Ven, Ana

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No me explico a qué sincronía responde todo. Qué cosas son suficientes dentro de tu cabeza y si serán asumibles para mí. Me has dicho que no me quiero, que sólo amo la proyección que pueda tenerse de mí ahí afuera. Me pregunto a qué respondo y, de seguida, me quedo paralizado mirando la pantalla de ordenador que me corresponde con tu ventana de whatsapp. Hoy olvidé esa pastilla. No sé qué dudar salvo si este momento, presente, de alguna manera, trasciende. Y luego está que, lo creas o no, estoy completamente seguro de amarte, pero sólo desde la manera en que creo saber hacerlo.

Pienso.
En este momento mi discurso sólo puede ser deslavazado, críptico incluso para mí. Te mezclo en un vaso de agua que precede ciertas gotas asesina-receptores e intento, en vano, creer en algo, aunque sea en la literatura.

Me encantan tu cuerpo, tus ojos y tu sonrisa. Interiorizo tu discurso y atisbo un soniquete que me dice que en ti soy un hombre muy pequeño.

No obstante, veo en lo que hablamos (sigo en ello), algo que, no tengo duda, aunque irremisiblemente surgen apegos a la duda como una sola cosa, que nos atañe a ambos, a los dos, a una especie de unión que hemos sabido crear. Quizá te pido incluso que ames mi locura. Quizá tu miedo es incluso mayor que tú, mi enorme amor, y que yo. O quizá todo es una cuestión de caché y mi edad real sean ocho años.

Es solamente literatura.

Me has dicho que concibes que has iniciado a dejar a los hombres sin que se den cuenta.

Y yo no sé quién soy.

Quizás te conocí en otro tiempo, antes de que se diera nuestro primer encontronazo. Te reconocí en ese entonces; supe que eras tú.

Quizás eres Ana, que es el nombre por el cual yo te conozco. Una Ana que mide apenas 1´60 m. Yo también soy bajito, amor, sólo ocho cm más alto que tú. Me gusta que seamos más bien pequeños. Se debe a que me gusta besarte.

Sigo siendo sin saber quién soy. Y, por eso, es ahora que, sin más, vuelvo a decirte: Ana, ven.

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