Amistad (micro-cuento)

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“La palabra bien puede cumplir el papel de la carroña. En cualquier caso, ya no es apetitosa” (Lacan)

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A los ocho años él era un chaval muy querido. La mayoría de sus amigos del cole, del campamento y de la parroquia querían acostarse a su lado. Él apretaba el ojete fuerte. Cerraba los párpados con la intención de que su par de bolas oculares cayera hacia dentro. Se hacía el dormido con frecuencia. En la noche de un domingo recuerda observar nubes moradas antes de irse a la cama a hojear un tebeo y después, quién sabe, dormir, soñar con algo. A la mañana siguiente despertaba mucho antes de que sonara el despertador e iba al servicio a hacer sus necesidades. Evitaba verse reflejado en el espejo. Iba a la habitación de mamá y depositaba un beso en su blanca y dormida mejilla. Después se vestía, colocaba una mochila con libros y cuadernos a su espalda e iba al cole tras desayunar leche y galletas. Años antes su abuelo le había regalado una corneta que no emitía sonido alguno. En los trayectos la soplaba muy fuerte. Intentaba, en vano, hacerla sonar, logrando a cambio quejidos bronquiales, en ocasiones considerables. Sangraba por las narices muy a menudo. Era un auténtico idiota y muchas veces parecía consciente de ello. De esa conciencia le era venido su carisma. Quién sabe si era esa la razón de que los demás, sus amigos, también idiotas a nuestra manera, quisiéramos acostarnos con él, eliminar su virginidad de un plumazo, reventar a consecuencia de amarlo. Matar eso, fuera lo que fuera.

Yo una vez lo invité, durante el recreo, a un cigarrillo. Le dije que le había robado a mi padre una cajetilla entera. Le dije que sabía dónde escondía los cartones. Me dijo que no, a pesar de que se lo pedí por favor. También le dije que era mi mejor amigo. Yo tenía demasiados mejores amigos por aquel entonces. Él, a buen seguro, también. Se fue. Me fui. Ni él ni yo éramos de terminar el curso con unas notas estupendas. Han pasado aproximadamente treinta años de esa mañana.

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Hace dos semanas nos encontramos uno enfrente del otro en una estación de metro, separados por un andén con su correspondiente par de vías. Hizo que no me vio. Hice que no lo vi. Él era otro. Yo, en todo caso, supuse, no iba a ser menos.

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En la foto: Selfie de unos labios, por AJN

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