Aperturas de cieno y prisa de navajazos (Micro-relato)

A veces veo brotar de mis ojos aperturas de cieno. Una vez en el barro se desdicen las unas a las otras procurando una cerradura a lo que fue, por un momento, la dicha.

Hoy este charco es un vaso lleno de lágrimas que aún no he derramado. Está seco. Y los ojos de una mujer brotan de ese vacío diciéndome: tranquilo, soy yo. No se trata, precisamente, de mi madre. Es una señora o señorita que ha venido a hacer su trabajo e irse. Le pregunto qué edad tiene y responde que la suficiente. ¿La suficiente para ser alguien? La suficiente para hacer mi trabajo e irme. Le digo que es esa una edad muy ambigua. Me pregunta si soy poeta. Digo que no, que sólo a veces un poco impertinente. Me dice que si deseo que, además de pegarme, quiere que me ponga unas esposas deberé abonar 40 € más. Le digo que a veces veo brotar de mis ojos aperturas de cieno. Una vez en el barro se desdicen las unas a las otras procurando una cerradura a lo que fue, por un momento, la dicha. Me suelta el primer manotazo. Digo que no quiero eso de ella, que sólo quiero que escuche mi canción. La he compuesto para una obra de teatro que mi hijo menor representa en el colegio. Me suelta un puñetazo en la nariz. Digo que eso ha dolido. Digo que no dispongo de 40 € pero sí he llorado de vez en cuando palomas de ceniza. Saca una navaja y me la pone en el cuello. Dice que le dé todo lo que tengo. Le digo que sólo tengo palabras y dos hijos, que ella se fue a centroamérica y me dejó solo al cuidado de nuestros hijos. Le pregunto si puedo enseñarle las fotos de mis pequeños. Me raja la mano. Digo que la sangre que sale es de mentira. Me pide que le dé la otra mano. La raja. Digo que duele. Dice que le debo 35 €. Digo que el cielo es un bocado de la distancia. Me dice que le apetece mear encima de mi cara. Le digo que, por favor, lo haga. Dice que no, que se le han quitado las ganas. Dice que matará a mis dos hijitos después de matarme a mí. Digo que una vez estuve en el ascensor de un rascacielos. Puedo notar cómo una primera puñalada se clava en mi tripa. Chorrea sangre marrón. Digo que tengo hambre. Poeta tenías que ser, dice ella. Añade: un poeta de mierda. Digo que a veces lo intento, pero que no me muero. Vuelve a clavar el cuchillo y le digo que no noto nada. Le digo que tengo sueño, que, por favor, se recueste a mi lado. Que la abrazaré. Dice que una rosa es un mito entre unas dunas que no se mueven. Digo que sí, y me duermo. No oigo sus pasos acercarse a la puerta de salida. Tampoco oigo que abra cajones ni nada por el estilo, ni siquiera he notado que bajase de la cama. He pensado que es probable que se haya quitado las botas para no hacer ruido, no lo voy a negar. Pero por un momento confío en que se ha arropado junto a mí, sin tocarme, bajo una sábana inundada de sangre y se ha quedado, como yo, dormida. A mi lado.

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La fotografía que ilustra esta nadería, lo es, de micro-relato pertenece a Kevin German

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