“Papá Hemingway”

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De chaval lo intenté con Hemingway. No sé en qué puta revista había leído que molaba mogollón y no sé qué hacía en casa de la abuela una edición con tres obras suyas. Un sábado fui al cole a ver jugar a los niños y uno de ellos, de aproximadamente 14 años, llevaba una camiseta con la cara de Hemingway en la que se leía “Papá Hemingway”. Tras leerme aquel tomo durante mis viajes en autobús me encontré a Hemingway tomando Patxarán en un bar. Estaba solo. Yo no podía estar seguro de si los demás no le habían reconocido o habían pasado de él, pero no quise perder mi oportunidad de hablar con Hemingway. ¿Es usted Hemingway? A veces sí y a veces no, dijo, y luego me preguntó si yo era Hemingway y se empezó a reír. Me dijo que me invitaba a un patxarán. Ni idea de por qué le dio por ahí. Al principio yo no quería decirle nada que le molestara. Empezó a hablar de elefantes ¿Has ido de caza de elefantes, chaval? Al principio no quería tomarme más que un patxarán, como mucho, dos, pero una mezcla de bloqueo y curiosidad me impedía irme sin más y, como no podía soportar a Hemingway, seguí bebiendo hasta desinhibirme inevitablemente al séptimo chupito. Hemingway me dijo que no era un hombre en cuanto notó que se me cerraban los ojos y empezaba a pronunciar raro. Yo me daba cuenta, pero no podía evitarlo. Me esforzaba mucho en que no se me trabase la lengua y no lo conseguía, y Hemingway me había calado el muy cabrón. Él dijo que llevaba dos botellas. Dijo que la bebida era la mejor y la peor mierda que hay, y que si no sabes beber no debes beber. Me animé a hablarle de su obra. Tus libros no parecen los de un borracho, le dije. Le confesé que me interesaba saber si escribía bebido o no. Él dijo que no se acordaba. Le pregunté por Max Perkins. Cómo estaba el bueno de Max. A mí me gustaría mucho un día trabajar como ayudante de Max, me expliqué. No respondió. Le dije que sólo se me ocurría una manera de denominar los tres libros suyos que había leído y que esa manera era “aburridos” o “pesaos”. No le gustó y decir eso me cerró puertas de cara a la posibilidad de conocer un día a Max Perkins. Eso fue lo peor de todo. No me importaba que me pegase ni nada (notaba tan fuerte a ese hombre). Hubiera sido casi un favor que me hacía. Pero no lo hizo. Se acodó sobre la barra y estuvo un momento callado. Continuó callado mientras se atizó un nuevo chispazo. Le pedí perdón. Le dije que no me tomara en serio. Entonces él dijo: Vete. Y yo me fui y no volví a encontrármelo jamás. Por una parte respiré aliviado. Aún no me explico la causa por la cual unos años después me dio por llorar cuando leí en el periódico la noticia de que había fallecido. Lo que menos importancia tuvo para mí en ese momento fue leer que hubiera sido a mano propia.

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