El último perro

Ya no dejo huellas en la nieve. Nada sé del peso del cadáver y aun así lo arrastro, sin más, con la rotundidad con que inicia una ola su proceso.
Porque yo hice para el mundo los goznes de las puertas que se me han cerrado.
Hoy estoy en la habitación del castillo de mis ancestros, de los que nada sé. Siquiera si ciertamente existieron. Y desordeno la sustancia de una mandarina que me comeré yo solo.
Afuera hace ya el frío que vendrá a verme. El porvenir se adelanta acá, se zanja con su noticia.
He perdido las luchas porque las he creado e intuido las propias en lo ajeno, a cambio del apego hacia mi nombre. He probado sus razones -las del nombre-, sin embargo, y llegado a saber que no se estiran hasta abarcar ni una mesa ni los retratos de los familiares desaparecidos que acá pueblan todas las paredes menos una.

No he hecho tiempo de volver a lo negado ni batido a unicornio que no sepa de lo sutil de su filo. No hice demencia ni tampoco supe dotarla de semilla.
Arrastré al muerto hacia acá y lamí la mano del cadáver que hasta hace poco era mi dueño. Luego me moví hacia el plato y no esperé ninguna orden.

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