Berta en la cafetería

“-No es ropa tendida, son almas colgadas” (el personaje de Clara en la novela Iluminada, de Alberto Ávila Salazar, de inminente publicación en Eolas)

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Pedro estaba sentado en la silla de enfrente escuchando un monólogo de Berta dirigido, probablemente, a él, probablemente a la mesa que les separaba a ambos en una cafetería de la zona de Arturo Soria:

Me ocurre que me han engañado -decía Berta-. Hemos sido todos engañados. No me gusta el poder en el otro porque no me gusta el poder en mí. No sé por qué bebo vino. Diría que está templado. Diría que pediré otro, quizás, cuando vacíe esta copa. Tengo suficiente dinero como para comprar este bar o cafetería o pub o lo que sea. No hay tradición que no sea clandestina… Madrid fue otras cosas que en este momento son, de nuevo, otras.

Pedro levantó la mano y la camarera se acercó. Le pidió una cerveza sin alcohol. Ahora mismo la traigo, dijo la camarera. ¿Algo más? Berta dijo que pediría cuando acabase la suya, que gracias.

Rilke se preguntaba qué tipo de criaturas somos para que empecemos cogiendo juguetes, esto es, que aceptemos que nuestros deseos se centren en un lugar carente de esperanza -continuó Berta-. Perdón, cito de memoria. Me sorprende mi sobrino. A veces, cuando viene a casa, me quedo observando a esa criatura el tiempo necesario para considerar parado un reloj. Muchas veces en mi vida pensé en tener un hijo. Quién sabe. A veces observo a Pablete. 22 meses de criatura. No pierde detalle. Tiene ya muy bien asumido que es el protagonista del mundo. Yo soy una de sus lectoras. Interpreto su protagonismo en el mundo y, ya digo, a veces el tiempo parece detenerse. Llega la noche. Llega la noche es un verso de un poeta chino, creo, del siglo IX antes de JC. Era un poema de un solo verso, sin título. Llega la noche. ¿Para qué más? Mirando a Pablete comprendo ese verso contenido en muchos otros que completan el resto de la página, en blanco.

Pedro dice que son las siete y media. Berta dice que qué más da. La camarera ha traído la consumición de Pedro y un pequeño plato con unas aceitunas. Berta le ha pedido, por favor, a la camarera otra copa de vino tinto.

Me pierdo, dice Pedro cuando la camarera se va. Hablas de demasiadas cosas a la vez, Bertuca. ¿Seguro que estás bien?

Estoy tan bien como, no sé, esta mesa -contesta Berta-. Esta mesa y tú. Esta aceituna, dice cogiendo una y llevándosela a la boca, está también bien, como yo. ¿Y tú, Pedro, estás tú bien? Pedro da un sorbo al botellín y dice que sí. Berta dice que la existencia de la palabra es la señal de que el diablo ronda siempre en alguna parte. Berta se mete la mano en la boca para sacar el hueso de la aceituna y dejarlo en el plato. La camarera trae el vino para Berta. Berta pregunta cuánto es todo. La camarera dice que ahora traerá la cuenta. Pedro dice que la canción que más le gusta del mundo es De una nana siendo niño, de Triana. Berta dice que la música, toda la música, es una seña que indica que los ángeles existen, sexuados o no. ¿Has leído el libro Iluminada, de mi amigo Alberto? Dice prometer el personaje de Clara y se atiene a mostrarla. Pero eso es otra historia…  Según mi teoría un personaje es un impostor, aunque menos que aquel otro que lo muestra o, incluso, que lo busca con el fin de mostrarlo. Te recomiendo esa novela si no la has leído. Salvo mi tesis para el doctorado poco he escrito. Ahora me dedico, ya te digo, a observar a mi sobrino cuando lo traen mi hermano y Feli de visita, cocino, procuro hacer desaparecer el tiempo, también aquí, contigo enfrente. Procuro la verdad de esta mesa, de esta copa de vino. Procuro que llegue la noche y, de hecho, llega. ¿No crees?

Sí, contesta Pedro, ha llegado hace aproximadamente… Berta le corta, dice que el aproximadamente no existe o no debería. La camarera viene con la cuenta, que señala 5´20 €. Berta le pregunta a Pedro si tiene 50 céntimos. ¿Te puedo invitar a otra? Pregunta Berta. No, déjalo, contesta Pedro… Bueno, tomaré un vodka ¿Puede ser? Un vodka con tónica. Estupendo, dice Berta. Alza la mano y le dice a la camarera que ponga un vodka con tónica a su amigo y otra copita de vino para ella. Entre la maraña con algunas calvas de su pelo blanco reconozco la virtud de que siga viva -dice Berta-, me refiero a mi madre. Tiene ya 72 años, casi 73. Cuando estoy en casa a veces la peino. Sé que le gusta. Mi padre, sé que lo apreciabas, se fue demasiado pronto, como sabes. Quizás te apetezca un cigarrillo. No -dice Pedro- no me apetece tener que salir a la calle. La camarera acaba de servir las nuevas consumiciones y de llevarse los utensilios vacíos.

¿Para ti qué tiene sentido? Pregunta Berta.

Pedro dice que mañana ha de levantarse a las siete para ir a Arganda. Que espera que le arranque bien el coche. Que, por lo demás, casi absolutamente nada y añade: Ahora mismo, al menos, no.

Berta pregunta en alto qué sentido tiene interpretar si no dotar de fascinación meras palabras e incluso ofrecer sentido a esa propia fascinación mediante meras palabras. Porque, matiza, pensamos con palabras. Asociamos imágenes y ejercemos la fascinación mediante la expresión ¿No? Pedro dice no entender nada, o no apetecerle asimilar nada de eso en este momento. Berta sonríe y Pedro interpreta cierto cinismo en esa sonrisa. Sí, dice Pedro, de acuerdo, Bertuca, está claro, pensamos con imágenes, o palabras, o lo que sea. Después de eso da un buen sorbo al tubo de vodka con tónica. Sí, lo que sea, dice Berta, y mira su reloj. Son las ocho y diez, Pedro. Añade: No sé si lo tengo adelantado. Sólo dos o tres minutos, dice Pedro, mirando el suyo. Berta vuelve a pedir la cuenta. 10´70 €.

Tras acabar sendas consumiciones y pagar, ambos, Pedro y Berta, tras levantarse de sus sillas salen del bar. Berta le pregunta a Pedro hacia dónde va. Dice que hacia arriba. ¿Y tú? Pregunta. Berta dice que aún no lo sabe. Se despiden, más o menos, con un abrazo. Berta encamina sus pasos hacia una bocacalle que abre a su izquierda. Advierte que del cielo empieza a gotear.

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Fotografía: Soda shop late 50s

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