Vendedores de estilo

«Me leen en Rodez, en Dr. Esquerdo, en san Juan de Dios, en Mondragón. Pero no me leen en casa.» (Alberto Masa en Twitter)

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Aquel amigo lejano llamaba sopa a la gasolina. Yo llamaba sopa a la canción Sopa de amor (cantada en Osaka por Antonio y Carmen). Pensé que yo era un guarro debido a la sopa de amor. Después vi cómo mi sopa de amor era repartida entre aviesas caras de mujer-niña mayor. El pasado es un juguete. Picasso pintaba palomas a los siete años. Eran maravillosas, más que el Guernica. Eran de verdad, igual que los bombardeos y el horror. A veces estaban muertas. Otras vivas. En el suelo, o en un empedrado. O entre naranjos u olivos. Nos enseñaban épocas azules o rosas, cubismo, Braque, nuestros maestros. El desnudo en Avignon cuando se decía que el desnudo ya era algo del pasado. El Desnudo bajando una escalera de Duchamp pasado por un libro muy aburrido de Octavio Paz. Necesito una coca-cola. Recuerdo que mi abuela soñaba con que yo fuese abogado. Finalicé pianista. Toqué extrañas notas y fui amado por un público compuesto de tres señores y una jovencita. Qué más podía pedir.

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Nervios: Dícese de no encontrar acomodo en silla alguna.
En lo personal lo entendería si me hubiera dado por consumir ciertas sustancias que no fueran una buena merienda de tila y trankimazin 20 mgs con arroz blanco.
Actualidad: Busco Dolocatil (codeína) en la botica. No lo encuentro. Me quito la ropa. Me ducho. No sé si lo que entiendo es frío o calor.
Recibo un whatsapp de mi jefe: Necesito que te presentes en correos. Calculo que correos (en donde vivo) debe de estar cerrado a estas horas. Abro un libro de Saunders, autor laureado por Pynchon en el célebre Guerracivilandia. Los acontecimientos entre página y página son vertiginosos, al igual que en el citado libro. Observo mi pilila / polla ante el espejo. Escribo a mi jefe, le digo que han cerrado. Tomo tranxilium 40 mgs. En fin… hace sol. Es uno de febrero de 2016. Escribo a mi amor: Te amo. Si tengo dinero te invitaré al cine.
Joder, estoy vivo. Más que un libro. Luz, más luz. Viva Iria Flavia. Las uvas doradas. Todo eso. Junto.

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«Doctor (…), espero que sabrá darme la cantidad de líquidos sutiles, de agentes especiosos, de morfina mental, capaces de elevar mi abatimiento, de equilibrar lo que cae, de reunir lo que está separado, de recomponer lo que está destruido. Mi pensamiento le saluda» (Antonin Artaud en El pesa-nervios, versión de Marcos R. Barnatán). En Rodez el poeta está solo, de vez en cuando le dan permiso para salir, le cambian de muda y habla sobre la revolución mental en la televisión francesa. Los tres volúmenes de sus Cartas desde Rodez son su mitología, a veces pasada por otras mentes, como la de Van Gogh en una de sus más notables obras. Sigue por aquí, en alguna parte. Poeta. Loco. Aventurero. Fumador. Tarahumara. Raro.

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Recuerdo fotografías de Brassai. Están hoy todas muertas. Como sus conversaciones con Picasso (son hoy igual de vacías, de inertes, yermas). Recuerdo las conversaciones de Pierre Cabanne con Duchamp. El ejemplar que conseguí en Moyano había salido mal de imprenta. Decidí no subrayar nada. En primavera las conversaciones no existen, Yeats lo supo. Yeats dijo que todo era retornar al invierno en primavera, cuando se clama la llegada del verano. Yeats cerró su poema La rueda diciendo que a lo que se le tiene nostalgia es a la tumba. Hoy tumbas como la de Picasso o Brassai figuran también en sus obras, de parisinos, brasileros y de Málaga. El joven Dalí hizo biografía visitando el estudio de Picasso (He decidido venir a ver su estudio antes que visitar el Louvre. Ha hecho usted bien), al igual que Cela (Te veo joven, Pablo. El que es joven lo es para toda la vida), vendedor de estilo, como su «amigo impar», Francisco / Paco, quien lo llamó a su muerte Maestro de energía.

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Copio a continuación un poema de Octavio Paz:

«Mis pasos en esta calle
resuenan
en otra calle
donde
oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde

Sólo es real la niebla».

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La niebla es real en Firenze, de mañana, en 2004, al igual que en una tarde de febrero de 1994. Una joven parecida a un diamante venezolano evitó la mirada sobre mí. A continuación cosifiqué su mirada y hoy la veo en un museo lleno de miradas de otros, calculando la escala del David de Miguel Ángel. Mis pasos no se oyen, al igual que los de Carl Seelig. Cielo lluvioso y gris como capa de plomo. Ya es noche cerrada. Abierta madrugada en donde la voz de Gardel sale del Spotify y del humo de un Chester adivino sobremesas. Aquello de la familia era algo existente, también actuante. Lejanos, huidizos doctores son la familia de Antonin Artaud en Rodez. Leopoldo Mª Panero toma coca-cola y fuma en el programa de Dragó. Vive en distintos hologramas, un poco a diferencia de sus familiares (Michi, Juan Luis, Felicidad Blanc, papá). Palabras perdidas en el aire comprimido de una habitación en el psiquiátrico Mondragón. Yo pasé por Dr. Esquerdo y san Juan de Dios. Una monja tocaba mi pelo, espulgaba demonios, recolectaba revoluciones, aprendía paraísos en llamas, desayunaba buitres congelados.

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Salí con chicas a quienes evité tocar. Quise ser bien nacido. Robert Walser imagina una sonrisa en la cara desaparecida de Schiller, en su cadáver tumultuoso de tempestades, le dice a Carl Seelig (algo parecido, si no recuerdo mal). A través de la escritura nadie se salva. Villon, acaso, en su Balada, antes de ser ahorcado. Y ni eso. Tampoco el Chávarri que filmó a los Panero de El desencanto.

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Desencanto, joder, este nervio lleva ese nombre. Desencanto. ¿De dónde procede? ¿Sur, Norte, Este, Oeste? Violier, el gran maestro de la cocina, ha sido suicidado hace unas horas. Pura pose. Una obsesión de la revista Michelín. Estremecedora helada, unos veinte cms de nieve cubren el suelo en esta habitación. Yo estoy en pijama. Es agradable pisar esto. Trae infancia. Elimina nervio. «Y todo el espacio tembló como un sexo que el globo del cielo ardiente saqueaba» (El pesa-nervios, versión de Marcos R. Barnatán). Yo fui saqueado por el caído una tarde, durante la Feria del libro de 1998. El calor era insoportable (cielo gris). Regresé a mi pueblo con Majareta, de John Waters. Fui feliz en esa lectura. Entonces entendía casi todo como humor, ya fuera rosa, negro, amarillo o verde. Hace tiempo que he dormido, y sin embargo, continúo a las teclas. Copio de Leopoldo Mª Panero:  A Claudio Rodríguez, recordando el día en que, con un / cigarrillo temblándole en los labios, me dijo, en el Drugstore / de Fuencarral, «a esta gente hay que ganarla». A veces acudo a Fuencarral a comprar playeras y beber una sin, y recuerdo a ambos. Recuerdo a Claudio en zapatillas de andar por casa siendo recogido beodo por el autobús que conducía hasta su morada / pueblo en una anécdota del escritor Rafael Reig, también beodo, junto a Antonio Orejudo. A Claudio, debido a sus zapatillas, no le dejaban entrar en las discotecas. Reig y Orejudo intentaron hacer por llevarlo a putas, pero no pasó al final nada de eso, me dijeron.

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Copio el poema de Leopoldo, Ars Magna:

«Qué es la magia, preguntas
en una habitación a oscuras.
Qué es la nada, preguntas,
saliendo de la habitación.
Y qué es un hombre saliendo de la nada
y volviendo solo a la habitación«.

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¿Quién es más solo acá? El don y la sombra. La esquizofrenia y las flores. El pájaro y la chimenea. Es bien conocido el inicio de El don de la ebriedad, de Claudio:

«Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras».

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En ocasiones todo universo es tangible. Otras la nadería ocupa su lugar y muchos niños-niñas escriben odas al amor en las redes sociales. El pájaro aúlla desde una jaula que no existe en un tumblr. Si queréis que un niño deje de serlo, violádlo. Se lamenta James Rhodes en el inicio de Instrumental, nueva moda del victimismo en los libros de Blackie. Ese niño hemos sido todos antes de nacer. Antes, incluso, de la aparición de la música. La flauta del Sapiens. Al final todo redunda siempre en un estilo. Todos ellos, como Van Gogh, son estilistas, del sonido, el temblor, el sexo, el arte, el nervio. Este nervio que no cura una buena merienda de haloperidol, que más bien lo provoca. Que nadie lo ve. Sólo es percibido por mi objeto de las 2:31 h. Eso que llaman follar debe ser sano. Deseo que una mirada de niña precoz incendie el mundo. Este mundo tiene de edad diecisiete y medio. Es hermoso como una panza somalí. Como una mosca, en realidad son doce, posada en una nariz somalí. Un niño aprende la palabra Genial. Contesta con esa palabra a todo. Es tomado, finalmente, bien por un sabio, bien por un idiota. Su carisma es incontestable, como el de Francis Picabia, que logró reunir ex-novias con amantes, siempre en coche, a gran velocidad, de cuadro en cuadro, de escrito en escrito. Los pasos en la nieve de Carl Seelig me oyen. Lo sé. Cuando uno atenta contra leyes eternas (el padre) corre el riesgo de perecer a través del castigo. No íbamos a ser menos.

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Foto: La parís de los perdidos, de Brassai.

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