La casa en lo alto de la montaña

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De la pared de esa casa caían pequeñas gotas de resina. El universo parecía concentrado en ellas. Podía pasar miles de momentos viendo una y otra deslizarse hasta llegar al suelo donde se acumulaban sin que yo hiciera otra cosa que dejar todo como estaba. El olor a cuerpo era fuerte. Había como una sensación allí de constante venida al útero materno. Procuraba, no obstante, no alimentarme de mi propio excremento. Había sido invitado a la casa de la montaña por una pareja de fotógrafos que no estaba cuando llegué. La casa era grande y apenas sin amueblar. Por allí sólo pasaba una cría que gustaba desnudarse al llegar para que yo la viera. Solía insinuarse, pero que yo aceptase su invitación era poco original, así que procuré no rebajarme a leves instintos que, a lo mucho, podían separarme de ese mundo de humedad que encontraba en cada hueco de la casa. Poco después de aparecer y ser rechazada la cría se iba. No puedo saber dónde. Ni siquiera llegamos a intercambiar palabra alguna. Cerca de la fogata había una sartén y otros utensilios de cocina, pero ¿Quién tenía hambre? También encontré por el suelo un martillo y un buril. Objetos que no captaban en absoluto mi atención. En la tercera visita de la cría sí intenté comunicarme con ella pero, nada más intentarlo, tuve la sensación de que era retrasada. Ni siquiera sabía si tenía o no que ver con la pareja de fotógrafos. Era demasiado mayor para ser su hija, suponía. Quizás de él, que tendría ya una edad. Rechacé la idea. Aparte, tampoco me importaba demasiado. Cuando se vistió le pregunté si fumaba. Sonreía y no decía nada. Encendí mi cigarro y ella se marchó. Miré por la ventana buscando una pista de hacia dónde se dirigía, pero su imagen me fue borrada por la neblina. Cuando volvía mi apetito más me daba cuenta de que habría de salir en busca de mi furgoneta, que había dejado aproximadamente a doscientos metros de allí. Todavía quedaban cervezas, cigarros y algún que otro sándwich. La casa, mientras, lloraba. Por las paredes caía la sustancia de la que estaban hechas atrayendo, a su vez, algún que otro insecto. Tomé por costumbre fotografiarlos con mi aparato móvil. Eran especies bastante raras, algunas tenían rayas de distintos colores y pelo, un probable apareamiento, me figuré, entre una araña y una cucaracha. De vez en cuando encendía la lumbre. Con esto me calentaba y de paso aceleraba el deterioro de las paredes de la casa. Afuera había demasiada ventisca. Al lado de la lumbre, numerosos antepasados se empeñaban en llamar mi atención. ¿Y mis anfitriones? Me preguntaba yo. Tan sólo había ido allí, a lo mucho, a pasar un par de noches tratando un viable proyecto que había hablado con la mujer. Ella era española, él escandinavo. La cría entra y sale a sus anchas, es lo que yo haría, quizás, si me tocase en fortuna vivir en un lugar así. En uno de los muebles di con un tarro de miel. Al principio no tenía intención de probar aquello. Encendí un cigarro y pensé que necesitaría para luego, pues quedaban tres. Además en la furgoneta había cervezas y sándwiches. No me lo pensé dos veces y procuré hacerme a la idea de dónde había dejado ese chisme con ruedas y provisiones. Giré sobre mí mismo unas cuantas veces. Me costó dar con la furgo aproximadamente lo esperado. Además en mi camino vi una casa en la que se apreciaban luces encendidas. Manejé la posibilidad de que la lasciva cría medio lela vivía allí con su familia. Volver con mis provisiones resultó más fácil. Nada más dar con la ladera conocida todo era recto hasta los bordillos de la casa sobre la que, desde 40 metros, podía apreciarse la chimenea. La neblina era algo malo que, sin embargo, producía la sensación de haber pertenecido siempre a ese paso que te encontrabas dando en el momento adecuado. Abrí una lata de cerveza. Se conservaba fría. Acto seguido alimenté la fogata con un par de troncos de árboles, que en la parte de abajo de la casa se encontraban desperdigados en una especie de destrozo. Figuré las vidas de los fotógrafos. Joder, estaba buena la cerveza. Encendí otro pitillo. Vi un insecto acercarse al fuego. Por un momento pensé que quería suicidarse. Terminó haciéndolo y no hubo extrañeza por mi parte. Se agradecía la estancia. Se agradecía que esa casa llorase. Por mí podía aparecer la pareja de fotógrafos o irse al cuerno. Había llegado allí para compartir con ellos, pero me sentía en la soledad que aquello me proporcionaba, como una conversación de inevitable coherencia conmigo mismo, y no me iba a marchar hasta que finalizase. Empezó a llover y lo hizo fuertemente. Entonces observé las goteras de la casa. A través de la ventana percibí el movimiento de una linterna. Era una mujer mayor, quería hablar conmigo. Me preguntó por Samanta. Contesté que era nuevo allí. Me dijo que era una niña que andaba de casa en casa, colándose… respondí que una chica había entrado varias veces en la casa durante mi estancia, pero que no había dicho palabra alguna. Me preguntó si se había desnudado. Dije que sí. Me dijo que siempre lo hacía, que era su manera de presentarse. Le dije que me había parecido raro al principio. Me dijo que si volvía a verla le dijera que la señora Nemesia la andaba buscando. Dije que de acuerdo y volví a mi trabajo, que no sé cuál es. La idea de fotografiar a los bichos se me había olvidado. Sólo quería oler. Oler y callar, mirar de paso el fuego si acaso y bendecir la ausencia de mis anfitriones. Ya en una de las habitaciones di con un colchón. Decidí tumbarme. Esperar, quizás, otra visita. Incluso cerré los ojos durante una buena media hora en la que no me induje en sueño alguno. Poco después, oí voces afuera, de nuevo. Era otra vez la vieja. Bajé las escaleras con cuidado de no darme un golpe en la cabeza. Le dije que no había visto a la niña. Me dijo que algo horrible había ocurrido. Al parecer Samanta había tenido un accidente y habían encontrado su cuerpo cerca de la casa donde vi luces tras regresar a mi furgoneta, según parecía señalar la anciana. Dije que poco podía hacer más que sentirlo. Aquella vieja miró mis ojos y me dijo que era igual que la gente que vivía en esta casa antes. Me dijo que era una persona sin corazón. Que se estaba perdiendo lo bueno de la gente. La miré. Le dije que era probable, que lamentaba lo de la niña, que sólo había ido allí a reunirme con los habitantes de la casa y que no estaban al llegar yo. Me dijo que los conocía, que se habían ido a la capital a solucionar problemas financieros. Me preguntó si tenía coche. Dije que sí, que me iría cuanto antes. Me pidió por favor si pudiera trasladar el cuerpo de la niña. Pregunté que a dónde. A lo que ella me respondió: Donde no lo veamos. Nadie. Nunca más.

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Imagen: Vincent Van Gogh

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