Cuentos de sutura, de Ramón Martínez

Ediciones La Palma editó una cucaracha que comenzaba a andar por entre las calles a inicios del último verano. He aquí pasillos, eternos, de un planeta que gravita en un vaso de orujo. He aquí los héroes de una ruina, vulgares moscones a quienes les han sido extirpadas las alas, donde todo es posible y, sin embargo, nada ni nadie escapa vivo. Estos cuentos recorren la soledad contenida del hombre (y la mujer), esa cucaracha roja que sugiere la portada del libro, que fracasa en todo lo que hace para, a cambio, poder verse reflejado/a en una de sus babas sin obtener pena. Como diciendo: He logrado asistir a la fantasía, ser autodidacta de mi primer recuerdo. Creo que es la seña de identidad de Cuentos de sutura, por mucho que se trate de una compilación de lo más ecléctica. Anónimos más o menos vulgares que huímos de la solemnidad a la par que nos acercamos a ella, para ver qué ocurre dentro de su laringe, mientras los hielos de un vaso de gin tonic en el hospital del alma, ya sea en Tánger, Madrid, Vigo o Shangai, acaban formando parte de un río unísono acaparado por las extensiones de un marco que decoran una rodajita de limón y una pajita. Luego hay un tren donde estás solo, como todos los protagonistas, impares, de los últimos veinte años del siglo pasado y lo que va de este, y como todos los protagonistas de los cuentos de Ramón Martínez. Esa cucaracha avanza entre bloque y bloque, coge ascensores, amanece en los brazos sin patria de la pérdida de conciencia y relee Deep in a dream en una troje, acompañado de una lata de Mahou que aún tiene un poco. Por aquí se mueven los poetas de un Madrid en donde ya toda la gente es poeta. Se reúnen, ante la prensa (también poeta), y hablan de poesía y de sí mismos, y ponen a caer de un burro al resto de poetas, incluida la prensa (que no dice nada, que los deja hablar), preguntándose por qué todo el jodido mundo se dedica a eso de la poesía si no tienen ni idea, si los únicos que sabemos de poesía somos tú y yo, yo más que tú, claro, que he leído a Coleridge y, además, te diré, lo conocí personalmente, allá, en mis años mozos, en el Marquee londinense, en 1811, antes de que se llamara el Marquee. Él me dijo: Eres bueno, chaval. Se te ve en los ojos. Y hasta me prometió que me iba a traducir al nibelungo para que me leyeran en Berlín y Múnich, como a Lou Reed, David Bowie e Iggy Pop. Buenos chavales, te lo digo yo, que soy el hombre que más veces ha doblado a Constantino Romero al kazajo. Eso soy yo, pura poesía del siglo XXI, de aquí a Guadalajara, en México, pasando por Mongolia, se dicen demasiadas cosas. Una vez cogí un libro sobre Borges de la biblio del barrio y me dieron ganas de tener una pistola y dos balas, la primera para matarme y la segunda, por si acaso, para rematarme. Este es el quiz que plantea la lectura parcial de uno de los cuentos, mezclado con otro par, de Ramón Martínez. Yo me los leí una noche entre el calor y el espectro que me proporcionaba la medicina del pasado verano y me dio por reír como hoy me da por llorar al volver a ellos, a escribir sobre estos cuentos, a mirarme en el espejo de esta pantalla, de la dedicatoria, somera, de la página de respeto. Nos estamos haciendo mayores sin ninguna dignidad, como Joaquín Sabina (es un chiste, sin gracia, como todos los que me se ocurren). Te voy a contar cómo empieza el cuento El yunque, de Ramón Martínez: “Don Gregorio decidió cargar con un yunque cada vez que salía a la calle para evitar la tentación de matar a alguien con sus propias manos…”. Dejo al lector de esta morada (hipoteca virtual donde habita un pájaro gris a quien procuro pienso) que imagine lo que ocurre en las seis/siete páginas siguientes. Buenas noches, Ramón, coautor de esta madrugada donde me siento a charlar contigo un rato de nuestros cuentos, de las mujeres, de la China, del 4-0 aquel del Celta a la Juve. Hace dos meses que no bebo, amigo, y no voy a ir a parar a un manicomio nunca más porque soy un tipo con suerte, estoy seguro. Debe ser así. Un abrazo muy grande desde esta habitación de pueblo, estés donde estés, viajero cuya sonrisa duda, delirante, mientras flota en el mar Muerto de las pequeñas y grandes anécdotas que nos suceden al abrir un libro y ponernos a lo nuestro, a leer.

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