Monologuistas

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Hubiera sido difícil que saliese de mí iniciar una conversación con Carlangas. No digo que no hubiera podido darse, sino que poco lo había considerado durante el tiempo en que nos conocíamos. En cuanto al escenario, la noche había caído. Uno simplemente contemplaba la lumbre y procuraba guiar de la mejor manera posible su experimento semanal con el ácido. Éramos a un tiempo demasiado jóvenes y demasiado viejos, aunque sobre todo demasiado jóvenes. Me encontraba contemplando plácidamente la lumbre, si bien en un inicio me limitaba a observar la parte baja y jugar con la posibilidad de darme a ver diminutos sátiros llevando fuego al fuego para mayor resplandor de la hoguera en una imaginería similar a la que pudiera darse en una mina repleta de trabajadores o bien los eslabones que uno tiende a imaginar en el interior de esos hormigueros que bien podría destruir a base de pisarlos a los cuatro años de edad. Carlangas no era mucho de usar drogas más allá del cáñamo. Por otro tipo de circunstancias relacionadas con el prejuicio me era un tipo la mar de raro si bien no terminaba de caerme antipático (no había hecho méritos para ello). De la misma manera concebía que él me percibía de una forma similar. Apenas unos pocos encontronazos en los pasillos del colegio, algún que otro amigo en común y poco más. No era capaz de percibir que tuviéramos cosas que compartir y, asimismo, tampoco me era de recibo que él pensase algo diferente en cuanto a mí. De entrada no me pareció bien su manera de romper el hielo. Se limitó a preguntar que qué hacía. Tomó asiento como si tal cosa. No parecía tener muy en cuenta la probabilidad de que a mí, por alguna razón que no tenía por qué ser de su incumbencia, me apeteciese darme a una respuesta, menos tras desestimar las muchas ocasiones en que esa situación podría haberse dado, sin la obtención de resultado alguno. Es fácil adivinar qué estoy haciendo, Carlos. Estoy contemplando a una mujer tras la lumbre, sé que no está ahí, pero me entretengo percibiéndola a pesar de todo. Hay para mí cierta belleza en su mirada, si bien no parece tener absoluta gana de devolver mirada alguna. ¿Quieres saber quién es? Poco importa. Sí, creo que la conoces. Es bastante indiferente. Una vez coincidimos en el autobús y nos miramos durante todo el viaje, unas veces poniendo precaución en no ser adivinados por el otro, otras usando el descaro. Sin embargo, nada, no volvió a suceder. Y ahora está ahí, tras la lumbre. No quiere mirar. Pero ¿Por qué no habría de recrearme en su manera de mirar al suelo? Lleva la misma ropa del día del autobús, una camisa de franela roja con cuadros blancos y algún que otro motivo de color marrón y pantalones vaqueros bastante gastados. En este momento es la muchacha más hermosa del mundo, pero ¿Quién sabe mañana? ¿Sabes? No creí que nos diéramos nunca a una conversación. Entonces habló él. Dijo que tampoco él lo creía, pero que por qué no. Le llamaba la atención que estuviese solo ¿Vas de ajo, no? Le dije que sí. Me informó de que en la casa todo el mundo estaba de risas y que había alcohol suficiente, pero que el hielo estaba en las últimas. Podía haberse terminado ahí la conversación, pero me dio por decirle que le quería, ya ven qué chorrada. Si bien esperaba alguna salida de tono mayor por su parte, no algo serio, una pregunta del tipo que si soy gilipollas o algo así, lo cuál hubiera dejado su cerebro de mosquito a merced de un nuevo entretenimiento por mi parte. Muy al contrario de lo que yo pensaba no salió por peteneras llevada a cabo mi provocación y dijo que querer a la gente era peligroso. A veces, dijo, huía de quererla y, sin embargo, ay, no podía evitar observar a las personas, adivinar en sus movimientos ciertos rasgos que le unían a una vida que tarde o temprano daría con su fin. Pues sí, dije, encogiéndome de hombros. Él me informó que hacía dos días había muerto de un infarto un boxeador que, tras destrozar a sus oponentes, escribía poemas de amor tras darse una ducha. Conocía bien el caso. 22 victorias por KO. Dejó el boxeo en cuanto le dieron una buena. Era de esperar. Pasa con muchas rocas, y el boxeador poeta era una de ellas. Todos le temían. No caía nunca. Acertaba en la cara. Sus oponentes recibían instrucciones de cubrirla. Si no daba con ella atacaba las costillas. Era una piedra que no acusaba golpe alguno. Tras someter a los que cayeron a un mínimo de dos años de dieta líquida, efectivamente, escribía la palabra amor en una libreta y hacía versos. Su lema era: Hago esto porque la amo. A ella, que no existía, y a su madre, que estaba muerta. No tardó en dar con un oponente serio que usaba bien la cabeza, preparación, un juego de piernas exquisito y dado a esquivarlo todo y aprovechar las oportunidades. No lo dejó KO, pero lo sumió en el ridículo y se llevó los puntos de manera sobradísima. El poeta no tenía preparación alguna. Era un ganador de discusiones de bar capaz de dejar en urgencias a cuarenta tipos. Y de ahí le vino lo de boxear. Le pregunté a Carlos si le podía llamar Carlangas y él me respondió que todo el mundo le llamaba así. Le dije: Mira, Carlangas, los poemas de ese pollo no tienen ningún valor. No dudó en preguntarme si los había leído. Le dije que era una apuesta editorial sin pies ni cabeza. Sí, era joven. Una lástima. A mí también se me va gente, y a ti también. Él me dijo que ese hombre tenía un verso donde aseguraba que sólo lloraba en la ducha. Le dije que una vez iba con mi padre por el norte, algo debió ver en la nieve, que relucía en la noche. Era blanco, una especie de trozo de nieve corriendo por entre la nieve. Por la velocidad a la que va estoy casi seguro de que es una liebre, dijo mi padre, y me preguntó si yo la veía. No sé, quizá la vi durante un período máximo de un par de segundos. Enseguida me hizo notar que había cambiado de tema como si tal cosa, lo que yo justifiqué con los efectos del ácido. Sin embargo yo quería hacerle notar lo que entendía por poesía, y así se lo dije. No parecíamos llegar a un acuerdo, así que abandonamos ese tema. El silencio se dejó notar. Antes de volver a la casa me dijo que me dejaba con esa chica que permanecía absorta. Yo le dije que era probable que subiese en un rato. Inició su camino hacia la casa consistente en cruzar un pequeño jardín totalmente descuidado. Y sí, se dio la vuelta para preguntarme por qué coño le había dicho que le quería. Dudé en mandarle a la mierda, pero le dije que no tenía absoluta idea de por qué lo había hecho y que no se preocupase por el asunto, pues poco tenía que ver con interés alguno. Una mera forma de corresponder a su manera de romper el hielo conmigo. El hielo y el fuego, dijo él. Le dije que mejor lo dejáramos en el hielo, y que se fuera de una vez. Lo hizo. Volvimos a hablar alguna vez de darse ocasión, pero poco, nada de conversación, cosas resueltas en cierta concordia. Apenas nada ¿Qué más daba? Sólo han pasado cuatro años y no he vuelto a preguntar a nadie por su ausencia. Tampoco yo sé nada. Una vez lo busqué a través de las redes sociales. No estaba. Por otro lado, tampoco puedo estar muy seguro de haber escrito correctamente el leve recuerdo que es en mí su apellido. Si vuelve quizás le salude. No veo por qué no hacerlo.

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