La iglesia de los desamparados

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“¿No ha ido nunca aquí a la iglesia de los desamparados -preguntó de pronto-, donde está la Virgen de los que no tienen a nadie?
M. Laruelle negó con la cabeza”. (Bajo el volcán, Malcolm Lowry)

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Aún no entraba ninguna brizna de azul por la ventana. Miré la hora. Eran las seis y me veía poco capaz para apagar el pitido del despertador. Finalmente lo hice, no sé si después de tres minutos o de diez. Coloqué mis pies en las zapatillas de suela de goma y caminé hacia la cocina cuando recordé que debía asistir en ayunas a la extracción de sangre. Visité el baño y lavé mi cara sin siquiera mirarme. Ya en la ducha reparé en que sólo quedaba media ración de champú, así como de gel, para la consecución de una obra decente tras ocho días sin deshacerme un minuto del pijama. Tras secarme me vestí con unos pantalones vaqueros y camisa de leñador y jersey de lana verde. La muda la eché a la lavadora, al igual que el pijama. No sé por qué me miré al espejo, pero finalicé haciéndolo. Me cuesta desde el accidente en que perdí un importante trozo de la nariz. Pensé en la posibilidad de echarme el gorro, pero la rechacé. Cogí móvil, monedero y abono transporte y me metí en mi plumas blanquinegro. En el camino hacia el metro vi pasar algunos que otros coches con las luces cortas encendidas. El mendigo que duerme en la esquina que he de girar para llegar al autobús roncaba más alto que su perro y sobre él yacía un brick de vino blanco. En el metro vi mi reflejo en el cristal de enfrente. Era inevitable que me encontrase, de vez en cuando, con mi cara sin querer. Uno desea verse como era y a cambio, aparte la visión de una especie de monstruo, piensa cosas más o menos banales como en qué habría cambiado el amanecer de haberse afeitado. Durante el camino que daba al primer transbordo anduve rápido, contagiado por la prisa de un estudiante que caminaba enfrente de mí. Al salir de la boca final vi el día. Vi el despertar de Madrid. Llovía ligeramente. Dudé sobre la dirección del hospital en una de las aceras, pero hice un ejercicio de memoria, aparte de lógica, y regresé a avanzar con paso seguro. En la sala de espera, una niña de unos seis años acompañada de su madre me miraba la cara. Procuré sonreírle, pero, a pesar de intentarlo, no lo logré. Tras reparar en la curiosidad de la niña su madre la atrajo hacia así y, por mucho que lo que le decía no tenía manera de llegar a mis oídos, supe que se trataba de que le compraría un cuento o algo por el estilo a la salida si se portaba bien y era valiente. Solamente hube de esperar veintiséis minutos. La enfermera me dio los buenos días e hice lo propio. Después me senté y, tras echar un vistazo a mis brazos, me dijo que, si no me importaba, prefería pincharme en el puño. Sí, respondí, he engordado últimamente. Sin que fuese necesario (ninguna justificación lo es) replicó lo difícil que le era encontrarme la vena. Parece que se ha levantado frío. Sí, es invierno. ¿No duele, no? Estoy acostumbrado. En todo momento evitaba mirarme la cara mientras yo la figuraba reflejada en sus pupilas. Tras sacar la aguja dijo que ya estaba y me permití la impertinencia de preguntarle si estaba casada. Para mi sorpresa sonrió. Me dijo: Divorciada. Le respondí que yo no, que yo ni casado ni divorciado. Sonreímos por un momento. Quiero sugerir con esto que logré responder a su sonrisa. Al regresar al metro ya se me había olvidado su cara. En mi misma calle hay una churrería y me permití adquirir un par de porras y un chocolate caliente. Los tomé ya en casa. Pensé en lo grato que me era no coincidir con ningún vecino o vecina en el portal, ascensor o rellano. Se trataba de un desayuno más que agradecido. Mientras lo tomaba hundí mi espalda en el almohadón del sofá y me dije que había logrado hacer el día. Al acabar mi festín tiré la taza de plástico que contenía el chocolate y la bolsa de churros a la basura. Observé mi fregadero. Cinco platos uno encima de otro y tres vasos idénticos. Luego entré en mi habitación, me desnudé y arropé fuertemente con dos mantas. Poco después cerré los párpados, en un principio fuertemente. Poco a poco me fui relajando hasta caer dormido. Era consciente de que tenía sobras de lentejas en la nevera para cuando me levantara.

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