Vida literaria en lugares de creación de publicidad, pasta y diseño (I)

A mí se me ha vendido en esto de la literatura como una cosa que no soy (o no más que lo somos todos los demás), un tipo esquizofrénico (en verdad, esto lo empecé para librarme de la mili -cosa que conseguí-). Así gente de ayer y hoy, reguapa y de talento discutible, como la gran Elvira Lindo, me decía que quedaba sirviendo canapés en la reliquia Hotel Kafka como un príncipe, guapo además, que es una cosa que lo es más ella que yo, que cobraba en su hora de visita (anual, para orgullo -publicitario- del sitio) lo que yo, por esquizofrénico (que, ya he dicho, no lo soy) en un mes (a veces en dos). No me llegaba para el transporte público. Yo los leía. A mí, qué se podía esperar de un bedel esquizofrénico al que le habían dicho que se hiciera un blog, más que, ay, delirio.. y hay delirio, delirio y, sobre todo, verdad, mucha la callo (o la suelto a la manera de un ser que delira)… hoy ya veré.

En principio, un poderoso que soñaba cautelosamente con la impotencia, un buen día, tras chupársela a un poeta (dicen que ahí hubo cosas de hasta poner el culo, pero poco puedo atestiguar, ya que no estaba) me vino con la ínfula de que había alquilado un lugar, de que tenía una noticia. Su entusiasmo era casi grande, y fue hasta el hecho de invitarme a la jarra de cerveza (La Mayor), misma cafetería donde el poeta (dandi entre francés y ruso en su manera -hoy alguien en Podemos-) me dedicó su estupendo libro de versos La prisa. Entonces mi mejor amigo en ese momento, portador de la noticia, dijo las palabras Hotel Kafka y añadió que si él fuera un personaje de Shakespeare sería Ricardo III. Pregunté si se trataba de unas habitaciones. Me dijo que ojalá, si tuviese dinero… Me dijo que contaba conmigo. Acerté a preguntarme acerca de lo poco que aspira el hombre a saber de un animal, el cómo te ve. Esto resulta algo paradójico cuando aciertas a sugerir que el animal te ve a ti mismo como a un animal, te dices que así debe ser y, si te da por ahí, te preguntas qué es una estrella sino una luciérnaga que nada dentro del ojo de un caballo que inspiró vitalidad a un Nietzsche ya senil, ya crecido en la poética de su locura, recién autor de Ecce homo, que hubiera pasado por humorística de ser escrita por Samuel Beckett sesenta años después.

Ya por aquel entonces (debe de hacer doce años) yo era mi propio panegirista. Dueño de una herencia (la de la abuela, que moriría dos años después) ida en la Escuela de letras de Madrid, que dirigía el poeta metido a política y de un dandismo entre afrancesado, ruso y también, me parece a mí, algo vienés (de El Bierzo). Yo no venía de ser un Hugo von Hofmannsthal o un Rimbaud, precisamente. Yo era uno que había perdido a sus amigos porque no lo eran y se encontraba solo y sin novia en la habitación de un pueblo donde solamente había un bar. El resto era masturbación, lectura y lectura de la masturbación.

El único amigo que tenía en ese momento me invitó a una nueva jarra de cerveza y me dijo que mi proyecto literario le recordaba demasiado a Mortal y rosa (que no se había leído, así como tampoco mi proyecto). Le dije que yo, como Swift, leía en mis cumpleaños El libro de Job y, a continuación, abracé a esa bestia. Le dije que, así como Artaud, era mi padre, mi madre, mi hijo y yo, y añadí que también era mi cadáver, pero que gracias a la disposición de lo aprendido en el mundillo literario madrileño y, sobre todo, a Tolstoi, ahora sabía que la muerte era algo que no existía. Él me dijo que tenía que irse, que contaba conmigo. Añadió en mis imaginaciones unas palabras de Canetti a Kafka que venían a decir algo así como Tu espíritu sólo tiene fuerza orientado hacia un fin, abandonado a sí mismo, canta hasta la desesperación.

Mientras vaciaba una nueva jarra me veía en un día siguiente: Dolocatil, fiebre y noche resumida en un retrato en verso de Proust (trad. Consuelo Berges) que, como en él hizo vivir (también en Baudelaire, las rosas brillando dentro de dos manos cerradas y Madame Verdurin, nos vive a nosotros hoy, en este caso al genial compositor pianístico, a quien, en un ataque de medida vanidad, veo morir, sin morir, a mi manera -que hoy es la manera de Proust-).

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“Chopin, mar de suspiros, de quejas, de sollozos
que mariposas cruzan en un vuelo sin tregua
jugando en la tristeza o danzando en la ola.
Sueñe, ame, sufra, grite o calle, encante, meza,
entre cada dolor siempre interpones
el raudo y dulce olvido de tu juego
como de flor en flor las mariposas vuelan.
Cómplice tu alegría de tu pena.
A raudal más gozoso, mayor la sed de lágrimas.
Pálido y dulce hermano de la luna y del mar,
príncipe del dolor, gran señor traicionado:
te exaltas todavía, más bello cuanto más pálido,
ante ese sol que inunda tu habitación de enfermo
que llora de sonreírle y que sufre de verle:
¡sonrisa de pesar, lágrimas de esperanza!”

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Pasa que en Pere Lachaise la tumba de Chopin ya no existe (ni hablar de la de Gérard de Nerval), ahí sólo hay muchachas inglesas, japonesas y del Este haciendo cola ante la tumba de Morrison, entre porros (polen, mora, jazmín, pera…) y litronas marca Hacendado, tras el necesario shopping por el Boulevard Haussmann o la Rue de Rivoli.

Dos meses después de lo de las jarras me vería interrumpiendo mis vacaciones en la piscina de Valseca para ir a ver el gran proyecto llamado Hotel Kafka. Yo, para aquel entonces, ya no era profesor del mismo, sino el primer alumno que llena de orgullo este centro de estudios e ideas.

Hoy es sábado, 30 de abril de 2016, y, desde mi habitación, donde sólo hay una puerta de acceso, estoy oyendo hacerse más pequeño a un hijo que, según creo, no tengo o, en todo caso, soy yo. Esta cosa, me parece… irá por entregas. Epitafio, más o menos propio, de hoy: Mutter ich bin dumm.

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Imagen: Autorretrato (El autor de la fotografía responde al nick Nakuro)

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