El reloj (31/12/08)

En Valseca, los aldeanos vemos la hora en los ojos de los gorrinos que mueren asfixiados en la placenta de la madre y llegan al mundo sin haber abierto siquiera uno de ellos ni haber hecho respiro del aire de los animales.

Algunos habitantes pasean con un gorrinillo muerto (a los cuatro días es norma deshacerse de él) en brazos y, si algún forastero quiere saber la hora, el dueño del malogrado animal procede a abrir al guarro una de las dos pestañas con los dedos corazón e índice de cualquiera de las dos manos (aunque suele ser hábito usar la izquierda) y dice, con exactitud, la hora que es al caminante que, agradecido, inclina la cabeza ante el animal y, haciendo cálculo del hedor que sale de este, habrá de responder con proximidad las horas que, a su vez, el guarro debe de llevar muerto. Si el cálculo pasa el día, el forastero deberá pasar una mañana dando besos a su dueño en cualquiera de las frentes y ambos pies.

Es una costumbre que nuestros mozos y mozas siguen respetando en el pueblo y todo un honor llevar un gorrinín muerto en los brazos y decirle la hora a los forasteros. Gracias a esta costumbre, muchos de nuestros mayores han adquirido respeto en la provincia ganándose el apelativo de Maestros del horario y enseñando a los más jóvenes (también de los pueblos limítrofes) a interpretar la susodicha costumbre.

Nuestros Aprendices de relojeros le ponen empeño al asunto a sabiendas de que es un arte respetado, como pueda ser hallar la profundidad del agua con la ayuda de un hilo y una piedra.

Ayer mismo asistí a una de las clases, ofrecida por el anciano maestro Gracques. Relojero de altísimo renombre que ha llevado esta extraña ciencia más allá de nuestras estrechas fronteras recibiendo el título de Doctor en otra provincia.

Uno de los aprendices más jóvenes e inquietos, confundió un minuto en su apreciación de la hora correcta. El maestro Gracques le preguntó delante del resto del alumnado si era consciente de a qué se había debido su error. El joven dijo que la luz refractaba en el vacío del negro y que, probablemente, esto le había hecho perder la concentración. Pero el error, según dijo el maestro, se había debido a algo mucho más simple. El joven aprendiz había olvidado descontar los cuarenta y cinco segundos en que el iniciado animal había estado revolviéndose en la placenta de su madre, a la caza del dónde del error. Un error, por supuesto, desconocido -añadió el Doctor Gracques- también para los ingleses.

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