canarias. Están escuchando al presidente del gobierno de España.
Dije a la doctora que había sido yo quien se había adelantado. Le pregunté si quería un refresco. La pobre no podía hablar. Sin duda se había dado una buena carrera, así que esperé a que se repusiese.

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Cuando por fin pudo me dijo que perdonara lo sucedido, que jamás le había pasado, pero que me quería.

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La ilustración que acompaña este relato de amor español es de Javier Reta 

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