Vida literaria en lugares de creación de publicidad, pasta y diseño (II)

“Con una hermosa herida he venido al mundo; era todo cuanto tenía” (Kafka, Un médico rural)

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Era una tarde de septiembre, casi octubre. El verano, junto con los amigos, se retiraba, cada uno a sus cosas. El sol en ese año de precoz otoño ya había quedado como un holograma de sí mismo, una fantasía que sólo la suposición de una sombra allí crea, así como los planetas que a distintas velocidades giran sobre la vida, que es una tentación hecha de luz, la luz que es el propio sol, que es la propia vida.

Mi padre estaba en el hospital y dos amigos de amigos (uno de ellos, colombiano, me dijo que, en dos ocasiones, había entrevistado a Gabo) me llevaron de la mano a la sede de la Escuela de Letras de Madrid. Allí me esperaba mi hermano, como él me llamaría más tarde. Yo diría que había ido a que me contasen un poco de qué iba aquello. La entrevista duró diez minutos, esto es: hasta que me cansé y solté la pasta. Los amigos de mis amigos también participaron mostrando, en ocasiones, que eso de la cultura era una cosa que les ponía mucho. Al salir el colombiano me dijo: Enhorabuena. Yo le pregunté por qué. Me dijo que de esta iba a salir un best seller. Dije que sí. El otro me preguntó qué me había parecido el tipo (el que luego me llamaría su hermano). Le dije que era un vendedor de aire. Le dije que me caían bien los vendedores de aire, de un aire que no necesariamente diese aire, como sería el caso de un ventilador o un frigorífico, que eran cosas más baratas que la nada y de la nada ni siquiera crecían flores de Bach (hasta que me diesen, que no es que no me lo ofreciesen con el tiempo, el best seller, al menos). Dije que, por otro lado, iba a llegar pronto el frío. Les invité a unos daikiris (yo tomé Dyc con coca-cola) y me fui al metro (Ópera) camino del intercambiador de Moncloa. El metro era un lugar casi vacío cuando yo repetía, para mis adentros, la palabra Nunca. Muchos años más tarde el jefe de La Escuela de Letras de Madrid publicaría los versos: “Vivimos en el borde ni siquiera en el centro / de un pensamiento tan fugaz, tan raro”. En ese trayecto, de mi bolsillo, brotaba un domingo. Pero era un domingo en que no estaba mamá. Por otro lado, las protagonistas de los cuentos de Sacher-Masoch, ese pestiño -revolucionario-, nunca son madres. Yo era una madre metida dentro de un pestiño nada revolucionario y mi cara resultaba en la promesa de un best seller. Mi cara era un domingo eterno, un pueblo en el que acodarme en su barra para gastar las perras que me habían sobrado de un timo avalado por abuela, que era más madre que mi propia madre (entre las dos me habían enseñado a ser bueno) en domingo, en el domingo de mi cara, de mi bolsillo y de dos amigos de amigos a los que les ponía (y mucho) eso de la cultura.

Era yo en cada trayecto el bueno de Sancho Panza, esa persona que observa, calla y, por otra parte, nunca se jactó de ello, según señaló Kafka, acerca del único hombre a quien consideró libre. Pero yo hoy me jacto. Lo hago. Me lo pide el sol, que ayer fue holograma solamente y hoy fulgura con la claridad de un epitafio sobre el árbol que acecha tras la ventana desde donde escribo esto. Uno fue opinión en los demás. Llegado el momento de que la opinión de esos demás no existe, uno sigue siendo la vieja opinión, la de un entonces donde unos cuantos opinaron. Se pierde en esa antigua opinión que probablemente sólo él recuerda y se diluye en ella y pasa de ser alguien que teclea frente a una ventana que da a un árbol o viaja en el metro a ser un algo que, curiosamente, feneció hace mucho tiempo. Murió, de pena, de alegría… en todo caso de felicidad. El ser a menudo se restaura en ilusiones y eso ofrece ser al ser, eso ofrece ilusión a la vida, crecimiento a la planta que mora en un asfalto. El sol sigue eligiendo. Lo hace constantemente. Umbral repetía que Blake dijo que de dudar se apagaría. El chaval que va en el metro, mira, calla y, a veces, duda, y otras, al contrario que el único hombre libre de la literatura según Kafka, se jacta. He ahí el largo suicidio de la creación. He ahí que lo / el / la que nombra es nombrado.

Pasé tres años en la Escuela de Letras de Madrid comprando los libros (a veces leyéndolos) del profesorado. Era una excusa para tomar unas cervezas por Madrid. Quedaba mejor como el eterno estudiante de bellas artes que nunca terminaría la carrera o, en todo caso, encontró un chullo de monitor de cocina en la Granja-Escuela El Álamo.

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Tres años más tarde inauguré el alumnado (contratado -con excepción del que asumía E. T. de quien hablaré ahora-) en Hotel Kafka. Una entrevistadora de una televisión de canal inencontrable me preguntó acerca de mi interés cultural. Dije que mi amor al mundo, efectivamente, era grande, así como pequeño. No le caí muy bien. Me preguntó si asistiría o no el maestro Eloy Tizón y dije que el maestro debía estar a punto de llegar. Me dijo que ok. Ese día yo también conocí a Eloy Tizón. En la actualidad es un amigo, de los pocos que recuerdan mi estancia allá, al que veo poco o nada. Le envío mis obras con el interés de ser leído, no necesariamente con devoción, por alguien a quien yo sí leo con ella.

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Mi fiebre sube. Este diario diurno de fin de abril continuará en las palabras de los señores de Hortaleza 104 (y antes Factor 5, si no me equivoco), pasadas por Canetti, que dicen: Dame un Dios para que yo lo convenza de que nos preste su ayuda.

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Fotografía: Obstinación, de Noemí Pájaro

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