Silencio, un film de Aram Bakker

Una vez todo ha quedado reducido a mantenerse despierto en el interior de una sala, los hornos de un cerebro amigo preparan el cocinado de una lubina a la sal cuya exposición al vacío son las seis de una madrugada cualquiera. En el interior del horno hay gente hablando (bien o mal) de una película aún no proyectada. Es ese mundo que llaman del cine, con su gente más o menos guapa, más o menos fea, más o menos atractiva o más o menos, como el cadáver frío de Jean Harlow, productora (para sí misma) del término sex-appeal, alguien «dentro». Dentro de la máquina, un joven lector de poesía, dirige el viento que modifica las expresiones de un hombre ciego, hiperrealista, muerto, mantenido en eso que llaman fe de vida de cara a una amante que un día descubrió cierta coherencia en la palabra «casa». Aram Bakker es huérfano. Aram Bakker lee El erotismo en Bataille. Aram Bakker destroza trasteros en busca de un agujero donde colarse en una proyección que se parezca un poco a eso que la gente denominamos «aire fresco». Amsterdam era un atardecer de caramelo sobre una torta y una mujer de piernas blancas como la harina mandaba en el centro del trono. Las libélulas, al darles caza, apagan el resplandor de la conciencia del sueño y se hacen moradoras de un silencio merecido. Las libélulas son interruptores, hilos de vela que rotula, levemente, lugares donde Aram Bakker y yo compartimos algún que otro cigarro, alguna que otra cerveza y alguna que otra señorita, a la luz de un escaparate que cerraba a las ocho de la tarde de un día cualquiera de la semana.

Embarazadas, nuestras actrices favoritas, huían del incendio que, silentes y vivos, fabricábamos al entrar en el laboratorio donde la palabra «secuencia» era tanto o más que decir «vida en común». La música nos interesaba menos. La música era un sueño de pasos andando a velocidad arrítmica por pasillos que no encontraban en sí el final de ese sanatorio. Aram Bakker lo intentó. Su madre, princesa de un pueblo pequeño, cogía el ascensor todas las mañanas para bajar al mercadillo. Allí, una corona de plata, emergía en su cabello lacio y brillaba, de puro inútil, sobre la campana de cristal del doctorado en Ciencias Puras. En el mejor de los casos, como dije, la palabra «secuencia» vestía la frase «hay que hacerlo cueste lo que cueste». Yo fui prisionero político en Malabo cuando lo de Severo Moto. Un tigre había tomado el poder y el que se había comido al tigre era el que mandaba. Cocinado por manos inocentes, ese tigre, investía a Teodoro Obiang, dictador y asesino (buen amigo dicen de los Borbones), por sobre todos los coches y relojes de marca de este planeta medio norteamericano. Fue en esas que se me ocurrió pedirle fuego a Aram Bakker. La facultad de Bellas Artes era y podía ser cualquier cosa. Así yo me encontraba allá con mi abuelo Teodoro Masa paseando los huesos de una mula y Aram Bakker filmaba, con un cigarro puesto como sin querer en los labios (poco importa si encendido o no), la muerte de la vida atómica en la calaverita dorada del cadáver de un gato de cuya pestilencia poco sabíamos ambos salvo que formaba, de alguna extraña manera, parte de nuestro rollo.

La película se llamaría Silencio (yo, la verdad, hubiera preferido cualquier otro título -de hecho sugerí And I love her-). Silencio es este tiempo de ruina sobre una pila que contiene platos de porcelana comida por los meses en desuso. Al otro lado de la realidad, un pescado recién cogido y la sonrisa impagable del negro Woody enseñándonos su boca de teclas sostenidas. Es el ser. No el silencio (aunque la cosa se haya llamado El silencio y sólo haya sido proyectada una vez -testigo de excepción: Javier Reta, diseñador oficial de la página Web La semejante criatura, con dominio albertomasa.com). Aún es pronto para colgar aquí el trabajo. No estamos satisfechos. Es así de sencillo, lo que no quita estas notas -no las elimina- llenas de delirio de 6:24 de una madrugada en la que uno ha dormido solamente días siguientes sobre un plato de arroz recalentado en el que ya no hay ni la miga de pan del procesador de datos de esta gentil hacienda donde vivo lo más alegremente que sé, yo, un tal Alberto Masa Velasco del que nada sé más que, de vez en cuando, teclea, de vez en cuando se ducha -muchas veces en contra de lo que le sería apetecible- y, de vez en cuando, come y bebe café, o incluso alguna que otra cerveza sin alcohol.

Aram Bakker trabaja de cocinero a cambio de una pensión. Amsterdam es un lugar amable para ir en bicicleta. Aram a veces pierde el juicio de Dios, que es un simple procesador de nervios, y termina en casa asustado y huidizo de la gente (y hasta de las películas). Yo, desde mi guarida, poco puedo hacer más que, a través de pobres palabras, ofrecerle el cobijo que uno, más o menos, sin saber, conoce un poco. Ese cobijo es Silencio (le robamos el título a John Cage, sí) y, de vez en vez, en ese metraje de 37 / 38 minutos que hoy solamente existe en cuanto a lo que es una sincera amistad hecha de jarrones rotos por los cuales alguien ha derramado algún que otro centilitro de sangre.

Silencio (en mi versión And I love her) es una historia de fraternidad donde una mujer dispara balas de fogueo a un cielo claro con la sana intención de ejercitar su imaginación. Dios se enfada de vez en cuando (si existiese ese jodido cafre habría que matarlo cuanto antes). Ella, esa mujer sin nombre (piel mulata, -canela, si se quiere-), cree en la vigencia de la mitología homérica, fabrica números en las farolas apagadas y acoge en su lecho gaviotas perdidas entre las cuales salimos haciendo de actores Aram Bakker y yo. No hay nadie más. El resto es, efectivamente, silencio, menor o mayormente prolongado. Todo eso y una nota en la que pone: «Todavía no hemos delegado».

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En la foto: Habitación de Marisa Bou Arrué (contiene cuadro personal con vistas ajenas hacia más allás que carecen de importancia en el sentido lúdico de la palabra)

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