Tú me querías decir “No sé qué cosa” (12/12/09)

Cuando a mi tía Pepa le tocó la lotería yo acababa de salir de uno de los psiquiátricos y ella decidió que se gastaría 50.000 pesetas en libros para mí, para que no estuviera solo y eso y me llevó al Corte Inglés con la condición de que también me dejara cuidar en una tienda de estetisién o eso. Yo dije que sí, porque empezaba a despertar de las drogas neurolépticas, a decirme: Eh. Joder, claro que dije que sí. Fue llegar a la librería y le dije a una señorita que me buscara en el ordenador todos los de follar y de heroína. Que deprisa, coño. Añadí. A mí me daban igual los libros. Yo había tenido la fortuna, creía por aquel entonces, de haber perdido la mente que, como se sabe desde que el mundo es mundo y no una naranja cualquiera de metal, es el mayor enemigo de la persona más o menos humana y del propio mundo, así que me daban igual, como ya he dicho, los libros. Yo sólo quería escuchar las cintas de Gloria Estefan y, en definitiva, estar feliz y en paz como una espiga en mayo o septiembre.
Quizá estaba poniendo nerviosa a la señorita de los libros, pensé. Mi ánimo se debía a que en lo del estetisién me habían dejado como un señor, aunque se riesen entre los de allí y esas cosas que hace la gente ponzoñosa y frívola. Le dije: dependienta, deme libros, coño, que he traído a mi tía Pepita. Los quiero, ya le he dicho, de follar y de heroína, ostias. Añadí. Mi tía la pidió perdón, le dijo que yo era especial, que me perdonara, que estaba enfermo.
La señorita dijo que le parecía bien, pero que ella sólo estaba haciendo su trabajo y que no merecía esas vejaciones. Pues eso es lo que tienes que hacer, tu trabajo, so pánfila. Le dije. A ver, pon cuánto te debemos. Y dije: Coño.
La piba sumó los precios en la calculadora y vimos que ya llevaba 29.630 pesetas. Menuda biblioteca iba a montar. Iba a ser la biblioteca del pueblo. Nada de tonterías. Dejaría entrar sólo a VIPS. Gente guapa y no escoria, esas desdentadas ratas del inframundo.
Como me quedaba todavía para gastar le dije a la dependienta: ¿Tienes algo de Tejero, el coronel? Pues a qué esperas para dármelo, todo. Quiero todos sus títulos. Y luego me serené. Dije a mi tía Pepita que disculpase de nuevo mi carácter y lo volvió a hacer. Yo, asimismo, le pedí disculpas por mis idas de piedra, así lo dije: idas de piedra, a la señorita y le dije que se debía a que me imponía lo asombrosamente hermosa que era, y añadí: como una flor. Y luego añadí: del bosque primero. Eso: Como una flor del bosque primero; así, como si existiese un bosque que fuese el primero, eso fue lo que dije. Y dijo que vale. Luego dijo que sentía que no quedase nada de Tejero, que se vendía mucho, que podía encargármelos. Dije que no. Me miró. La miré. Le dije que me diera todo lo que hubiese de Fraga. Vale, dijo. Trajo las obras completas. Por favor, permite que te ayude, dije. Sonreí, sonrió y, entretanto, miré a mi tía. Se encontraba ya mejor de los nervios. Y entonces dije lo mismo que Luis Alfonso de Borbón un día que le entrevistaron poniéndose los zapatos para ir al colegio: Me gusta mucho leer.
Mi tía sonrió, sacó el monedero y pagó. Yo dije: qué bien, nos sobra para irnos a Chiky y gastárnoslo en bollos, sándwiches y cocacolas.

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Fotograma escogido de la película Happiness, de Todd Solondz

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