Una relación

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En las venidas del norte, seleccionando el camino de la nueva autopista, pasábamos por cinco túneles bastante largos. El día volvía cuando pasaban a dejarse atrás. Las nubes pasaban a percibirse menos densas. La bajada era notable. Debían ser las ocho de la mañana, aunque quizá no eran todavía las siete. Yo procuraba pegar ojo, mientras ella, una belleza normal (no sé quién de los dos había encontrado a quién), pero capaz, conducía pisando el acelerador hasta el tope permitido. Una vez que habíamos avanzado hasta la primera gasolinera de la provincia siguiente, donde aprovechábamos para tomar un café, le dije que nunca le había visto tan guapa como ese día conduciendo. Era verdad y ella así lo asimiló. Es el único momento digno de recordar de aquella relación.

En otra ocasión nos recuerdo compartiendo sala poco antes de almorzar. Había sido una noche desapercibida y, nada más despertar, lo hice con la sensación, no del todo fatal, pero sí llena de inquietud, de que ella había desaparecido. Me terminé el café antes de comprobar si había sido así. No, ella estaba allí. No recuerdo si nos dimos los buenos días. Hice café para que ella pudiera también disfrutar del desayuno. Tomar café fue lo más inolvidable de nuestra vida juntos. Ella había preparado tortilla de patata y yo la miraba de reojo sin parar de pensar quién de ambos sobraba allí, quién de los dos era el impostor. No pensaba en maltratarle. Jamás se me ocurrió siquiera discutir con ella. Recuerdo que yo puse la mesa. Ella procedió a cortar la tortilla en dos. Solía decirle que su comida era rica, pero recuerdo que ese mediodía no me apetecía nada recordárselo. Cuando se sentó me preguntó si tenía mucho lío en la tarde. Yo le dije que no, que lo mejor sería cogerla del brazo y que saliéramos en un avión a Las Vegas a jugarnos nuestras herencias y beber mojitos hasta que no pudiéramos volver a andar, o nos echaran, de puro lamentables, del recinto. El primer día que nos conocimos le encantaba que yo dijera cosas así, pero cerró la conversación con un “Imagino que te pasarás la tarde mirando el ordenador”. Mi respuesta a eso fue más severa: La verdad es que llevo dos días en que veo que mis erecciones vuelven a darse ¿Qué tal tienes tú eso de ahí abajo? Dijo que estaba empezando con la regla. La tortilla se dejaba comer. He conocido relaciones que, en plena regla, es cuando más ganas tienen, dije. No, tú no has conocido nada, dijo. Por un momento estuve de tirar el plato al suelo con la tortilla, pero era muy cierto que aunque no fuera la mejor tortilla que hubiese comido en esta casa, tenía hambre.

El día que finalmente sucedió fui yo quien salió de casa. Supuse que el hecho de que en aquella ocasión sí nos besáramos como hacía mucho tiempo que no habíamos hecho, podría considerarse una despedida sana. Salí. Mientras andaba, todo lo que esa persona tenía de mi pareja lo iba dejando atrás en cada paso. Luego me vino a la cabeza una bata de color vino que solía usar. Compré una cajetilla de tabaco en un bar y luego continué andando. Lo que buscaba al hacerlo es que mis pasos borraran a esa señorita que seguía en el piso. Llegó la tentación de volver. Gritarle por primera vez. Algo así como que no servía para nada, cosa que evité, ya que sabía que implicaba volver a atarme a ella. Cogí la línea 5 y paré en Aluche. Allí estuve mirando lo que en pie quedaba del primer centro de salud mental donde fui ingresado. Después de eso no sabía dónde ir, aparte mi móvil no tenía cobertura alguna. Los pocos amigos que tuve en el barrio, a buen seguro, habían desaparecido. Luego examiné mi cartera y cogí mi tarjeta de crédito. Calculaba que podía contener 100 o 200 euros. Era el viaje de regreso hacia el norte. Allí podría contarle a un amigo lo que me pasó. Hasta es probable que me concediera un trabajo como repartidor. Antes de emprender nada, me senté. Pensé ¿Por qué he tenido que hacer esto? Se me pasó por la cabeza hacer autoestop y era en mi fantasía donde era el motor de su coche quien paraba para regresar a llevarme a nuestra vida en común, ese lugar donde no había nada más que ella y yo. Dos personas que evitaban coincidir en el lavabo.

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