Dos relatos de Manuel J. Rodriguez

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Manuel J. Rodríguez Marcos nació en 1971. Malagueño de devoción y condición, siempre ha vivido en su ciudad natal. Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales, disimula trabajando en el ámbito de la economía pública y privada, hasta en la docencia, para que nadie descubra su terrible secreto: sufre de una vocación patológica hacia lo literario y lee y escribe como si le fuera la vida en ello.

 

Las mil muertes de Adriana:

Ella aparece cada viernes, a la misma hora, en la misma esquina de dos calles forasteras. Hay más prostitutas en dos metros cuadrados, pero su presencia me hipnotiza, las demás no me interesan. Pienso que, en ocasiones, tomo decisiones muy extrañas. Aquí un ejemplo. El primer día que la vi, la seguí a casa cuando terminó. Por la ventana abierta, observé cómo duchaba a su hija, le preparaba una cena frugal y luego la acostaba. Esos labios besaron su frente. No pude evitar una idea sucia, la memoria de donde habían estado poco antes, y me estremecí. Sus dos vidas se cruzaban de forma ineluctable. Unos minutos antes debió ser una afrodita sensual, lasciva, y en esos momentos era la madre que cuida de su cachorro. Aquella primera noche regresé a casa temblando. Su imagen me había enamorado, deseaba su dualidad. En mi dormitorio, bebiendo tequila, le garabateé un poema, pero enseguida lo rompí. Quería pintarla, no escribirla. Eso decidí, y apuré el tequila. Hoy la contemplo por quinta vez. He alquilado una habitación en el bloque de enfrente. Abro la ventana y me embozo entre las cortinas. El caballete está situado un poco a la derecha, para que se ilumine con el sol del crepúsculo. Ya he encuadrado la esquina, incluso he esbozado los detalles: la papelera, el grafiti de la pared, un vecino que pasa y no quiere mirar a los ojos, otras mujeres con vestidos rojos y tacones muy altos. Sólo me queda ella. Sus pómulos huidizos, esos ojos verdes tristes, la boca que se abre para insinuar y se cierra musitando un poema de Pellegrini. Quiero pintar sus tobillos, sus rodillas, sus caderas, sus pechos, ese cuello largo y veteado de pequeñas y misteriosas laceraciones, y por fin, su cara, una cara de mil años, con una sombra de faraona y la evidencia de la miseria. Se acerca un cliente, maduro, de aspecto soez, y ella sonríe como un ave rapaz. Se marchan. Volverá pronto. Nunca tarda. Efectivamente, en veinte minutos está de nuevo apostada en su esquina. Sigo con mis pinceles. Mientras se ha ido y ha vuelto, he podido pintar su ausencia. Ahora rellenaré ese hueco con sus colores. Desvía la mirada hacia mi posición. Ya lo hizo antes. Pero no me ve, eso pienso, pienso que soy transparente y que mi guardia en la ventana permanece secreta. Le pinto el pelo de un rojo intenso, aunque es rubia. Y le invento unos ojos muy celestes, en lugar de verdes. Tampoco observo pecas, pero salteo sus brazos y sus mejillas de lunares naranjas. Pinto sus labios más finos, su frente altiva y no marchita, sus piernas más esbeltas, y sus manos delicadas y con una perfecta manicura, en vez de sucias y con uñas quebradas. Es ella. Ya no es la prostituta, sino ella, en mi cuadro, una vez más. Adriana me mira desde el lienzo y parece reprocharme que siempre la pinte a partir de las putas callejeras. En realidad, ya no puede reprochar nada. Hace meses que no habla, ni come, ni suspira. Adriana está muerta. Y la maté yo, después de pintarla. La maté, igual que está noche mataré a esa prostituta, en el portal de su casa, antes de que llegue junto a su hija y pueda acariciarla y prepararle la cena. He matado a Adriana muchas veces. Cada vez que una ramera disimula su mirada y mi rabia y mi odio renacen. Supongo que lo seguiré haciendo. A menos que tú me detengas.

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Eunectes Morinus:

Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Los operarios del zoológico han comprobado el hábitat que he preparado en el salón y han dado el visto bueno. Ya no tendré donde atender a la visitas. Pero merece la pena. Se llama Susi. Y me ha mirado desde sus ojillos elevados cuando nos hemos quedado solos. Sé que capta mi admiración y mi respeto, y yo la quiero desde la primera vez que me desplegó su lengua bífica con evidente erotismo. Susi es una eunectes morinus, vamos, una anaconda. Mide siete metros y debe pesar más de 150 kilos. Tiene una manchas verde oliva por el lomo y se retuerce sobre el vientre como un gato que ronronea. Encantadora. Es el sueño de mi vida. Su hábitat se compone de un estanque, un árbol de poliestireno y una zona terrosa. Todo el salón. He puesto una mampara donde antes se encontraba la puerta, para observar a Susi mientras desarrolla sus hábitos y repta sensualmente. Un especialista me ha abierto unos orificios con el objeto de que me escuche, porque tengo la intención de contarle todos mis secretos y mis inconfesables vergüenzas. Será mi mejor amiga. También me han instalado una compuerta giratoria. Allí depositaré los pequeños roedores que compraré en la tienda de animales. Con un giro de palanca los dejaré en su territorio y Susi se encargará de asfixiarlos con su musculatura fabulosa y engullirlos sin masticar. Un prodigio. Cuando vengan mis amigos, les permitiré observar el espectáculo de su depredación. Probablemente algún hipócrita criticará mi crueldad con los roedores o el salvajismo de Susi. Es una anaconda. ¿Qué esperan? ¿Que píe o traiga las zapatillas? ¿Que maúlle o bucee en su pecera?  Su naturaleza es depredadora y por eso adoro a mi eunectes. Después de comer, se enroscará y no atenderá normas de cortesía, ni siquiera conmigo, su hermano del alma. Su letargo digestivo será sagrado y yo velaré los sueños reptiles de mi querida anaconda. Pasaremos una vida maravillosa. Todo el afecto y la compañía que se me han negado se verán compensados. Por fin no estaré solo. Le procuraré todos mis cuidados, hasta atenderé sus aparatosas mudas de piel o vigilaré cualquier incidencia de sus digestiones, y ella me transmitirá ese cariño silenciosos de los depredadores. Eso sí, aunque me enseñe su lengua bífida o se contonee de manera sensual, jamás -y digo jamás- cederé a la lúbrica tentación de introducirme en su hábitat y dormir abrazado a su frialdad. Sé que no me defraudaría. Y en cuanto me durmiera, indefenso, me estrujaría, me asfixiaría con su piel erótica, y me devoraría poco a poco. Su esencia es su esencia. Y por eso la amo.

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