Belcebú

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Era el cuarto padrenuestro postrado en el escritorio de la habitación. Nadie atendía mi llanto. Apenas me daba cuenta de que la casa empezaba a incendiarse. En la cama flotaba el esperma de mi primera masturbación.

Dios bajó y me dijo “Ven”. Señalé a mi hijo. Le dije “Llévatelo a él, Satán”.

Un perro ladraba en la calle. Supe de los disfraces de la máquina. Nadie atendía a mi súplica. Quería morir, así que recé de nuevo.

El teléfono sonó. Era mamá. Me dijo que si me pasaba algo. “Todo está bien”, dije. De veras oía mi lamento, pero ¿Cómo admitir que había sido a causa del demonio? ¿Cómo decir de mi dolor? Mi cuerpo estaba extenuado. Aún tenía espasmos. Mamá quería que, cuando llegase de trabajar, hubiese pan. ¿Con qué cara bajo yo a por el pan? Me decía una y otra vez a mí mismo. Le dije que tenía una especie de gripe, que debía curarme, pero que habría pan. Ella dijo que siempre había recogido el pan ella y que hoy no podía. Rompí a llorar. “Mamá, creo que estoy enfermo” “Tengo mucho trabajo hoy, hijo, pero iremos al médico lo antes posible”. Colgué. Acudí a la cocina donde vi las tijeras. Dios moraba en el brillo de su cáscara. Quise cogerlas. En ese momento, me dije que aún no lo había lavado todo. Mi esperma flotaba sobre la cama. Ella era una diosa. Una mujer sin vergüenza alguna que se frotaba en público a cambio de unas pocas monedas. Mi hermano era culpable. Él hizo de mí lo que era ante mi almohada. Recé de nuevo. Volvió a sonar el teléfono.

“No, mamá, no es fiebre, es…”. Ella insistía. Dije que necesitaba dormir para que el dolor de cabeza huyese. Mamá dijo que comeríamos sin pan hoy por mi culpa, pero que iríamos al médico sí o sí. Dije que me recuperaría. Me dijo que el jefe la estaba llamando. Colgamos.

¿Qué hacía yo? Todo cuadraba. La virgencita sabría ya de mi pecado. Pensé que la vida tenía cosas buenas. Le dije a Dios que no lo volvería a hacer. Todo empezó con una erección cada vez menos inocente. Plegué a mis piernas mi miembro viril. Aquella muchacha se frotaba a través de sus sucias bragas y el público, compuesto de mendigos, echaba monedas. Yo echaba monedas. Dios echaba monedas. Y ahora yo le decía a Dios que apartase de mí el cáliz. Joder, he comprendido, pensé.

Me miré la polla. Quería morir. La había metido en agua y echado polvos de bicarbonato. Ahora, pensé, comprendía de qué estaba hecho el Génesis.

Eché agua sobre las sábanas. Y lejía. Cogí el rosario de garbanzos que heredé de abuela y pedí perdón antes de frotar con él la cama. La mujer de las monedas se corría cada vez más y era mi cara objeto de su gusto. Primero se frotaba con los dedos de una mano, empezaba a salir sangre de sus bragas. Su culo era violado por tres mendigos. Mi turno no llegaba. Fui a la cocina. Cogí las tijeras. El teléfono volvió a sonar. Le dije a mamá que lo iba a hacer. Me dijo que era un buen chico y que comeríamos hoy con pan. No, dije, nada de pan. Colgué. Recordé a mi hermano. Pero él podía. Tenía ya una edad. Eso que se llamaba semen era un líquido blanco y viscoso. Este era mío. No, dije, perdóname, perro que ladras en la calle. Máquina de aparentemente fácil manejo, calla de una vez. El perro ladraba. Posteriormente dijo: Déjame entrar, soy yo, tu hermano. Cállate, dije, Belcebú. Recé otra vez. Mi hermano me dijo que pusiese la televisión y me distrajera con los deportes. Lo hice. El portero del equipo rival era Jesucristo. Eso no me tranquilizó demasiado. Sonó el teléfono, pero no era mamá, sino el médico: Carlitos, tu mamá me ha llamado muy preocupada ¿Quieres que vaya a tu casa a examinarte la tensión? Me ha dicho que, ya que voy, suba el pan. Dije que no lo hiciera, que ya estaba bien. Jesucristo recibió un gol del nuevo fichaje del equipo contrario. Joder. Entonces le dije al doctor que viniese cuanto antes o enloquecería de enfermedad. Y colgué. Mi corazón estaba exhausto.

Cuando vino se lo conté todo. No pasa nada, Carlitos, dijo. Eso es cosa de los que sois muy jóvenes. Acto seguido, sacó de la bolsa de plástico la barra de pan, se bajó los pantalones y me dijo: Mi ano tiene calor.

Mamá llegó sobre las tres y el doctor aún estaba allí. Ella preguntó qué pasaba. A lo que el buen doctor repuso que Carlitos estaba perfectamente gracias a unas pastillas que le había proporcionado. ¿Cuánto le debo, doctor? Es usted tan eficiente. El buen doctor dijo que nada, que estaba contento de poder ayudar en lo que hiciera falta. Yo dije que me veía bien. ¿Ve? Sólo ha sangrado un poco ¿Verdad, Carlitos? Dijo el doctor mostrando la cama. Mamá dijo que no pasaba nada, que eso sólo era cambiar las sábanas. Mamá invitó al buen doctor a quedarse a comer. A lo que el médico dijo que le esperaba su señora en casa. Entonces mamá preguntó por el pan y fue cuando dije yo: Me lo he comido.

Un relámpago sonó.

Desde entonces, su sonrisa me acompaña.

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