El reino (2006)

 Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza, tal su fruición y empeño que en el último embiste, acontecido ayer tarde, quedó su objeto clavado incluso atravesando la tráquea en el lugar donde, subestimando mi anatomía, creí se encontraba el cráneo. En parte, no ha lugar, envilecer del todo este coloquio y señalar que, aún habiendo mencionado el cráneo; no es casual que sea al paraguas parecido el fémur con el cual sostengo el tejemaneje de asuntos que me conforman y dado lugar a esos paseos, en los que uno iba en busca de coles para que coma el niño que suelo llevar agarrado al antebrazo, o llevaba en aquellas tardes en las cuales la única presunción alterativa a la que respondía mi rutina era la de un hombre que, sin embargo, existía e, incluso, me pegaba y, he de aclarar, no sin segunda intención, como pudiera ser robar información del niño sobre las costumbres de su lugar de origen, a diferencia de mi pobre ruina, vinculada a la labor de lo que canta el niño cuando come y yo anotar todo para un libro que estoy escribiendo sobre el mundo y los lugares como cines y supermercados. Me obliga a la vida y, en cierto sentido, la organiza. Quiero decir, el tipo que existe, me zumbaba sin mediar cualquier otro chisme que no estuviera ligado a su brazo derecho, el paraguas y mi cabeza. Durante el regreso a casa, he de decir, me sentí algo ridículo con ese hierro terminado en mango en mi alto. La gente me miraba extraño y he comprobado que siquiera un sombrero cónico y elástico, sirve para encubrir lo aparatoso de mi look.

 Pensé un día que quizás era cosa de la calle por donde iba o venía del mercado. También de lo probable que no fuera la más adecuada, y menos en un barrio de fascistas, para mostrar de la mano al niño, un niño color púrpura que sería incapaz de violentar siquiera un boleto de lotería.

  Podría asegurar que dormí bien, a pesar de los anteriores e infructuosos intentos de sacar de mi cabeza un paraguas que, por demás, chorreaba aún alguna lluvia venida de un mes donde se diese y no en pleno verano en esta zona, lo que interpreté de inicio ante el caballero que existe como una amenaza más cercana a una sombrilla voluptuosa que a un enlutado y señor paraguas y viejales. Conseguí dormir, como he dicho, acomodado de manera que el artefacto sobrante no hiciera roce con ninguna de las paredes y, hoy permanecí aquí, preparando café y un pan con aceite para el niño, para que dijera algo.  –¿No me notas nada raro, niño?-  Lo hago por el ánimo. -¿Recuerdas la peli de la espada en la piedra? Te llevé a verla el día que te dormiste ¿Recuerdas que soñaste con un elefante dentro del cine que no era yo?- Pero, al decir esto, siquiera pronunció palabra. Eso era un golpe bajo, sin duda, y le reté a comerme su pan con aceite antes que dijera una sola letra del abecedario, pero no respondió y yo comí hasta que ya no había nada más de comida en la casa excepto él y yo. Procedí entonces a desmontar una de sus cacharreras, para lo cuál tumbé en el único sofá de la casa haciendo yo uso de las banquetas.

 Procuré examinar información al respecto de mi ánimo con relación a sus posibles ocurrencias. El niño iba seguramente a animarme con una siguiente frase que hablaría sobre la posibilidad de un niño, un pequeño sir, de hacerse con el reino; e incluso aconsejarme que entregara mi currículum en la sección del tiempo de alguna cadena televisiva. E insistiría “eso haría bien a muchos labradores”. Convencido de que algo fallaba me permití cambiar, de la manera que sé, uno de sus procesadores de serotonina y trasladar dosis al mío, pero no me veía capaz de manejar la goma para hacer buen uso, así que, cauto, mantuve cerrada la cajonera. Luego escribí el debido informe de errores y dispuse enviar a la sociedad que me lo concedió en adopción. Llevada la queja a cabo, procedí entonar el núcleo de alimentación pero, ávidamente, comprendí que no había comida para saber de lo correcto de su funcionamiento. Además de las coles o aceite, es probable, el niño necesitara la ilusión de un nuevo colegio o algo por el estilo, pensé, pero naturalmente urgía que comiera algo y me daba miedo ofrecer a sus bracitos una de mis meninges no fuera que, una vez cogidas, me atizara. Tenía dinero para una col y salí, a pesar de la vergüenza que me daba ir por la calle con un paraguas incrustado en la cabeza.

 Al pasar por la calle, entonces, desde donde me acerco al mercado, topé con el hombre que existe y atizaba con el paraguas cada día. De surgir alguna duda sobre la existencia nombrada, le pregunté, a lo que respondió no ser nadie sin paraguas, sumada la pereza de comprarse uno y el cariño que confería a lo que atravesaba hoy mis sesos, ya ni era feliz ni nada; se lo tenía merecido. Disculpó, no obstante, su actitud durante los dos últimos meses y lo justificó diciendo estar enfadado, al no llover. Hasta hoy no supe que se trataba de un hombre con el que, aun poniendo cuidado, se podía conversar. Me animé a decirle si sabría qué hacer en un caso como el que me ocupaba después del accidente, subrayando la palabra accidente tantas veces que se me gastó la tiza y tendría que comprarme otra para enseñar al niño en la pizarra las matemáticas. Dijo ser fácil la solución al agravio que había montado. Y no le faltaba razón, comprendí en sus ojos. Sólo había que pulsar el botón que se encuentra en el envés del mango. Con su ayuda, lo conseguí; logré notar el proceso. Mi cuello entonces se expandió en un redondo de un diámetro considerable quedando la piel alargada y tersa, marcada por los pliegues del paraguas, ofreciéndome un toque de distinción.

 Me había convertido en un noble del siglo XVII. Entonces el hombre que existe desapareció; se fue a su corte, dejando que yo luciera mi dignidad a solas en el mercado. Compré la col. La señorita cajera estuvo por demás de amable y ayudó a meter en la bolsita mi col haciendo reverencias todo el rato hasta que le dije que parara, que no era cierto, que no era tan noble, que era sólo un paraguas. Entonces rió y fui contagiado por su humor hasta que se me pasó y, con el rictus ya serio y a sabiendas de que todo había sido una actuación que preparaba para algún teatro, di el buen día y marché a dar de comer al niño porque, dije con ironía, algunos tenemos que ocuparnos de mucho y encima dar juego a las frivolidades que se ven acá.

 El pobre estaba pálido sobre el sofá. Alguien había desmontado un poco su cacharrera, dejando, con muy mal gusto, a la vista su aparato digestivo. No era difícil que pasaran esas cosas, al vivir en un lugar lleno de descorazonados y fascistas. Le abrí la boca e inicié el rato haciendo el avión y luego a lo burro de desvivido para que el niño tragase, comiera un poco y se entonase, pero me cansé y dejé su cuerpo como estaba. Ante semejante indignación, propuse pulsar de nuevo el activador del paraguas. No necesitaba ayuda, al saber ya donde se ubicaba. En un principio cerró haciéndome parecer, según supusiera el niño, el capullo de una dalia. Luego hizo más fuerza.

 Tras la decapitación comprendí que, durante toda una vida, había subestimado en exceso mi cabeza.

 Mañana el niño se levantará del sofá, se colocará sus cuerditas en el cesto y jugará con ella, regateará por el pasillo y meterá goles en el marco de la puerta y la pizarra hasta que su juguete se desinfle y quede blando.

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