Ennui (07/X/08).

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Los viejos que no son de mi edad siempre me han servido para encontrarme en ellos a la hora de coincidir en un café o figurar en nuestras clases de gramática.
Nada más llegar, como hacen, en manada, adopto su postura e inicio el camino hacia las sillas que ellos seguirán antes que yo.

Después de ello, el desencuentro pudiera ser, tan solamente, falta de atino por descuido, en la mayoría de casos, de mi consideración hacia el viejo que soy y los acompaña.
Ellos, con su cara plegada de palmas de mano, acuden a mi inclinado deshaciendo el azúcar que se convulsiona ya en la taza y mezcla, como nosotros, cuando empiezo a dar tiento al café con un sorbo que hace el ruido de un gato miedoso y sin pelaje, recogido en unos pliegues que acierta al encoger sus patas, haciendo con su posición mímesis nuestra, viejos de cafetería cuyos dedos son simples churros sacados de la máquina al azar para acompañar la merendola y acto, que no existe en el melondro prehecho de hazañas imaginadas durante infancia y juventudes (está bien el plural, se viven varias -acuerda el anciano señalando con su vara el pizarrón-).

En el curso de gramática los veo, al igual que sentados en las cafeterías del barrio, comportarse como una prórroga de un yo culminado ante la puerta, leer sus chismerías desde los pupitres mientras tosen pedacitos de pulmón, cachos de nuez, etc… y deshacen papeles de caramelos mentolados eucalipto hasta volver a atragantarse entre su cuerpo y su voz.
Cuando se mantienen en silencio, puedo oír crepitar los filamentos que sujetan esas caras que en singular respondieron a la identidad de alguien. Puedo oír también, sin demasiado oficio de concentración, su lengua entrometiéndose en los falsos premolares buscando, seguramente, trozos de pollo de la sopa de fideos tomada antes de la tarde en la misma cafetería en la que desayunaron solos, haciendo corro alrededor de una barra idéntica.

Más allá de eso no puedo decir demasiado.
De mis trabajos, el más valioso consiste en recoger lo que se les cae durante la clase de gramática en la que ejerzo, como ellos, de aprendiz, y llevar los cachos a la cafetería, donde mis compañeros se reúnen para desperezarse, antes que cierre.

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