Amar en trigales revueltos IV (23/07/08)

– Jose Antonio ¿No vienes a la pisci?
– No. Tengo un animalito en casa y he de hacerle compañía. Lo siento, chicos.
– Nada. Otro día será.

…………………………

– Mamá. Nuestro amigo Jose Antonio, el Asenjo, nos ha dicho que no viene a la piscina porque debe de hacer compañía a un animalito y nosotros creemos que es una mentira que nos ha dicho y que, en el fondo, no nos ajunta.
– Eso que me decís es muy serio, hijos. Ahora mismito llamo a la Sra. Esquivel para comentárselo.
– No mamá, no lo hagas. Nos arriesgamos a que digan que somos unos chivatos en el vecindario y debemos cuidarnos de esas cosas ¿No crees?
– Hijos míos, es cierto que nos encontramos ante una delicada situación. No obstante voy a ocuparme de ello con discreción. No debéis preocuparos, pues estáis dejando este asunto en manos de vuestra madre, la famosa de España: Isabel Drexler. Dadme el teléfono en seguida, el verde.

………………………….

– Hola ¿Sra. Esquivel?
– No. No está ¿Quién es usted?
– Soy Isabel Drexler ¿No serás el pequeño Jose Antonio Asenjo?
– No, soy su padre, César Asenjo.
– Oh, discúlpeme, no sabía que usted existía. Soy vecina suya. Encantada de conocerle.
– Disculpe ¿Cómo ha dicho que se llama?
– Isabel, Isabel Drexler. Era para hacerle una pregunta a su señora.
– Pues no está ¿Por casualidad, no sabrá usted en qué año estamos, señora vecina?
– Pues en 2008, creo.
– Menos mal.
– ¿Por qué lo dice? ¿Le ocurre algo?
– No. Es que me metí en una máquina de criogenizar y me he despertado hoy. No sabe cómo me alegra que fuera mentira todo eso de Paco Rabanne sobre el fin del mundo. ¿Entonces, sigo siendo una persona con familia, vecindario y todo eso y todo ello sin estar sumido en la ruina?
– Supongo señor. Su esposa nunca me habló de usted. Yo no sabía… en realidad llamaba para una tontería.
– La escucho, perdona ¿Cómo ha dicho que se llamaba usted?
– Isabel, Isabel Drexler. Le llamaba para una cosa de su hijo. Es que me han dicho mis hijos que no quiere venir a la piscina porque…
– Lamento interrumpirle señora. Es que oigo ruidos, como pitidos de coche, y me preguntaba si no sería usted, por casualidad, haciéndolos con la boca para despistarme. No estaría bien, señora. Criogenizarse afecta mucho. Yo soy una persona que sufre ¿Sabe? Por un momento he pensado que eran voces satánicas procedentes de mi cerebro.
– No, discúlpeme. Comprendo esté usted muy afectado. Llamaré en otro momento, cuando esté su señora. Mejórese. El mundo es un sitio bueno, señor… voy a colgar.
– Eh Sra. Drexler, que no cuelgue, que soy yo, Jose Antonio Asenjo imitando la voz de una persona mayor, que era una broma. Que yo no tengo padre. Que murió en la guerra de Marsella, que yo sepa. Vamos, que es lo que me han contado ¿Cómo se encuentra?
– Hijo, Jose Antonio, me habías preocupado. De verdad que estaba con el corazón… ¿Por qué no vienes a la piscina con los chicos?
– ¿Me invita, de verdad?
– Por supuesto.
– No. Es que no puedo. Que es que tengo un rinoceronte pequeñito con cornamenta de cabra y le tengo que hacer compañía, pero se lo agradezco mucho. Es usted muy amable.
– Nada, hijo. Ya sabes que, cuando termines, puedes venir siempre que quieras.
– Muchas gracias Sra. Drexler. Le diré a mi madre que ha llamado. Es que ha ido a auscultarse el cerebro al especialista. Ya sabe… como a mí me detectaron una lasaña el otro día…
– Ah. Venga, pero que sabes que puedes venir, eh, siempre. Un abrazo, bonito.
– Un abrazo. Tiene usted unos hijos estupendos y muy inteligentes.
– Gracias. Se lo diré.

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