El hombre de campo

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Hace poco más de una década mi familia obtuvo las visitas de un hombre de campo que hablaba con voz muy alta y siempre tenía un tema exclusivamente suyo de conversación que siempre giraba en torno a la sabiduría que el campo le había proporcionado. Alternaba ese discurso con chistes malos. No sé si a estas alturas ha comenzado a notarse, al menos un poco, que yo odiaba las visitas de ese señor. Mi padre lo veía como una especie de ejemplo a seguir, aunque recuerdo un juicio severo por su parte una vez desapareció: Es muy chulo. Para mí no sólo se trataba de eso, iba implícita en esa chulería, llegada a ser admitida por mi padre, un abundante tesón por la estulticia. Su arrogancia me era patética. Intenté premeditar mi estado nervioso por si regresaba. Hasta entonces sólo me había rebelado con un silencio que ese hombre de campo no había entendido. Se me ocurrieron arremetidas hacia su forma de ser, consistentes en un desprecio visible, aunque me parecía que debería cuidarme de faltar seriamente a un respeto del que este energúmeno era ajeno, pero por inconsciencia, y eso aplacaba mi ira. La última vez que lo vi hará cuatro años, en la plaza de un pueblo, mientras yo me tomaba un vino blanco, estaba tres veces más delgado, le saludé y me dio la mano blandita. Me contó que le habían detectado cáncer en la garganta y algunos planes al respecto que tenía. Procuró amabilidad y todo rastro de la persona que yo había conocido antes, y maldecido por sus visitas, pareció invisibilizarse. Lo conté a mis padres a mi vuelta y admitieron que era una pena. No he vuelto a verlo ni a tener noticias. En ocasiones suena el timbre de la puerta y tengo cierto miedo de que sea él, de que reaparezca bajo la forma de la primera encarnación de la que le doté. Más chulo que nadie, más soporífero que un recital que no acaba nunca. Si es que no ha acabado, que para mí sí. Puta vida.

Recuerdo bien la época en la que se daban las visitas del hombre de campo. De vez en cuando bajaba a Madrid, dado que me había salido un trabajo de mierda. Siempre procuraba llegar antes de la hora, y lo hacía para permitirme un whisky en vaso alto en algún tugurio. En todos esos bares la cisterna del baño estaba rota. Si pasabas por el centro y veías un tugurio de mierda y te animabas a entrar era más que probable que me vieras, ideando la posibilidad de que algún conocido me viese, con un vaso alto de whisky y, de vez en vez, mirando el cotilleo de un televisor pequeño o no perdiendo detalle de los chismes de la clientela que suponía habitual. A menudo imaginaba que entrabas y me veías allí y me confundías con esa clientela y te venía a la cabeza pensar la idea de que hubo una época, cuando nos conocimos, en que no parecía dar el perfil de terminar en tugurios así, bebiendo whisky de mierda, y pensando en que pensarías que soy escoria en cuanto aparecieses, por mucho que no aparecieras jamás. De vez en cuando miraba el reloj, no fuera a hacérseme la hora de fichar. Siempre era consciente de que esa hora llegaría. Si quedaban diez minutos sumado el paseo hasta la planta primera pedía otro whisky, con un par de hielos, por favor, y allí seguía. Al lado mío, de vez en cuando, había unos jubilados jugando al mus o al tute. Ninguna mujer. O era muy raro. Una vez me pareció ver a una, aunque es bien probable que mis recuerdos estén adornando el detalle. No puedo estar seguro de ver a ninguna mujer en esos bares, a no ser que fuera muy mayor y se encontrase detrás de la barra. Eso sí sucedió, si mal no recuerdo. Lo dejo, no puedo estar seguro. En absoluto puedo estarlo, si bien sí me recuerdo fichando a lo que suponía una clientela habitual, dando sorbos de whisky y mirando los cotilleos en un televisor pequeño mientras proyectaba que entrabas e intentaba imaginar que me reconocías, porque me era muy considerable la posibilidad de pasarte desapercibido. Yo, en cambio, sí te reconocía a ti. Habías entrado para que te dieran cambio para la máquina de tabaco y no reparaste en que era yo esa escoria que te miraba como queriendo pertenecer de nuevo a esa época remota en que nos conocimos. Deseando que la vida me concediese otra oportunidad. Todo eso. En el caso de que no me reconocieses no te lo hago saber. Podría haberlo hecho, pero sé vivir sin la decepción que te supone encontrarme allí. En todo caso me preguntarías cómo me va y no te mentiría. Te diría que me faltan veinte minutos para entrar en el único trabajo en que he sido aceptado. Te diría que he vuelto con mis padres porque no me llega para un alquiler. Y poco más. Tú no sé qué me dirías ¿Cómo podría saberlo? Supongo que no te mostrarías desagradable, que mantendrías la compostura y que tampoco podrías evitar pensar en esa frase que nos viene a decir eso de Hay que ver las vueltas que da la vida. Yo iba camino de servir para algo, tú también. Estoy seguro de que, a estas alturas, tú sí lo has conseguido.

A veces visito los pueblos aledaños al de donde vivo. Intento ir a lugares donde ser lo menos reconocido posible. No podía prever que el hombre de campo apareciera. Siempre me había parecido que iba a lo suyo. Soporífero como un cuento que no acaba y vociferante. Mi padre quiso ver en él una especie de humilde sabio, de conocedor de los árboles con sentido del humor. No calculaba que aparecería. Creo que era domingo (puede ser que fuese sábado) y yo me encontraba en la plaza de ese pueblo bebiendo un vino blanco. Podía no haberle saludado, pero me reconoció, así como lo reconocí yo a él. Y, además de reconocernos, no podíamos comprender cómo. Si bien yo mantenía mi trabajo de mierda en la capital, él me dio la mano blandita y me dijo que le habían diagnosticado cáncer de garganta. Le dije que de eso se sale. Recuerdo que no había calculado jamás la mirada que me echó tras ese comentario. Poco después se perdió en una callejuela. No he vuelto a verle. Llegué a casa y les pregunté a mis padres si lo recordaban. Les dije que se moría, y lo aceptaron, dentro de su resignación. El silencio fue lo suficientemente largo. Duró aproximadamente ocho segundos.

 

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