Dos cuentos

A Mónica González

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Preparo dos cuentos. Uno de ellos comienza con una imagen literaria que parece reproducirse incesantemente. ¿Dónde aparecerá el cuento ahí? Sin duda lo busco. No sé cuánto abarcarán las imágenes, donde la letra en negro avanza por sobre una especie de insoportable neblina. En el otro, el personaje se dice a sí mismo a través de la acción en los primeros dos párrafos. Es evidentemente inmoral. Procuro, sin conseguirlo, de momento, que me caiga bien. Quizás uno y otro cuento se entrecrucen y el resultado sea la imagen literaria de alguien que se redime ¿Importará demasiado si antes de eso lo mato? Si mi personaje se redime en la muerte su redención será ilusoria. Pertenecerá a un huevo, esa forma con la que, en una imagen literaria, una migraña se identifica con un ser Todopoderoso, esto es, en el primer cuento y la intención del segundo: alguien que no existe, alguien que solamente vive. ¿Pero si mato al personaje…? ¿Si le elimino de la vida…? ¿Si sólo mitigo su existencia en lo que de sí deja…? ¿Cómo hacer que respire? ¿Cómo que perciba el aliento que lo redime de la incapacidad de saber / de ser? Sin duda habría de dar por sí mismo la vida ¿Una auto-muerte? Demasiado sencillo. En el primero de los cuentos una migraña se hace dueña de la desesperación de un ser tranquilo. Un médico, que resulta ser una estampa sujeta por el canto de una piedra, le prohíbe los compuestos que contengan algún tipo de opiáceo y lo justifica señalando un posible efecto rebote. El segundo ser es un hombre que roba a mano de navaja y por la espalda. No lo hace para comer, esta era la primera intención. Pongamos que el personaje del primer cuento padece una migraña enorme. Es conocido que el hombre actúa sobre lo que tenga a mano para calmar el dolor. No es un ser empático. Pongamos que es capaz de asesinar y, sin embargo, no lo hace. Es capaz de matar a un hombre por la espalda de un navajazo en una zona vital y no lo hace. La migraña se reproduce en nuevas migrañas, como por mitosis. La primera de ellas decrece y la segunda se coloca en otro lugar de la cabeza. Es un tacón de acero fijándose sobre su cráneo. Si pudiera robaría la solución a su problema. No debería ser cuestión de conseguir una vulgar receta. Nuestro hombre ¿Por qué no Nuestra mujer? sostiene una navaja en la mano. Amanece en la ducha y, por primera vez desde hacía muchos años, pongamos más de cinco, llora. Le duele y se ve en la ducha llorando como un/a niño/a. La migraña se extiende. La primera de ellas era la madre de unas cuantas, a su vez, madres de unas cuantas. A nuestra persona le viene la idea de unas matriuskas. La más pequeña, la que no es madre, es la migraña cuyo dolor se aposenta focalizado por nuestra persona en el hipotálamo. No, le es doloroso imaginar que traspasa su cabeza con un taladro. Es una imagen que ha visto en una película lo suficientemente antigua. Otro personaje (¿masculino? ¿femenino?) aparece en la acción. Es la madre, el huevo, el ser Todopoderoso que vive. No necesita nada a cambio. Allá, en su dentro, no existe el juicio del otro. Es libre. Ambos se miran. Es en ese momento donde, esta vez sí, uno de ellos concede muerte al otro.

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En la imagen: Un trabajo del surrealista Victor Brauner

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