Con todos ustedes…

Un tumulto de estudiantes se daba cita en el psiquiátrico. Durante una semana estuvimos conviniendo los casos más relevantes para la exposición del Dr. Castillo. Era la última vez que los presentaría, pues una semana después se daría a la jubilación. Las veces en las que había establecido consultas con el doctor me hablaban de una persona experimentada que no miraba más allá del tratamiento con litio. En eso el Dr. Castillo era un lince que había aprendido cierta benevolencia para con las dosis de cara, sobre todo, a los pacientes más jóvenes. “Se restablecerá” era algo que decía a menudo. Así mismo, no había nadie como él para tratar a los familiares. Siempre les tranquilizaba. En sus modos intenté inmiscuirme con la intención de copiarle, si bien es cierto, llevo cinco años encargándome de las guardias de este hospital y lo llevo lo mejor que puedo. No, hombre, -me decía en las mañanas, tras comunicarle las anécdotas de una noche más en pie- a la madre debiste tranquilizarla. El problema lo tenemos con el paciente y… ya veremos. Hay que quitarse de en medio a la familia. ¿Qué? ¿La hermana qué edad tenía aproximadamente? Quizá a la hermana sí debieras haberla tanteado. El diagnóstico es una esquizofrenia catatónica, sí, sin ninguna duda, quizá responda a una dosis de cien gotas de Haloperidol a la noche. ¿Durante el día? Benzodiacepinas, sin duda. No, bueno, primero habremos de verlo. ¿Tú cómo lo ves, Roberto? Siempre cerraba las conversaciones con un pequeño golpe en el hombro. Sin duda, las guardias eran lo más difícil de mi profesión. Tengo una cama en mi despacho y, si no viene nadie, me echo un rato, pero es imposible dormir. No es sólo que oiga a los bedeles de afuera que, como yo, les ha tocado noche, es… no es mi cama. En cualquier caso seleccioné pacientes casi al azar y les instruí acerca de cómo tenían que comportarse. Nada que comprometiese al bueno del Dr. Castillo. Se iban a tratar temas que no les iban a resultar vagos a la mayoría de universitarios. Tras la habitual charla del Dr. Castillo, esa charla en la que se dirige a los alumnos como los futuros encargados de las llaves de nuestros centros clínicos y en cuya responsabilidad queda la salubridad de nuestros pacientes, entre quienes -añade, se lo garantizo- muchos se encuentran para siempre lejos de recuperar una estabilidad etc… Yo había pensado en Alberto Masa, de 40 años, reincidente diagnosticado primeramente con esquizofrenia paranoide que, admite, ha renunciado completamente a una personalidad psicótica -lo tengo anotado en mi libreta-, pero no ha conseguido salir de cierto enajenamiento, según el paciente, provocado por las mismas dosis de medicamentos que le suministramos acá. He pedido al paciente, de familia jubilada, deje hablar en todo momento al Dr. Castillo, al que adora. Es mutuo, el Dr. Castillo se divierte en las consultas con el joven, hacen ánimo de broma en los últimos meses y tenemos estipulado concederle el alta en breve, si todo marcha como parece marchar.

Son las 13:00 horas. Es un día preparado para la marcha de lo que ocurrirá en el escenario, si bien en la casa de día se sigue trabajando como nos es habitual, procurando series de ejercicios a los pacientes una vez decidimos adelantar una hora el tiempo destinado a las consultas. Los estudiantes ya están acomodados en la sala de audiciones. 120 o 150 futuros psiquiatras. Yo habré de hablar de los neurolépticos atípicos. Sobre todo, del Abilify, que, tras haber hecho tesis de investigación, se ha convertido en mi especialidad. El primer paciente en salir a estrado para muestra del Dr. Castillo, será Ana Suárez, tratada por depresión. En un principio no respondió debidamente al tratamiento con Fluoxetina, el Dr. Florens propuso actuar con dosis bajas, pero en la actualidad se encuentra tratada con Pristiq y, en las noches, le son suministradas altas dosis de Tranxilium.

El Dr. Castillo hace entrar a Elena Suárez, no, Ana. El nombre estaba mal anotado. Ana procede a avanzar al interior del escenario sin advertir el error. Y aquí tenemos a la Srta Suárez, dice el doctor, bien, llegó aquí hace tres meses, tras perder a uno de sus hermanos. Su deterioro físico era importante. Fue su hermano mayor ¿Carlos? quien la trajo aquí, algo convulsiva. Ana, parece, procede a asentir con la cabeza. ¿Y bien, Ana? ¿Cómo te encuentras? Pregunta el doctor. Bien, me llamo Ana Suárez Gutiérrez y… No, Ana, bien, usted llegó aquí muy ofuscada. Comprendemos la fatalidad que le trajo. No hay ningún doctor en esta clínica que pueda ser considerado “de piedra”. Observen a Ana, ¿No se ha duchado hoy, Ana? ¿Ana? ¿Elena? ¿Me conoce? Sí sí, es usted doctor de este hospital. ¿No se ha duchado hoy, Ana? El Dr. Asensio le dijo que hoy iba a conocer a universitarios. ¿Por qué no se ha duchado, doña Ana? Comprendo, usted probablemente no ha tenido fuerzas. A Ana, como se figurarán, simplemente se le fueron las ganas de vivir. Obviamente su pérdida no la superará nunca ¿Verdad, Ana? Ana habla arrastrando las palabras. Dice que su hermano era muy importante para ella. Su otro hermano la trajo porque se dejó el gas encendido un par de veces ¿Pero usted no lo hizo a sabiendas, no Ana? ¿Usted quiere vivir, no Ana? Y ahora se encuentra mucho mejor ¿Verdad, Ana? ¿Se llama usted Ana o Elena? Yo le recuerdo como Ana, pero aquí alguien ha escrito que se llama usted Elena. No, usted se llama Ana y, si no recuerdo mal, su hermano, el que viene a verla, se llama Carlos. No baje la cabeza, Ana. Mire, me queda una semana para la jubilación, pronto habrá de vérselas con uno de los jóvenes que conforman el público, y ellos con usted ¿Eh, Ana? Y yo pregunto al público que hay hoy en la sala ¿Cuántas Anas Suárez existen en el mundo? Muchas más de las que existen en este hospital. ¿El albornoz se lo ha traído su hermano, Ana? ¿Qué tal día hace hoy, Ana? ¿Es también tan amable de decirnos a qué día estamos? Muy bien, y bien es cierto que ni yo mismo sé a qué día estamos. Lo dejamos en un frío día de enero en el cual a todos nos está empezando a entrar hambre ¿A usted también, Ana? Puede usted irse, doña Ana. ¿Y eso? ¿Me trae un regalo, dice? No, Ana, no hace falta que usted me dé dinero ¿Cómo se le ha ocurrido? Usted no debería pensar esas cosas. Qué ocurrencia. Regrese al comedor, Ana, muchas gracias por haberse preparado para estar hoy aquí con nosotros. Despidamos a Ana. ¿Qué extraen de esta visita? No echamos el diagnóstico de trastorno bipolar al traste ¿Saben? Pero les aseguro que convendría no crear ese tipo de informes con tanta prisa. Ana Suárez, no entiendo por qué aquí pone Elena, está actualmente tratada por depresión, y está evolucionando. No fue fácil. No lo es. La hemos inducido al sueño un par de veces desde que está con nosotros. Hace sus progresos, hace lo que puede. Olvídense de todo lo aprendido en la universidad ¿Quieren? Este es el mundo real. Atrás quedan esos libros más o menos dotados de un oscuro lirismo de autores como Bleuler o Jaspers. Si su currículum es aceptado para trabajar aquí no van a tener tiempo de leer más que fichas y diagnósticos y de crearlos, pero también para eso tendrán tiempo limitado. ¿Y bien? Tenemos otro paciente ¿Alberto? ¿Estás ahí? Sí, ven aquí, muchacho. Les presento a la alegría de esta institución, un artista, Alberto… ¿Masa? Sí, un gran artista. Observarán que ríe. No, de veras, lo hace sin motivo. Alberto está tratado con medicación antipsicótica y hace progresos también a su manera. ¿Qué estás estudiando últimamente, Alberto? La cuadratura del círculo, dice, permitan que me ría, también, asegura, se ha hecho vegano y ha pedido un menú exclusivo para él ¿Quieres cebollinos, Alberto? Dice que sí. Cada cierto tiempo viene a visitarnos. Le damos el alta porque parece razonar adecuadamente cosas de calado, pero, no se lleven a engaño, si le preguntamos por el funcionamiento de una rueda, no sabe a qué atenerse. A menudo ¿Cómo era aquel apunte de Canetti, Alberto? A menudo lo resuelve citando que no es el rostro bello lo que amamos, sino el rostro que hemos destruido ¿Qué dice, Alberto? ¿Sí, Alberto? Alberto Masa se encuentra delirando, dice haber visto algo en sueños… ¿El qué, Alberto? Explícaselo al auditorio. En fin, ahora no quiere hablar. Comprendemos se trata de una psicosis tras otra, el efecto rebrote, y ante eso, yo suministro Haloperidol. No, no siempre me dejan. Andamos en continua discusión, y más ahora que… esto de las empresas farmacéuticas es un negocio como cualquier otro ¿No les digo nada nuevo, no? Alberto, vaya a reunirse al comedor con el resto de pacientes. Muchas gracias por habernos visitado, y nos veremos arriba. ¿Les da que pensar, señores universitarios? Aquí de nada vale lo que les enseñan en las universidades. Aquí hemos de curar a Ana y a Alberto, y eso implica pasar demasiado tiempo con ellos, por no hablar de atender enfermeros y bedeles, que toman notas y están en continuo diálogo con nosotros. A la tarde, si gustan, tras comer, pueden venir a la conferencia, esta sí, estrictamente sobre química -¿Están al tanto de los avances de la ciencia?- con el doctor e investigador, es más joven que yo, maldita sea, Roberto Asensio. Hasta aquí hemos llegado en esta fría mañana de enero. Tenemos suerte de que la sala cuente con una buena calefacción ¿No creen?

.

Comments are closed.