Un lugar donde la sobriedad implica ciertos reparos

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Estimo que no es necesario compartir la fotografía. Aparecemos tres pacientes y un señor sin pelo en bata blanca anotando nuestras ocurrencias en un papel. Sentado, el profesional estima daños irreparables en el estado de nuestra mente. Inocentes, los pacientes reímos porque todo, a saber por qué vara de medir, es excesivamente gracioso. El profesional parece metido en los papeles que crea mediante algunos tachones, anotaciones mediante. Los enfermos creemos viable establecer un mundo donde la regla principal es que no exista el orden y el profesional no pasa de anotar que las observaciones de los allí presentes poseen cierta demencia, trastornos que impiden el transcurrir diario de nuestra cotidianidad. Yo aparezco en pijama. Parezco feliz, alegre bajo un procedimiento de inestabilidad futura. Hoy hojeo libros. Todos se parecen demasiado a lo que las argumentaciones que recuerdo de ese día avalan. Todos se parecen demasiado a la negación de esas cuatro personas compartiendo territorio en un pequeño despacho, pero sólo una de ellas pertenece al mundo de los hombres. Los demás sólo estamos jugando a quemar la fotografía a la que me estoy refiriendo.

En la fotografía referida existen tres animales y un cuidador dado a los problemas que debe determinar. Nuestro comportamiento es, quizá, lo suficientemente invasivo. La consulta no nos pertenece, tampoco las habitaciones que nos son correspondientes. Recuerdo hablar de problemas. Pequeñas cosas como la probabilidad de obtener mancebas. He hablado con ellas y están de acuerdo, asevero. El profesional insiste en que debería existir un seguro médico que cubriera algo de ese tipo. Lo asumimos, debemos reformarnos. Además, nuestra comunión medicinal impide ejercicios severos. El sexo es uno de ellos. Uno de los pacientes se muestra levemente interesado en la propuesta, pero finalmente huye de ella. El profesional sigue elaborando tachones e indicaciones. Procura ser uno más, pero sus esfuerzos son inútiles. De veras creo estar aportando algo necesario. Además, insisto, ellas están de acuerdo. Es un tema del que hemos hablado ya lo suficiente, se da por zanjado, es considerado inviable. Lo mejor será que no insista sobre ese punto. Podrían generarse conflictos de intereses. Ya el hecho de que mujeres y hombres se abracen es algo prohibido. Durante un abrazo con una amiga, una bedel nos separó. No quiero seguir con este tema, indico que es desagradable. Las palabras de la bedel fueron: Dejen correr el aire. Intenté explicarle que el aire corría a pesar de todo. El profesional insiste en que ese tema debe dejarse a un lado. Temo que me mande a mi habitación. Todo estará en su sitio si nadie pierde los nervios. Otro paciente considera que hemos de medirnos los sexos. Que pierde quien la tenga más pequeña. El profesional quiere ser uno más, como decía, pero no cuela. A cada segundo que pasa nos habla de seriedad. El tema de las mancebas, ese es un tema que nadie debería haber sacado. No estamos aquí para divertirnos, dice. Sí, pero… Lo hablaré con los familiares, zanja. Bien, asiente el tipo que está a mi izquierda en la fotografía. El profesional, un hombre sin pelo con un pequeño bigote, nos sugiere que, tras los ejercicios espirituales, está bien visto hacer lo de siempre. El centro dispone de juegos de mesa y barajas de cartas. Otro paciente, es un tipo que no sale en la fotografía, se asoma y lamenta que a la mayoría de las barajas le falten cartas. Es cierto, dice uno de mis compañeros, el tipo al que le faltan los dientes principales, así no hay quien juegue al Cinquillo. Son demasiadas cosas a considerar, zanjamos.

Poco después nos encontramos en el comedor. Yo pertenezco al grupo que figura en la dieta aconsejada para trastornos hepáticos. El enfermero es un tipo con quien se puede bromear, pero no a la hora en que uno se dice merecedor de un buen bistec. Entiendo a los hijos de puta bien. Toda la vida me he esforzado en entender a un motero que procuró, queriendo, graves lesiones en mi madre bajo fin de robarle el bolso. Quizá es el único don que tengo. Procuro comprender las motivaciones de gente malvada. El enfermero se encarga de darnos de comer. No es necesario terminarse el plato y, aunque, de alguna manera, se puede bromear con él, tampoco es cuestión de frivolizar en exceso. A mi lado, una niña extremadamente delgada, llora. Ella sí está obligada. Yo quisiera que se callara, pero, en parte, la entiendo. Nadie quiere irse de casa. Nadie quiere estar obligado a abrir garganta y estómago. La ausencia de mecheros ya implica para mí un problema lo suficientemente serio. En mi visita del domingo mamá me trajo un cartón de tabaco. Cuando el enfermero considera que he cumplido en el comedor y, siempre que mi comportamiento sea impoluto, me enciende un cigarro. El resto de la tarde es aprovechar la lumbre del cigarro antes de apagarlo para encender otro. Ni siquiera le doy explicaciones a él. Hubo una chica a la que quise, pero ella se fue de viaje. A veces pienso en su imagen. Yo un día fui feliz. Mi mejor amigo del lugar se llama Fermín. Un día se lo conté y él me dijo que le pasaba lo mismo con su nieto.

 

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