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No podréis creer lo que me pasó subido al avión que me correspondía de vuelta de Mallorca a Madrid. Apenas noté en el embarque que una especie de niño levantaba la mirada sobre mí de vez en cuando. Fue ya dentro cuando me abordó. Me dijo que me seguía en Facebook e hizo un guiño a la posibilidad, que él intuía bastante concluyente, de haber encontrado el amor. Yo -se presentó- soy una especie de experimento. Mi creador, del que dijo era un aturdido de la robótica, me hizo para ser observador de vidas anónimas como la tuya. Le pregunté si nos teníamos. Procuraba ser amable, por mucho que lo que más quisiese era que me dejaran en paz. Me advirtió lo vacío que estaba el avión e hizo lo posible por sentarse a mi lado. En un principio le dije que de acuerdo, que llegaríamos al final del asunto lo antes posible. Luego se quitó la máscara y dijo ser influencer, pero yo seguía sin reconocerlo. Joder, dijo, si hemos hablado por el privado. Añadió que le produjo arcadas la primera vez que detectó en mí rasgos genialoides. Le dije que ya, que, por favor, regresase a su asiento. Parecía decepcionado mientras retomaba su paso por el pasillo. Aún a día de hoy sé que eso sólo ha sido mi sueño de hoy. Ya en Barajas lo recuerdo gritándome mientras me alejaba hacia el metro: Me verás aquí y allá, pues pertenezco a tu vida. Y no, no es que no lo vea. Lo veo. Aquí está. Es un resumen de todos mis contactos, también los desaparecidos. Intento huir, pero está en todas partes bajo sospechosas máscaras que, querido amigo, te señalan a ti.

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