El vino del hombre depresivo

Una de las costumbres que, con el tiempo, he aprendido a asimilar (llevamos seis meses y medio de convivencia) es a encontrarme, cuando llego de mi trabajo en la pensión, entre las once y las doce de la noche, a mi compañero de piso hablando por teléfono. En ocasiones, la mayoría de las veces, permanece escuchando, en un principio no sabía si el sonido de una llamada interrumpida hace tiempo o, sencillamente, no producida. Me costó una semana averiguar que solía hablar con su ex, una mujer depresiva de 54 años, aunque no hablaba, escuchaba. Aprendió a usarme como excusa para colgar. Decía que su compañero había llegado y, por mucho que él acostumbrara a comer coliflor cada noche dos horas antes, decía que era el momento de cenar y ayudarme con mi trabajo de aprendiz universitario. Había inventado esa excusa para mí. En un principio le pregunté por qué. No te lo tomes a mal -me dijo aquella primera vez- le he contado que tienes 25 años. No quería que pensase que me rodeo de gente depresiva mayor que ella y que yo. Me invitó a un vino. Desde entonces a menudo compartimos uno.

  • En mi vida se me ocurrirá regresar con esa mujer, viablemente neurótica, como te habrás imaginado. No he aprendido a cortarle al teléfono. Fue una idea brillante usarte como excusa. Siempre estoy deseando oír tus llaves en la puerta.

Raúl, ese era su nombre de pila, como digo, solía decirme que la marca de hoy me gustaría. En un inicio yo me consideraba casi alérgico al vino y, la verdad, a todo tipo de licores. Era algo debido a mi educación casi exclusivamente. Gracias a él aprendí a acostarme ebrio y valorar las virtudes que traía una buena copa de vino, aparte a apreciar distintas marcas.

  • Esta de hoy me ha costado doce pavos. La has probado otras veces. Esos cabrones del hiper han subido su precio veinte céntimos. Es genial. Entra bien, aunque al día siguiente uno se levanta igual, hecho a veces mierda. Has hecho bien en aceptar como mucho tres copas. El vino siempre es traicionero. Por eso le cogí su gusto. Antes era más de licores más fuertes. En realidad, todo alcohol es traicionero. Y, la verdad, viene regular a la depresión. El antidepresivo adecuado… ¿Me estás escuchando, Rafael? El antidepresivo adecuado fabrica el pedo adecuado. Déjalo. No me estás escuchando. Ve a por tu copa si es que quieres una. Está donde siempre. O eso me figuro si no la has cambiado de sitio.

Por descontado era un tipo que hablaba más de la cuenta. En realidad no sabía nunca el tiempo que había empleado en escuchar a su ex-mujer. Nos teníamos como colegas. Apenas contábamos catorce años mentales entre ambos, eso sin contar que la primera copa me convertía en un bebé de apenas el tiempo que llevaba compartido con él en esa vivienda.

  • Siempre me dice lo mismo. Está neurótica perdida. Y pensar que supuso un desencanto para mí su aborto con diecinueve. Podrás suponer que me alegro mucho de no haber tenido esa niña. Sí, ya por aquel entonces… acabábamos de saber que iba a ser una niña. Incluso aporté el nombre de Bárbara. La decisión, efectivamente, fue de la paranoica y el psicótico, esto es, de los padres de mi ex, esa mujer oscura y depresiva con quien hablo cada día por caridad. Quita la mano si quieres vino, ostias, Rafa ¿O no querrás que te lo eche encima? Este es seco. Mejor ¿Sabes? Hoy ha sido un día nublado. Seco para los días nublados y ¡qué coño! también seco para los días de sol. Entra mejor… Así, un buen chorro.

A veces le preguntaba que a qué día estábamos. Él trabajaba como diseñador de un programa informático. No debía estar mal remunerado. Seguramente algo más que los servicios que yo cobraba por atender al público durante doce horas en la pensión familiar. Sólo salía para comprar vino y tabaco. Siempre lo pillaba al teléfono. Siempre su ex. Siempre, a partir de la segunda semana, yo era para su ex un estudiante novato a quien se le daban más o menos bien los números. Enseguida me cogió cariño. Tendría sólo dos años más que yo, pero aquel hombre era infinitamente mayor que yo. Raúl llenó mi copa. Me preguntó qué tal había sido mi día. Le dije que, poco, más o menos todos mis días eran el mismo. ¿Un sábado? ¿Un martes? Un martes. La mitad de un martes y un miércoles entero. Contando la noche de un lunes. Los mejores momentos los pasaba a su lado. Raúl era un hombre extraño, pero era mi amigo. De hecho lo es. Y me da vino.

  • A veces no soporto lo puta maniática que es esa zorra. Me ahorro, debido a cómo es su puta familia, pasarle una pensión. Esos locos podrían haberme jodido de veras y yo tendría que trabajar en el diseño de tres programas informáticos en lugar de uno cada tres o cuatro meses. Me alegro de su jodido orgullo. De verdad, sí, los odio, pero me alegro. Me alegro infinitamente, joder ¿Está bueno el vino? Este es de Rueda. Es más seco aún que el que compartimos ayer.

La noche se cernía sobre la palma de mi mano, donde no llegaba la luz del flexo. Mi sombra era casi del color del vino. Era agradable beber en compañía.

  • Déjame decite, Rafa, que hoy no traes cara de mucho ni de poco. Hoy no traes cara de nada. He pasado por días así, créeme. Mi mujer, debido a la mierda que su psiquiatra le hace tomar se ha quedado con esa cara, pero no te preocupes. La suya es esa, sólo que desfigurada. Sus ojos parecen un pozo hondo. No reflejan nada. Cuando habla conmigo me cuenta cosas de la niñez. Pronto todo eso que constituye su vida se perderá, porque pronto todo eso que constituye su pasado será borrado. Ya ves, huellas que desaparecen. Le están haciendo mierda la mente. También el estómago, pero, sobre todo, la mente. Ya sabes que hablo con ella por mi bien. Estar ahí. Sólo eso. Afortunadamente llegas y el mismo vino que me encuentro bebiendo cobra un ápice de sabor. En cuanto te vayas a acostar abro un brick de leche y me hago una tostada.

Terminé mi copa y se me ocurrió preguntarle si no le importaba que instalásemos a medias un televisor. Conocía uno de segunda mano por el mismo precio que había costado esa botella de vino. Tal vez un poco más. No dijo nada. Miró la pared de enfrente. El reloj señalaba las once y treinta y cinco. Le dije que lo pensara. Le dije que el vino había sido un acierto. Dijo que sí, que cómo no.

.

Fotografía: Javier Reta

Comments are closed.