Alberta

Acaba de hablar con su terapeuta. Le ha contado cómo se siente con el nuevo tratamiento. Ha dicho cosas como: Mi aparato locomotor se ve muy afectado, No tengo claridad de ideas, No tengo actitud sexual, Me tiembla el pulso y esto supone a veces un problema al introducir mi metrobús en la ranura… Me confunden, no sé, con una… drogadicta… El terapeuta le ha dicho que tenga paciencia, que todo eso es normal. Ella ha seguido hablando: Soy consciente del patetismo andante que supongo cuando voy a un lado u otro, por la calle, no sé, a la compra. Ha añadido que en el trabajo la miran raro, que ejercen demasiada autoridad sobre ella a cambio de escasa compensación económica. Su terapeuta le ha dicho que es por su bien, que, en cuanto observe mejoría en ella, le irá bajando el tratamiento, y que está seguro de que esto sucederá tarde o temprano. Ha añadido que más bien temprano que tarde.

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Alberta calienta leche en el microondas y le añade dos cucharadas de azúcar. Continúa a solas la conversación con el terapeuta. Dice que no puede pensar, y dice que, sin embargo, es consciente. Dice que la nostalgia es un invento de un médico del siglo XVII llamado Hofer. Una mezcla de nostos y algos, de retorno y sufrimiento. Libre de esa patología, del primer vicio natural del pensamiento, le dice, sólo es nada y conciencia de esa nada. Es una planta de flores desconocidas sujeta a una raíz que no existe, le dice. Da un sorbo del vaso de leche. Dice: Ojalá fuera una recién nacida, doctor. O una loca. No: Una no-nacida, una no-loca, una no-existencia. Ojalá no una consciente muerte. Así no existe, no sé, la música. Así no nada. Soy una mujer de 35 años. Fui niña. Tenía una familia. Iba al colegio. Fui una joven con encanto, supongo; una joven que se miraba al espejo para peinarse… Da otro sorbo al vaso de leche. Enciende un cigarro. Llama a su hermano. Él escribe poesías muy bonitas y discursos y novelas, él me conoce y ha crecido conmigo. No lo coge. A ver… está tan ocupado con la vida. Mañana ficho a las ocho, doctor, salgo a las cinco. Alberta tiene que sostener el vaso con las dos manos para que no se derrame lo de dentro. Queda poca leche. Habrá que ir a comprar. Alberta aplasta el cigarro contra el cenicero. Alberta llora y le dice al doctor que no está enfrente suyo que ya sabe ella que es patética, que no hace falta que lo diga él. Alberta mira el reloj, que señala las diez de la noche. Enciende un nuevo cigarro. Llama de nuevo a su hermano. Tiene pensado decirle que le quiere. A ver si así sucede algo, se dice. No sabe. Parece que no lo coge. Alberta cuelga. Llena de agua el vaso que anteriormente contenía leche y echa las indicadas por el doctor 60 gotas.

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Carlos ha recibido la noticia de que va a ser padre. Le ha dicho a Clara que no se ve haciéndose cargo. Clara le ha dicho que no quiere abortar, que ya sería la tercera vez. Quiere tenerlo y que él sea parte de eso porque él es el padre. Carlos le ha dicho que estaba contemplando irse a vivir al extranjero, que está esperando un adelanto por su ensayo sobre los Spifame. Ella le ha dicho que necesita verle, que si lo comprende, que se trata de la vida, que es una cuestión de ahora o nunca. Él ha respondido que la espera en casa si ella quiere, que se tranquilice, que atenderá unos correos mientras. Ella ha dicho que no tardará más de hora y media. Él le ha dicho que de acuerdo, que cenarán juntos, que todavía tiene macarrones del pasado domingo, y algo de queso.

Mientras cruza el pasillo para ir al baño, Carlos percibe cambios en la pintura de la pared seguramente propiciados por una luz a la que en ese momento no se acostumbra. También le es otra la longitud del techo. Mañana deberá estar a las diez en el banco para arreglar cosas sin falta.

Claude de Vignet era un hombre medio calvo, de mirada alegre, que pensaba ser el rey de los poetas, y cuya locura consistía fundamentalmente en desgarrar todo papel o pergamino no escrito por su mano, ya que creía ver en ellos las producciones rivales de los malos poetas de la época, que le habían robado los favores del rey Henry II y de la corte.

Carlos se mira en el espejo si tiene sucios los dientes. Calcula la llegada de Clara para las once u once y cuarto. Se dice que lo mejor que puede hacer para evitar pensar demasiado es masturbarse. La ciencia es algo valioso, se dice. Un método generalizado de evaluar la información de acuerdo con datos empíricos. En su teléfono móvil figuran tres llamadas perdidas. Una es de un número desconocido. Las otras dos son de Alberta. Qué bien vive esa hijadelagranputa.

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Ilustración de Javier Reta

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