La nevera

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El pueblo donde convivo está lleno de gente ridícula. Hubo un tiempo en que yo bebía whisky en vaso ancho con el nuevo alcalde en un bar definitivamente ridículo. Las paredes de ese bar estaban llenas de fotografías de grandes actrices de los años cincuenta. Tenía dos opciones, seguir las ridiculeces prestadas por la gente que acompañaba al ridículo alcalde y a mí o inventarme una ridiculez propia. Me hice con una abyecta, algo eremita, de andar por casa. Mamá me trata bien y, en la actualidad, todos mis amigos son esquizofrénicos. Debido a su entusiasmo cuando vienen a tocarme me es dado pensar la facilidad con la que podría causarles daño, pero no paso de escucharles y, a veces, me animo a contarles historias ridículas que, en ocasiones, son de su interés. Ellos son educados y les interesa que les hable de lo ridículo que es el alcalde de nuestro pueblo. Les llegué a contar la vez en que me vomitó encima. Fue especialmente desagradable. Ellos ríen y me piden más de comer. Yo saco lo que haya en la nevera. A Rodolfo le gusta mucho el queso y a David el chorizo. No pasa nada, hay para todos. A veces les tengo que advertir que no me dejen sordos con sus besos. Santiago nunca quiere nada de comer, pero está bebiendo agua a todas horas, con un poquito de hielo y en pajita. Sé que, tras dos horas, tendrán que volver al centro. Esta mañana, Ainara ha cogido un rotulador de mi mesilla y lo ha guardado en su bolsillo izquierdo, pero he hecho como que no me daba cuenta. Se esfuerza tanto en no ser ridícula, la pobre, y, por otro lado, ese rotulador le puede hacer bien acompañado de un folio. La creatividad está a la orden del día entre los esquizofrénicos que vienen a verme, a mí, que abandoné su esquizofrenia con el fin de elaborar una propia, una esquizofrenia personal alejada de las ridiculeces de las que a veces se hacen dueños estos pobres muchachos. Algún día les mostraré el bar, se lo he prometido, pero deberemos huir de la vista del alcalde. Es un hombre joven a quien le gustaría verme en una situación de necesidad. Está empeñado en imponer su ridiculez a la mía y eso es algo a lo que estoy expuesto en las ocasiones en que salgo a dar una vuelta por el pueblo alejado, cómo no, del bar cuyas actrices de los cincuenta observan desde la pared vomitonas tan ridículas como la del Sr. Alcalde. Si bien, mi ridiculez, en aquella ocasión, consistió en regresar a casa a cambiarme de ropa y la suya en ir a más, en convertirse en una ridiculez legítima. Los esquizofrénicos de Brunete, como digo, no son mala gente, pero dependen de que mi casa esté abierta para ellos. Yo, en los días en que no consiguen el permiso para salir del centro, aprieto mi soledad con los brazos y me llegan a sudar las manos de la ansiedad. También mi esquizofrenia depende de su conversación. He asistido a los ridículos más espantosos de mi gente y necesito depositarlos en ellos. Lo único que llevo fuera de las órdenes de los días es mi propia ridiculez que, solventada en el interés de estas pobres almas, se retrata cuando logro recordar, mostrando su cara más agria en un espejo lleno de vaho. Si bien, esto no les choca a los esquizofrénicos que vienen de visita a casa. A fin de cuentas, la nevera un día será mía. Y eso es algo contra lo que nada puede hacer de momento el Sr. Alcalde.

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