El pájaro (2006)

Amanecí, otra vez, sin haber puesto remedio a lo que cada día supone. En este lugar el sol sale durante todo el año y hace su recorrido a la velocidad que una ata el lazo de la bolsa de basura, para sacar, ya de noche, restos de fotografías, de posos de café, arenilla que recojo de la entrada o plumas que el pájaro ha mudado.

 

Un día viví en otro lugar; fui alguien. Era deportista y jugaba para un equipo. Me casé con un tipo al que amé de manera similar a como él decía hacerlo. Nos quisimos. Tuve una hija que se llamó como yo y como mi madre, y la dejé con él con la intención de poder llegar a este lugar y, una vez aquí, no saber ya nada de ellos.

 

Aquí siempre hace sol, salvo en la noche, cuando saco la basura y después duermo. Y hoy he amanecido como siempre he hecho, sin estar segura de si lo quería.

 

El pájaro se sostiene en una de las hojas de la media palmera. Cuando se ha dado el caso de haber cedido uno se va a otra y ese es todo su movimiento desde que llegué; observa cada mañana la manera en que doy sorbos a una taza de café. A veces en esas mañanas, reparo en que el suelo de la palmera se ha humedecido, es de cuando en las noches, él llora. Es normal, me digo, está tan solo. Por eso le puse Solo.

 

Hoy he amanecido y el sol se iba hacia arriba como siempre. He tomado café. Le he dicho a Solo que no llore, que no sea tonto. Le he preguntado, mientras tomaba café, si va a seguir acá hasta que me vaya, y él ha movido el cuello como en un tic que se negara a concederme afirmación o negación alguna como respuesta.

 

El sol sale cada día y la madera del porche es otra a la que conocí al venir. Mudó su color, se hizo más pálida, por mucho que mantenga idéntico el dibujado en sus líneas.

Solo, el pájaro, cambia sus alas, se crean en ellas pelambrera y pelusa, y mudan por nuevas, dejando en él la misma cara de atolondrado. La media palmera yace a su disposición, y no da fruto, siquiera una pizca de aceite; sólo una pequeña sombra que tampoco convendría al tamaño de un ahorcado. Recojo, cuando es dado algún desorden, y lo hecho a la basura como hago con las fotos.

Cuando vine a este lugar traje unas cuantas junto con provisiones más que suficientes. Fotografías en las que salía yo con las diferentes edades de mi vida creciendo hacia este cuerpo que sacrifica alguna todas las mañanas, justo antes de ponerse a hacer el lazo de la bolsa que luego soltará en un vertedero que está haciéndose a su costa. Lo he ido poblando de deshechos, despacito y resignada a algo, haciendo cada noche fuerza de aquella fuerte que fui, que sonríe en algunas fotos; creando la mudanza de lo que considero ha dado de sí ya lo que era.

 

Desde el porche de la casa domino este desierto; es otro que tal anda. No crea a la duna, se va y viene la otra, y su perfil lo pinta el sol al antojo de una velocidad siempre idéntica.

Es el que permanece. Hoy se lo he dicho.

 

Al llegar la noche, he cogido la bolsa de basura con sus desperdicios y procedido a caminar hacia mi vertedero. Solo, el pájaro, por vez primera, ha levantado el vuelo y me ha seguido.

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