Un día tras otro (Aguanta, John Rambo)

“Si se quiere llegar a ser una buena víctima
es necesario saber de toda la dulzura
que entrelaza al verdugo con la muerte
de la paciencia con que afila su hacha
de la soledad que ilumina su vida
y la de sus inocentes hijos
del esfuerzo que implica portar y levantar el arma
de la sangre que pringa sus pantalones
Todas esas consideraciones deben estar presentes
en el momento de recoger nuestro pelo sobre la nuca
y poner en sus manos el pescuezo”

Raúl Gómez Jattin (Cartagena de Indias, 31 de mayo de 1945 – 22 de mayo de 1997)

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Los espectadores se ponían muy rectos a la llegada del tren. Al encontrar esa silla vacía sentí algo que podría considerarse plenitud. La exposición de cada viajero era sumamente digna. Un señor pedía para comer. Me aseguró que llevaba cinco días pasando hambre. Examiné mi monedero y le di la única moneda que encontré. Le deseé suerte. Al salir me perdí un poco entre eso que llaman la gente. Adiviné que la ciudad en que me encontraba se llamaba Madrid. Logré saberme alguien sentado bajo la sombra de una farola. Discúlpenme si no puedo dilucidar por mí mismo el tiempo que ha pasado.

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Hablo con mi buen amigo Adolfo. Me estremece pidiéndome un poco de felicidad. No puedo evitar un deje de llanto de niño en cuyos sesos empieza a fabricarse la sencilla palabra “fragancia”. Me lo nota. Me dice que no llore nunca. Le digo que las lágrimas son perlas de Chauvet que saboreo cuando llegan hasta mi boca. Ríe. Sabe de lo que ríe. Yo también río. Poco sé, pero río como un diablo. ¿A quién hacérselo saber cuando miro un reloj que señala las 4:22 de la madrugada? ¿A mí? ¿Estaré yo despierto? ¿Será mi vida producto de lo que sueño? Adolfo se ha ido. Adolfo es un señor que sale en las fotografías con aspecto de minusválido debido a que ha de usar una silla de ruedas desde que nació. Bajo a la cocina debido a que me pica todo el cuerpo y facilito a mi digestión un corticoide. Me viene a la cabeza de nuevo el epitafio de Nikolái Gógol en san Petersburgo. Dice algo así como: Os reiréis de mis tristes palabras. Mi amigo Alberto (tocayo mío) me recuerda las palabras de Indira Gandhi. Algo así: No me muestres el dolor con el que lo has parido. Enséñame al bebé. Fabrico bebés con naturalidad. Allí digo la palabra “dolor”. No es el mío, les aseguro, sino uno, frágil y fuerte, que no he tenido. Quizás no vayamos a tenerlo nunca. Le susurro a Adolfo. Él dice que, como mínimo, él lo va a tener un poco difícil. Ríe. Río. La felicidad es un montón de abejas acariciando un píloro (no necesariamente incompetente ese píloro). Esas oscuras cosas que contienen nuestro tarro, lo que mostramos al mundo, es algo tan sencillo como pudiera serlo una colmena. A veces, en mi inocencia, pienso que nuestro cerebro es un montón de abejas picoteando a un intruso. A Adolfo y a mí nos da, en ocasiones, miedo ser ese intruso. Porque, de serlo, se habría defenestrado a sí desde que nació, por el mero objeto de vivir, por el hecho de legar al mundo un primer llanto, la aceptación de que uno respira, allá, en un mundo desconocido que a veces duele. Toda la basura que tragamos dentro de un vientre por un momento fue maná. Privados de ello temo que me confundan con un loco. Y así, querido Adolfo, día tras día. Mejor contigo, granadino. Mejor con un plato de macarrones delante nuestro mientras nos dedicamos, un día de estos, a conversar. Simplemente conversar. Aunque sea de cultura.

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Gracias, vida, mundo, sea lo que sea eso, gracias. (Por favor, no me confundan con Miss Mundo -ellas saben que merecen esa corona que llevan puesta, en un escenario decadente, que nos muestra más a nosotros, desde luego, que a nuestra sed de belleza -sé que a esas/os señoritas/os puede salirles caro ese momento-). Gracias, atormentadas bellezas de 16 años, porque vosotros/as veréis a Dios (Es hoy la primera vez que escribo esa palabra con mayúscula): Dios es un plátano mustio encima de un frutero que no contiene otra cosa.

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Muy buenos días.

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La ilustración del inicio es una obra de Tiepolo que representa a una mujer en cuyas manos descansa una mandolina (a buen seguro fue hecha bajo encargo)

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