El conciliador

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Tras el regreso del hospital vine a parar a una casa donde, desde que fue dada mi llegada, he de cuidar de una mujer loca. En un principio no me suponía reparo alguno. Mi oficio era hablar. Procurar que el engendro que nacía de ella manejara nuevos puntos de vista, en la medida de lo posible cercanos a lugares que no nos son ajenos o, al menos, no deberían, a ningún ser humano. Me sorprendió que fuera capaz de mantenerse callada. Yo me estimaba sin preparación alguna, a pesar de lo que decía mi currículum, por lo que mi preparación constaba de hacerle ver que era su amigo, aparte alguien procedente de un centro de ayuda, que podía confiar en mí. Más teniendo en cuenta que la cita se daba en su casa. Ella estaba segura, parece ser, que nos conocíamos anteriormente. Yo no podía estar en absoluto seguro de eso, pero no me era ajeno el hecho de que debía abrir su nevera de vez en cuando en busca de comida y bebida. No fue difícil mi adaptación. En cuanto a la suya, parecía catatónica, se dejaba hacer. Me sorprendió que en lo que yo hablaba, no desatendiera en demasía quehaceres de la casa como cuidar de su hija y tender la ropa. ¿Podría fumar? Le explico, vivo enganchado a una máquina que me procura humo y, en ocasiones, padezco síndrome de abstinencia. No siempre es fácil, añado, vivir con ello. No parece probable. Promete que habilitará algún lugar de la casa. Por suerte, tras aproximadamente tres días sin pegar ojo, ha caído y puedo informar al mundo desde el lugar donde me proveo de humo. ¿Por qué tanta necesidad de humo? Te parecerá loco, pero el aire me mata. Mis células responden sin alteración a todas estas responsabilidades médicas. Me escucha. Su pequeña padece cierto problema respiratorio. Yo he de mirar también por su pequeña. ¿Merece esa pequeña un castigo procurado por la persona que debe salvar a su mamá…? No, es mi trabajo. Yo soy todo un profesional. Ella estaría dispuesta a soportar el humo, pero también debe cuidar a la pequeña. Y la pequeña debe intuir en mí una actitud positiva hacia ella, y también hacia su madre. Si bien me siento libre, mi trabajo es que la loca procure vivir y hacerlo bien. Ya de entrada le digo que, si me permite la confianza, mi trabajo es una mierda y no creo en absoluto en la posibilidad de que pueda dar resultados. Quizá obtenga frutos, pero a largo plazo. Quizá debería abandonar este escrito, procurar que sus sueños sean agradables susurrando palabras en su oído. Me ha dicho que puedo despertarla si algo ocurre, aunque comprendo necesario que descanse. Ha sido demasiado trabajo. Ha obtenido demasiada información. En lo que a mí respecta, ha habido casos en que los cerebros de esta pobre gente han estallado con el transcurrir de unos meses. Es importante su tranquilidad pero, ante todo, uno debe ser consciente de que su propia vida es lo primero. Mi primera ocurrencia de cara a cortar el hielo fue decirle que me observara y se dispusiese a realizar un informe destinado a la observación de mis mayores en el oficio. Es gente áspera, le informé, las observaciones de los pacientes son de preferencia escuetas en su manera de verlo. Apenas deben notar diferencias entre usted y yo, pues lo único que le separa a usted de mí es que yo he ganado y me ocupo de que usted no se pierda. Es sólo mi trabajo. En el resto de cosas no dejo de ser su invitado, aparte, al igual que usted, un ser humano. Parece absorta, dispuesta a otorgar creencia a mi relato, que no he preparado. Cotejo si contarle mi vida o, simplemente, mandarle trabajos de carácter lúdico. Debería estar acostumbrado a mi trabajo. Las pruebas de acceso fueron difíciles. Hube de cuidar a alguien que, debido a un error, quemó su casa, perdiendo en el accidente a sus familiares. Él continuó con vida, no obstante sus reflejos se han visto deteriorados severamente y ha perdido todo interés en cuanto a intencionalidad alguna de comunicación se refiere. La base de mi trabajo también implica guardar cierta intimidad sobre casos a los que estoy acostumbrado pero, por alguna razón en la cual tenía que ver cierta manera por parte de esta paciente de tratar a su hija, no me impide romper a llorar y contarles a ambas lo mucho que eché en falta cuidados de ese estilo correspondientes a mi relación con mis progenitores. Procuro no entrar en detalles. Noto la sorpresa de la niña. Yo, por encima de todo, soy un profesional y mi deber es claro, responde a sostener sobre mis hombros, soy consciente de la pobreza del símil, el mal de mis pacientes. Ella me mira, no tiene ningún remedio. Pero mi costumbre son los casos complicados. Le explico que en ocasiones tiendo a imaginar cómo será la vida si optase por la opción de asesinar a alguien. Ella, pobre, me dice que está dispuesta a hacerme una tortilla francesa si lo necesito. Puede echarle algo de chorizo, o atún si lo prefiero. Le digo que debe tranquilizarse y ocuparse de su pequeña, y noto cómo mis lágrimas no han cesado. La gente está confundida, le explico. Añado que confunden a Kafka con hallazgos provenientes de una literatura eminentemente rusa. La niña me enseña el cuento que se está leyendo mientras mi cliente cocina para mí. Le digo a la niña que yo también he sido un niño juguetón, que necesitaba de cuentos que se encontrasen llenos de dibujos, incluso viñetas, pero que me ocuparé personalmente de decirle a su madre que estas costumbres han de cesar, que es lo suficientemente mayor para leer textos de calado existencialista. Ella me mira. Parece inquieta. Por un momento entiendo que ha heredado de completo el mal que padece su madre. Mi trabajo es entender y, a un tiempo, no dejo de ver al niño que fui en esa pequeña. Mi trabajo es muy arduo y requiere de excesiva mano izquierda. Definitivamente sé que si la tortilla que esa mujer enferma me está cocinando despide el suficiente sabor a vinagre mi informe habrá de servir para que ambas sean atendidas en un centro especial. Debido a que la mamá atiende la cocina comprendo que debo cuidar de esa niña, así que le sugiero que debe atender en el colegio. ¿Tienes amigos? Le pregunto. Dice que todos los niños de su clase son sus amigos. Le digo que no dudo de su palabra, pero que ponga cuidado a la hora de elegirlos, ya que no dudarán en clavarle un puñal en la espalda a la primera de cambio. La belleza de la pequeña es más que suficiente para que, en breve, pueda, con cierta facilidad, despertar envidias y chismes. Le digo a la pequeña que los rumores son culpables de vidas de numerosas personas, de genocidios, de lo peor que el mundo pueda asumir. No parece muy contenta. No entiende que debo advertirle, por mucho que sepa que aún no ha cumplido la edad de siete años, de la crudeza de la vida y de la importancia de ciertas noticias. Perdóname, le digo, debes entender que los avances en cuanto a tu modo de concebir la vida son de un interés prioritario.

Pasada la primera hora mi comunicación con esa mujer avanza de manera crucial. Ya se ha ocupado de acostar a la pequeña y yo le he puesto un notable a la tortilla, lo cual nos procura suficiente confianza de cara a mi trabajo. Le digo que no se tome a mal el hecho de que, a sus ojos, yo no sea más que apenas un charlatán. Mi oficio funciona. Está avalado en la Unión Europea, aunque su procedencia hay que achacarla al noreste de EEUU. Parece escuchar. Tengo miedo, le señalo ¿Usted no? Me pregunta si tengo hijos. Yo le digo que sería incapaz de traer una inocencia tan brutal al mundo. Le pregunto si no le parece que a este mundo le sobra el ruido. Dice que a veces sus vecinos tienen quejas, pero que es una cosa normal. Debido a que esas cosas no me interesan en absoluto le pregunto si tiene cáñamo. No necesariamente cáñamo. Necesitamos algo en lo que conectar, me explico. Parece ausente y, sin embargo, soy consciente de que, a su manera, está poniendo el mayor de los cuidados por resultar una anfitriona coherente. Ella dice que no toma esas sustancias desde el instituto, que si las necesito podría conseguirme, pero que no está segura de si el hecho de tener sustancias ilegales en su casa, aunque atiendan al pedido de un profesional, serán lo mejor para la convivencia con su hija. Procuro entrar en su mente. No está demasiado aprobado por mis mayores conferir razón a este tipo de gente necesitada, pero lo hago. No es por amor, insisto, es pleno uso de mi empatía. Parece consciente de que a veces digo tonterías. No se lo niego. El hecho de ser un profesional no me quita de ser humano. A veces me he juntado, le comunico, con chavales de mi facultad con los que aún guardo cierta confianza. Somos capaces de contar chistes hasta las seis de la madrugada, le confieso. Me pregunto si debería abrirme más, conocerla, llegado el caso, pero no me atrevo. Le digo que es probable que mi madre me telefonee en cualquier momento. Es gente mayor. Me cuida a su manera, le digo. Y le informo de que se ocupan de mí más de la cuenta, pero ¿Cuánto cree que puede cobrar por su trabajo un pobre especialista? A veces demasiado poco. Asiente. Le digo que, por mucho que no sea el caso, en muchas ocasiones asisto a mis visitas con una grabadora. Le informo de que mis jefes tienen socios dedicados a la edición que, de ser ofrecido un visto bueno, llevan a papel parte de mi trabajo con el fin de que lo firme algún trabajador dedicado a la autoría de sus publicaciones. Parece conferir la suficiente atención a este dato. Yo le digo que la literatura española consiste básicamente en llevar a cabo este tipo de cosas. Parece ser que aprecia la poesía, e incluso a veces adquiere libros de este género, e incluso los lee. Le informo de que no diré nada sobre ese dato, que no constará en mi informe. Intento que entienda este pacto de confidencialidad. Le digo que no sería bueno, ni para ella ni para mí, tampoco para su hija. Le intento hacer entender que el poder de mis mayores es elevado. Es pronto para hacerle llegar que una información así podría acabar con ambos ofreciendo testimonio en un juzgado. No digo que mi percepción capte el hecho de que pueda parecerle alguien sensato, pero sin duda me escucha. Hay pacientes que no son capaces siquiera de eso. Todos ellos acaban víctimas de mi fiereza de cara a los tratamientos que habrán de seguir de por vida. Guardo cierto miedo, dada la calidad de su propuesta como anfitriona y madre, a asustarle demasiado, pero no evito decirle que, si lo considero oportuno, habremos de someter a su pequeña a un leve tratamiento de shock. Al instante procuro tranquilizarle, matizo que no estoy haciendo referencia a la electricidad ni a medicación cuyos efectos secundarios eliminen nociones de realidad o puedan crear deficiencias en cuanto a la respuesta del aparato locomotor. Noto que tiene miedo. Opto, con mucho reparo, por el atrevimiento de decirle si necesita un abrazo. A veces son necesarios. Parecemos de acuerdo y procedemos, pero poniendo necesario hincapié en cuál es su labor y cuál la mía. Tras cesar le informo que no debe confundir estas actitudes. Se trata de poner algo de humanidad a nuestro proceso. Acto seguido insisto en que mi informe reseñará que se trata de una buena cocinera. Por mi parte, es en el momento en que ella duerme cuando reúno una nota a pie en la que hablo de incapacidades obvias en cuanto al modus operandi de esta señora, no obstante joven, también madre. Es este el momento en que, tras mirar mi reloj, veo que he cumplido sobradamente con mi trabajo. Mis honorarios no son muy considerables, pero existe la posibilidad de que me consignen una oficina propia. Es evidente que el caso de esta señora no da mucho más de sí. Me permito vomitar en la bañera mientras madre e hija descansan en su habitación. Duermen con la puerta abierta. Ella padece apnéa del sueño y pareciera ahogarse. La niña, sin embargo, permanece acurrucada entre sus brazos. Mi informe, sin ser del todo negativo, sí refleja necesidades que mi empresa habrá de delegar en el estado. Es probable que esta señora quede separada de su hija. El proceso será lento y mi labor será excluida de él. Tras vomitar y revisar el informe sé que he de marcharme cuanto antes. Abro la puerta de salida. Sé que encontraré el coche abajo, en mitad de un desierto rodeado de farolas a medio lucir. Iré a casa de mamá y, tras ingerir un plato de sus acostumbradas alubias, me tumbaré en mi cama. Requerirá mi sueño de una potente dosis de hipnóticos. Tras despertarme, de nuevo con la cabeza vacía, habré de visitar a un megalómano que padece un principio de alzheimer. A veces logro distraer mi trabajo leyendo clásicos más o menos contemporáneos. Gusto de calcular los resultados con mis superiores, esos seres oscuros que están todo el día ocupados en asuntos que preocupan a continentes enteros.

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Fotografía de Pilar Escamilla

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